viernes, 21 de septiembre de 2018

OLVIDO Y CONSUELO


            Tendemos a creer que las cosas ocurren siempre por alguna razón concreta. Hablamos del Destino, del Azar, de Dios o de las conjunciones astrales con la convicción firme de que son los responsables de todo, de que estamos ligados a sus designios, como si por nuestra sangre corriese alguna íntima sustancia que nos vincula a esas cosas que tan lejos de nuestro alcance están. Tan lejos, tan lejos que quizá ni siquiera existan. Pero nosotros, con una capacidad de creer que de tan grande resulta casi inverosímil, caminamos convencidos de que esos elementos intangibles conectan con nuestro ser y son capaces de gobernar su suerte, y que estamos en sus manos. Por tanto, la responsabilidad de los hechos no es nuestra, sino de ellos, los que mueven los hilos, y no somos sino el producto de sus inexplicables decisiones.
            Enclavado entre dos peñas, en algún lugar entre la meseta y el mar Mediterráneo, había un pueblo pequeño llamado Despecho de la Sierra. Los despechanos eran gentes con una gran inclinación al odio, la crítica y la maledicencia, hasta tal punto que diríase que el agua de sus nacederos, pozos y arroyos ya brotaba con el veneno de la inquina disuelto en sus átomos dobles de hidrógeno y sencillos de oxígeno. Allí las familias asumían cada acto del vecino como afrenta, una ofensa a uno era entendida como un ataque a todo el linaje, y los enfrentamientos duraban generaciones. Daba igual que la disputa viniera por unas lindes, una servidumbre de paso no respetada, el robo de una gallina o la deshonra de una doncella. A veces, incluso la poda de un rosal era motivo de enemistad y pelea cuyo testimonio pasaba de padres a hijos por siglos, nada se perdonaba y el odio quedaba en herencia junto con las tierras, las casas y los aperos de labranza.
El nombre le venía al lugar, como habréis imaginado, de la forma de ser de sus gentes. Pero no siempre había sido así: el origen de esa actitud sombría e insociable estaba en el medievo, y era fruto de una antiquísima riña entre los paisanos provocada por un noble. Según se decía, el dueño primigenio de aquellas tierras, es decir, el señor feudal que cazaba a su antojo y disponía de todos los derechos sobre campesinos y siervos sin más deber que el de brindarles una protección más o menos tranquilizadora, había engendrado dos hijos legítimos. También un sinnúmero de bastardos merced al derecho de pernada, pero claro, en aquellos tiempos no había pruebas de ADN ni leyes de protección del menor, tampoco obligación de pensiones alimenticias ni otras modernidades, de modo que aquel hombre, como todos los de su clase social, esparcía su simiente con total impunidad, reservando el apellido y la fortuna solamente para los hijos de la esposa legítima. Las uniones de óvulo y espermatozoide no bendecidas por el religioso de turno carecían de prebendas. Pero sucedió, por obra y gracia de la genética y no de uno de aquellos azares del destino, designio de Dios, ni conjunción astral alguna, que los dos vástagos reconocidos salieron débiles mentales, enfermizos y vulnerables, y no superaron la primera infancia. Cosas de las nobles endogamias: los que ostentaban algún título se casaban entre primos con tal de no emparentar con una plebe a la que solamente acudían para recaudar los impuestos y darle salida a las necesidades físicas y libidinosas. El caso es que, al perder a los dos hijos varones, el señor del castillo, por no dejar el patrimonio sin herederos, pidió, en un arranque de locura, que le fueran entregados los dos mayores de sus bastardos. Los reconocería como legítimos y los entregaría, según la costumbre, uno al escudo de armas de la familia y el otro a la Iglesia. Allí, a la puerta del castillo, se armaron grandes colas de mujeres con sus hijos. Todas afirmaban haber notado la primera falta antes de la siguiente luna tras la visita carnal del señor, y él era incapaz de recordar con quién sí y con quién no había tenido alguna intimidad; imaginad la guerra que se desató entre las gentes del pueblo, hacéos una idea de las zancadillas, las traiciones, las intrigas y todo lo que se entretejió para colocar a los chavales en el castillo. Una boca menos que alimentar, un hijo con el futuro cubierto… El bocado era tan goloso y la pobreza general era tanta, que demostrar que el chiquillo propio era del señor y no del marido y dejar fuera de toda duda que el de la vecina era impostor y no medio noble hizo enemigas a las más íntimas y aliadas a las menos afines, y dejó a tantos maridos como cornudos que aquellas tierras ya no volvieron a ser las mismas. Ya ni los hombres confiaban en sus mujeres, ni respetaban a su señor, ni los hijos hacían caso a sus padres por no tener claro si lo eran o no. Al fin, casi por sorteo, el señor escogió dos mocosos porque pensó que se le asemejaban y porque los rostros de sus madres le parecieron familiares; uno, el mayor, lo heredó todo. El otro llegó a vestir el púrpura cardenalicio, pero eso es otra historia que ya contaremos en otro relato. Nadie ya recuerda siquiera el nombre del noble ni los de sus hijos, pero la inquina, los rencores, el ácido resquemor, la desconfianza y la tendencia a la traición, como una mala semilla, anidaron en los paisanos por siglos. Por ello el pueblo, de cuyo castillo aún se podían ver las ruinas, pasó poco a poco a llamarse Despecho de la Sierra. Allí, cuatrocientos años después de lo que acabo de relatar, comienza esta historia.
            A Isidora le sobraban arrestos para vivir sin ayuda de nadie. Estaba sola y, aunque hubiese necesitado ayuda, ningún despechano se la habría prestado: era la única que quedaba viva de la familia de los Toribios, y había heredado el recuerdo de problemas y afrentas con casi todo el resto de familias del pueblo. Contiendas que no había protagonizado ni causado, pero que la colocaban en posición de no hablarse más que con los gatos callejeros. Hacía el pan en casa porque no podía hablar con el panadero, el bisabuelo de aquel y el tatarabuelo propio habían discutido una vez por no sé qué de unas peleas de gallos amañadas. Tampoco iba al colmado ni al bar ni fue a la escuela por similares razones, y ya estaba harta. No comprendía qué mal había hecho para tener que vivir en un lugar en el que no podía relacionarse con nadie; le pidió explicaciones al Destino, pero éste no le respondió. Tampoco lo hizo Dios, ni el azar, ni las conjunciones astrales le mandaron señal alguna que explicase su forzada soledad, de modo que un día, desengañada de pensar que no era dueña de su propio futuro, decidió emplear su voluntad y cambiar las cosas.
            Su plan pasaba por iniciar una nueva estirpe de seres libres de antiguas cuitas, y para ello llenó una cántara con agua del aljibe, sacudió su melena de ensortijados rizos castaños y salió a los caminos de la sierra cuando apuntaba el verano. Un apuesto arriero se detuvo a beber de la cántara y a reposar en la verde y resuelta mirada de los ojos pequeños de la aguadora, y perdido en ellos decidió acampar por varios días con la excusa de dar descanso a sus mulas. La naturaleza joven e impetuosa de ambos hizo el resto. Luego de contar mil veces las pecas de su rostro y las de su espalda y de buscar las constelaciones del Universo en los lunares de su escote, él siguió camino e Isidora volvió a casa con la nueva sangre ya corriendo por sus venas. Ignorando los rumores de la vecindad pasó la preñez y parió lo que iba a marcar el futuro de aquel pueblo.
El desmesurado panzón era tan notorio que algunos incluso aventuraban que la criatura podía bien ser hija de un toro, y su madre, por tanto, bruja con tratos antinaturales, pero no eran más que invenciones fruto de la proverbial maledicencia de Despecho de la Sierra. La realidad era que aquel abultadísimo vientre escondía dos criaturas sanas y de buen tamaño, hembras las dos, y sentada bajo el tronco de la higuera del patio las alumbró Isidora. El líquido amniótico en el que nadaban las gemelas se esparció por la tierra a la vez que ellas luchaban por salir y, mientras quejidos y contracciones se apoderaban del aire, aquel fluido mágico lleno de vida llegó a las raíces del árbol pasando a formar parte de su savia, y por ella al cuerpo, ramas, hojas y yemas, convirtiendo a los tres seres, niñas e higuera, en hermanos.
            Isidora crio a sus hijas sin nombrarles siquiera las cuitas que formaban parte de su herencia, y para evitar que nadie se las pudiera contar buscando envenenar su felicidad y su inocencia, inventó un idioma para ellas distinto del que se hablaba en el lugar. Las llamó Olvido y Consuelo con toda la intención: eso, y no otra cosa, era lo que le faltaba a la gente en aquel pueblo. No sabían consolarse de los problemas cotidianos que la convivencia y la vecindad ocasionaban, se les enquistaban los conflictos y se negaban a sí mismos y a sus descendientes la bendición del olvido. Quizá dos seres que comenzaban la vida con nombres tan simbólicos consiguieran enderezar lo que aquel lejano noble y sus problemas de descendencia habían iniciado. Las niñas, ajenas a todo, crecían sanas y felices en contacto con la tierra y con su árbol hermano, ayudaban a su madre a criar las gallinas y a cuidar del huerto y sonreían todo el tiempo. Sus risas frescas y vibrantes y su parloteo inventado traspasaban la tapia del patio, inundando la calle y haciendo que los paisanos y vecinos torciesen el gesto. ¿Alguien feliz en Despecho de la Sierra? ¡Imposible! Alguna hechicería andarían tramando en aquella casa.
            Con el paso de los años, Isidora, que había fabricado y colgado en las ramas de la higuera dos columpios para sus hijas, se dio cuenta de que los higos que paría el árbol eran distintos dependiendo de la rama en la que nacieran. Olvido se columpiaba en el lado derecho, y los higos de esa parte eran suaves y jugosos. Tenían un cierto regusto a miel de azahar, el sabor limpio y rejuvenecedor que a uno le queda en la memoria cuando ha olvidado al fin aquello que le robaba el sueño. Los otros higos y brevas, los del lado en que se mecía Consuelo, rezumaban una especie de almíbar transparente como las lágrimas, tan dulce como el sentimiento de paz que se experimenta en el abrazo de quien busca hacernos sentir que todo tiene arreglo. Comerlos infundía confianza en el futuro. La simbiosis que se había creado entre sus felices hijas y el árbol había tenido un efecto inesperado, extraordinario y mágico, una química alquímica que podía ser muy útil en lo venidero.
            Protegidas y guiadas por el ejemplo de Isidora, Olvido y Consuelo, las dos criaturas iguales de ensortijada melena castaña y mirada ambarina de viajero sediento, no aprendieron a hablar mal de nadie, no aprendieron a conspirar ni a maldecir, tampoco a difamar ni a odiar, porque su madre no lo hacía. Si algún despechano despechado les quiso referir los conflictos antiguos de sus antepasados los Toribios, ellas no entendieron nada: no hablaban el mismo idioma. Su lengua era la de la calma y la bonanza, y no se contaminaba con términos como “rencor” o “insidia”. Por todo ello, en el pueblo comenzaron a llamarlas “las lunáticas Toribias”. El nombre les pareció precioso porque su madre les dijo que lunática viene de luna, esa luminosa lámpara que llena el cielo nocturno y rompe la oscuridad. Su franca alegría de vivir exenta de rencores despertaba la envidia de unas gentes que no sabían cómo hacer para experimentar ese regocijo constante. Era hora de que Isidora pusiera en marcha la segunda parte de su plan.
            Dado que la higuera solamente daba frutos un mes al año, las tres Toribias se afanaron, el siguiente verano, en recoger higos y brevas en cuanto maduraron, distinguiendo, eso sí, las del lado izquierdo y las del derecho. Con toda la cosecha hicieron confitura, y señalaron la obtenida de cada lado atando a los frascos lazos de colores, verde para Consuelo, amarillo para Olvido. En cuanto tuvieron su industria terminada, las niñas salieron a la calle. Buscaban las casas de las familias con las que sus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y demás antepasados tuvieron algún enfrentamiento. Primero, la del panadero. Después, la del tejedor, la del tendero, la del maestro, la del alcalde… En todas entregaron dos pequeños botes de mermelada de higos, lazo verde y lazo amarillo, como ofrenda de concordia. Iban acompañados de este mensaje, que Isidora había escrito con su menuda letra de autodidacta a la fuerza:    
            “El árbol del consuelo y el olvido da frutos escasos. Consumirlos es vital para evitar la muerte por tristeza perpetua. Lo mejor del mundo es estar cerca de personas que saben en dónde está el árbol; ellas recogen la cosecha, elaboran la confitura y siempre tienen una cucharada para dársela a quien la necesita. Contad con esas personas: nunca os faltará la sonrisa. Y comed lo que os ofrecen sin miedo, porque quien nada hizo nada debe temer”.
Al principio ningún vecino se atrevió a probar el contenido de aquellos frascos de vidrio. “Seguro que contienen algún veneno”, pensaban. “La bruja Toribia y sus lunáticas criaturas quieren vengarse de todos nosotros”, decían. Solo un niño, nieto del cordelero, seducido por la promesa de dulzura de la mermelada, metió en ella los dedos y disfrutó de su sabor en un descuido de su madre. No solo no murió envenenado, sino que sus risas resonaron por las esquinas del pueblo como las de Olvido y Consuelo, despertando la curiosidad de los demás y venciendo sus reticencias. A escondidas, algunos adultos comenzaron a paladear la fruta en conserva. Sorprendentemente, se sentían invadidos por una sensación de bienestar y libertad desconocida hasta la fecha. Una cucharadita del dulce contenido del bote con lazo verde hacía que los recuerdos de los resquemores almacenados en el corazón ya no escociesen tanto. Otro poquito, y casi ni dolían. Un poco más, y dejaban de importar. Después, una porción de la confitura marcada con el lazo amarillo, y esos vestigios del pasado se iban borrando, como un suelo blanco manchado de barro cuando la lluvia lo enjuga, mansa y perseverante, hasta dejarlo libre de aquello que no le permitía enseñar su verdadero rostro limpio y luminoso. Nadie quería reconocer que había probado los dones que Isidora y sus hijas les habían enviado, pero en los rostros de todos se iba notando un cambio: el gesto torvo, la sombra y las perpetuas ojeras se esfumaban. Poco a poco aparecieron los saludos entre los vecinos. Tímidas comenzaron a surgir, con la espontaneidad de lo recién nacido o lo recién descubierto, las risas en el mercado, las charlas intrascendentes sin dobles intenciones, sin juicios, sin críticas. Los despechanos caminaban ligeros por la calle, sin el peso de culpas ni de herencias envenenadas, sin la necesidad de respirar y exhalar rencores que habían creído propios e irreparables. Por primera vez se daban cuenta de que todo aquello no importaba, que nunca había importado. Dejó de prohibirse el amor con tal o cual hijo de tal o cual familia, dejó de vetarse la amistad, dejó de investigarse la vida del de enfrente con ánimo censor e implacable. El aire volvió a ser respirable, como si una nube negra y tóxica que hubiera cubierto la comarca por siglos se hubiese evaporado de repente.
Bastó una generación, solo una, para cambiar el nombre de aquel lugar, que pasó a llamarse Higueras de la Sierra. La determinación, la voluntad de una única persona había sido suficiente para enderezar el rumbo de todo un pueblo. Ni el Destino, ni ningún Dios, ni conjunciones astrales. Solo coraje, paciencia y ganas de luchar. Solo una ilusión inquebrantable de mejorar la vida propia mejorando la ajena. Solo unos higos y la fe en uno mismo y en la capacidad de labrarse el destino elegido.
Os preguntaréis qué ha sido de la higuera de Olvido y Consuelo. Allí sigue, verde y frondosa, brindando sombra e higos a quienes quieren tomarlos, guardando en su savia el recuerdo de esta historia. Cuidado con comer de sus frutos: corréis el riesgo de ser felices.



jueves, 7 de junio de 2018

EL NIÑO RARO


                El niño raro era uno de los visitantes más habituales del jardín. Casi se podía decir que vivía en él, como los gatos y los mirlos, como las escandalosas cotorras y las arrulladoras palomas. Sus padres le llevaban prácticamente a diario, porque los parterres llenos de vida vegetal y los senderos de gravilla eran de los pocos lugares donde no temían un estallido de furia y miedo, un episodio de esos que sufría el niño raro cada vez que se angustiaba o se le intentaba hacer caber dentro del marco de lo que nosotros llamamos “normalidad”. Con las plantas sí conectaba. A veces se quedaba quieto durante horas, como una cámara en su trípode, fijando en su memoria cada una de las hojas, tallos y flores de una planta cualquiera, y así era feliz. No necesitaba más.
            El niño raro tenía una herida invisible en su cabeza, y por eso nadie le comprendía. “Autismo”, dijeron los médicos. “Anormalidad”, dijeron los estúpidos. Y la única realidad es que el niño raro se entendía con las plantas, porque los humanos, con sus normas y sus prisas, no sabían vivir. Tanto y tanto paseó por el jardín en todas las épocas de sus escasos años que aprendió los nombres de los vegetales, y con su lógica distinta sustituyó los de las personas de su entorno por otros nuevos más apropiados. Así, papá dejó de ser Jorge para ser Quercus Robur, su roble frondoso y protector. Mamá, fragante, siempre curativa y de risa fresca y abundante, mudó su Nadia por un Mentha Spicata, la verde hierbabuena. La abuela Lola, esbelta y con los bolsillos llenos de caramelos, pasó a ser Phoenix Silvestris, la palmera datilera, y la tía Sionín, que a menudo le besaba demasiado fuerte y demasiadas veces y demasiado apretado, pinchándole con sus bigotes a medio depilar, se quedó en Echinocactus Grusonii, el cactus gordo y punzante al que tanto se parecía.
            El niño raro era un Lilium Candidum, tan puro, tan frágil y a la vez tan perfecto como una flor. Y nosotros, que sabemos tanto que creemos saberlo casi todo, no sabemos disfrutar de las pequeñas cosas como tiempo, calma y aire puro, trinos y brisa y abejas peludas, plantas y silencios. Él sí sabía. Por eso no encontró su sitio en nuestro mundo moderno.
            Un día, el niño raro dejó de ir al parque. Ahora era ya un hombre raro, y nadie lo llevaba al Botánico, estaba demasiado ocupado en un centro ocupacional. Allí, envasando cada día flores secas en bolsas que son ambientadores de armario, aún se permite soñar con las plantas del jardín. Toca esos pétalos, deshidratados, artificialmente perfumados y coloreados, y murmura: “Lilium Candidum, rosaceae, jasminum, lavandula dentata”…


martes, 20 de marzo de 2018

EL MUSEO DE LOS SILENCIOS


El museo de los silencios era un lugar atípico. Estaba escondido en uno de los barrios del casco antiguo de Valencia, en una de esas callejuelas tortuosas y llenas de huecos dejados por casas que ya no existen. Por lo que me dijeron, en aquella zona se agrupaban antaño los artesanos del terciopelo de seda, y por eso se le conocía oficialmente como “barri de Velluters”. Ahora no había sedas en aquellas calles, solamente olvido, imagino que por eso habían colocado aquel museo extraño precisamente allí. No figuraba en ninguno de los mapas turísticos de la ciudad. Por no tener, ni siquiera tenía rótulo en la puerta.
No sé por qué mis pasos me llevaron esa mañana a traspasar el umbral de aquella casa. Quizá fue la mirada del niño con el que me crucé al salir de la catedral, o tal vez el gesto tierno del camarero del bar en el que paré a reponerme del frío y la lluvia; aquel hombre que me cambió el sobrecito de azúcar por uno de sacarina sin protestar ni nada, qué extraño. O quizá simplemente fuese la casualidad, o mi corazón de poeta guiado por la mágica y magnética brújula que se esconde en el alma de esta ciudad irrepetible. Fuese lo que fuese, allí estaba yo, dispuesta a averiguar qué se escondía tras aquellos viejos muros.
            Entré en el edificio, tan antiguo, gris y lleno de desconchones y moho en la fachada que parecía más un mausoleo que un museo, y pedí un boleto en la taquilla. Un hombre amarillento y silencioso me lo extendió. Miré el papel para saber cuánto valía la entrada; el precio era una palabra, y pagué gustosa con un “curiosidad” que llevaba suelto en el monedero. El silente funcionario me abrió la puerta y me dio paso con un gesto de su mano cansada.
            El museo de los silencios estaba lleno de salas, y cada una de ellas tenía las paredes, de suelo a techo, cubiertas con anaqueles de madera antigua. El muestrario de la exposición se componía íntegramente de botellitas de vidrio cerradas con tapones de corcho. Todas estaban selladas con lacre rojo, imagino que los conservadores del museo conseguían así que su contenido perdurase en el tiempo y no se viese contaminado por ningún ruido exterior que pudiese alterarlo. Todos aquellos frasquitos provenían de donaciones anónimas, todos fueron silencios que significaron algo para alguien, que quisieron decir tanto que merecieron ser conservados para que todo el mundo pudiese apreciarlos. Bajo cada una de las botellas había un rótulo y una pequeña explicación para que el visitante pudiese identificar e interpretar el silencio que el vidrio atesoraba.
            El tiempo dejó de tener importancia mientras recorría con la vista aquellas estanterías, fascinada, leyendo los carteles y mirando los frasquitos de vidrio. Cada una de las salas del museo tenía un nombre; éste dependía de la naturaleza de los silencios que había en ella. Visité la “Sala de los silencios felices”, la “Sala de los silencios que dolieron”, la “Sala de los silencios de impotencia”, la “Sala de los silencios que fueron mentiras”, la “Sala de los silencios que fueron verdades”, la “Sala de los silencios cobardes”, la de los “Silencios valientes” y la “Sala de los silencios que nunca debieron existir”. Ni una mosca se oía en ninguna de aquellas enormes estancias, en las que sólo mis pasos y el rasgueo de mi bolígrafo sobre la libreta de papel reciclado rompían la ausencia de sonidos. Copié algunos de aquellos carteles que ilustraban los silencios expuestos para no olvidarlos, porque no fueron mis silencios, y por lo tanto no son mis recuerdos, pero consiguieron ponerme la carne de gallina.
“Abril de 1985. Cuando entré en la habitación, ella trató de cubrirse con las sábanas de nuestra cama. Él ni siquiera intentó explicarse, solamente vistió su culpa con un silencio eterno mientras yo metía mi ropa en una maleta para marcharme”. Un silencio cobarde, desde luego. Muy cobarde.
“Febrero de 1992. Hacía mucho frío en León. Los cinco primos nos cogimos de la mano para recibir al sexto de nosotros. No éramos capaces de mirarnos a la cara, no nos atrevíamos a levantar la vista del suelo. Cuando se abrió la puerta del tanatorio y entró el féretro, el aire se congeló a nuestro alrededor, las lágrimas quedaron suspendidas y sólo hubo silencio, el silencio dejado por la voz chispeante de Carlitos, un sonido que jamás volveríamos a oír”. Solamente pude estar un rato en la sala de los “Silencios que dolieron”; sus presencias aplastantes resultaron muy difíciles de contemplar. “Maldita empatía la mía”, pensé.
“Diciembre de 2010. La besé con ternura y le dije que la quería, como tantas veces. Ella me miró y no me respondió. Sí me quiere, lo sé, pero jamás me lo dirá. Su ausencia de palabras se llama autismo”. Silencios que son verdades. Algunas demoledoramente ciertas.
“Mayo de 2007. Yo di el sí ante el sacerdote. Pero cuando le preguntó a él sólo hubo silencio. Un silencio mentiroso para no afrontar la realidad; ojalá me hubiera dicho mucho antes que no me quería lo suficiente como para casarse conmigo. Una mujer vestida de novia sólo debería llorar de emoción”.
“Septiembre de 1999. Mamá no pudo hablar cuando alcanzó a ver la lista de supervivientes del accidente. Aferrada a mí comenzó a leer los nombres. El quinto era el de mi hermano: estaba vivo. No pudo pronunciarlo, sólo mirar al cielo, abrazarme y respirar”. Silencios felices, aliviados, elocuentes. Silencios que, si saliesen de su botella, podrían contagiar a cuantos estuvieran alrededor.
“Marzo de 2004. El silencio después del estruendo. Nunca lo olvidaré. Cuando los heridos ya volaban en las ambulancias hacia los hospitales, cuando recorríamos los trenes buscando hilos de vida entre los hierros, el silencio era aplastante. Sólo oíamos, de vez en cuando, el móvil de alguno de los muertos. Al otro lado alguien esperaría, también en silencio, que esa llamada fuera contestada, y ya jamás lo sería. Lo peor no fueron los gritos. Lo peor fue ese silencio”. Debió escribirlo un bombero, un policía, un sanitario. Había muchos parecidos. La sala de los “Silencios que jamás debieron existir” tenía demasiadas botellas.
           Se me escapó el día entero deambulando de sala en sala, leyendo, tomando apuntes que pudiesen dar lugar quizá a futuros poemas, valorando, sopesando cada una de las notas, observando las botellitas y frascos, sus corchos, sus lacres, y recibiendo además los recuerdos que mi memoria guardaba y que se parecían a algunos de los que había visto allí. Me paré a pensar y me di cuenta de cuál era el verdadero sentido de aquel museo, y al hacerlo aprendí un poco más sobre mí misma. Somos seres hablantes, eso es lo que nos diferencia del resto de animales de la creación. Tenemos palabras para todo, expresiones para todo. Hablamos casi todo el tiempo, despiertos y también dormidos, hablamos cuando amamos, cuando odiamos, cuando es apropiado y cuando no lo es. Celebramos cada una de las primeras palabras que dice un bebé, enseñamos a nuestros hijos a hablar otorgándoles con el lenguaje algo maravilloso. Y sin embargo, cuando estamos sintiendo muy, muy fuerte, entonces… entonces callamos. Más largo el silencio cuanto más intenso el sentimiento, da igual que éste sea odio, vergüenza, miedo, ternura, amor, dolor… Justo en ese momento es cuando guardamos silencio, como si con las palabras se nos fuese a escapar una parte de lo que sentimos y no lo queramos permitir. Curioso, ¿verdad?  
Cuando ya la luz en la calle se iba diluyendo para dar paso a la noche, pensativa y callada, busqué la salida del museo. Necesitaba ruido, música, palabras. Algo que me rescatase de mis pensamientos.
El guarda que me había vendido la entrada por la mañana a cambio de una palabra estaba esperándome. Me dio una botella, un papel y una pluma: quería que aumentase los fondos del museo. “Es un deber del visitante dejar algo aquí a cambio de todo lo que ha recibido”. Tenía razón, me llevaba muchas cosas de aquel museo, era justo corresponder.
“Agosto de 2003. Contuvimos el aliento, y durante unos instantes fue como si el tiempo se hubiera detenido. Pareció una eternidad, aunque en realidad fueron pocos segundos. Nada daba a entender que la naturaleza no haría su trabajo. La sangre y el dolor dejaron de tener importancia; la hemorragia era más que considerable, pero no le presté atención. Sólo quería recibir, a cambio de mi esfuerzo, el primer sonido de su voz para saber que estaba viva. Y por fin se oyó su llanto, poderoso y lleno de rabia: mi niña respiraba, y con un grito le dijo al mundo que había venido para quedarse. Nos miramos y no pudimos siquiera hablar, nada de lo que dijéramos podía mejorar ese momento”. Soplé aquel silencio de padres emocionados dentro de la botella, puse el tapón y calenté la barra de lacre para sellarlo. Elegí ese y no otro porque la “Sala de los silencios felices” es uno de los lugares más hermosos que he visto en mucho tiempo, y quise que aún lo fuera más.
Sería fantástico que esa sala fuera la más grande del museo, así que, por favor, si algún día vais, buscad el silencio más feliz y bonito que recordéis haber vivido y dejadlo allí para que los demás podamos disfrutarlo. Cada sonrisa, cada emoción positiva que podáis provocar vale demasiado como para desperdiciarla.


lunes, 6 de noviembre de 2017

LO QUE SE TOCA EN EL CIELO

     Es verdad, y nadie lo discute, que vivimos rodeados de ideas preconcebidas que son, a menudo, equivocadas. Mirad si no, por ejemplo, esa que dice que toda mujer anhela encontrar a su príncipe azul: hoy en día sabemos que muchas princesas prefieren volar solas, otras buscan príncipes negros o verdes, y otras siempre prefirieron la compañía de otras princesas, pero hasta ahora no se atrevían a decirlo. Igual ocurre con mil cosas, si lo pensáis veréis que es cierto. Casi nada es como nos vendieron que era. Por lo visto, hasta los mismísimos Reyes Magos venían de Andalucía, lo que elimina de nuestra mente esa imagen tan arraigada de las coronas, las capas y el turbante. Hemos tendido durante tanto tiempo a adornar las cosas con un halo de romanticismo y heroicidad que, cuando se nos presentan como verdaderamente son, puede ser que nos sintamos decepcionados. Pero no siempre es así: hoy vengo a contaros la historia de Paco “el Serrano”, y puede que cuando terminéis de leerla estéis orgullosos del cambio en vuestra imagen mental de eso que los cristianos llaman “el cielo”.
            Paco “el Serrano” se llamaba en Realidad Francisco Villazuela, y era de Ahíllas, una aldea cercana a Chelva, en la serranía valenciana. Era un zagal despierto y lleno de curiosidad que lo miraba todo con unos ojillos oscuros y brillantes que relucían bajo sus cejas castañas. Le gustaba, como al resto de chiquillos, ir al río a cazar ranas, pinchar los huevos de los nidos de la graja para inutilizarlos sin que la madre se diera cuenta a tiempo de poner más (así se hacía para controlar la población de córvidos que, ladrones por naturaleza, acostumbraban a comerse las simientes de los sembrados) y robar manzanas esperiegas del huerto del señor cura. No eran las mejores del término, pero ver al sacerdote perseguirles, furibundo, remangándose la sotana, era para morirse de risa, y los chavales no tenían muchas más distracciones en aquel lugar.
            En una ocasión, el padre de Paco iba a llevarse una carga de embutidos para vender; había matado y procesado los cuatro mejores cerdos que tenían para poder pasar el invierno con el dinero que obtuviese, y longanizas, morcillas, chorizos, salchichones y otras delicias estaban listas para despacharlas en la feria de Liria. Cuando el padre marchaba, y a falta de madre, pues la pobre había muerto pariendo al último de los niños, Paco y sus cinco hermanos solían quedarse al cargo de la abuela Ceferina. Pero esta vez, ya con nueve años, decidió llevarle con él en el carro. Y fue en aquella feria donde encontró lo que había de cambiar su vida.
            Al principio no supo qué o quién podía producir aquella música. Era aguda, penetrante, alegre y festiva. Sus notas se quedaban bailando en los oídos del niño, que miraba en todas direcciones buscando la fuente de tales sonidos aturdido y lleno por la novedad y la emoción. Era una dolçaina. Nunca había escuchado ninguna antes. Excitado, tiró de la chaqueta de su padre señalando con el dedo al músico que la tocaba. “¡Padre, yo quiero eso! ¿Qué es? ¿Cómo se llama? ¿Puedo aprender? ¡¡¡Por favor, padre!!!”. Alcanzó solamente a arrancarle al hombre, que despachaba embutidos tratando de no perder la cuenta de las pesetas que cobraba y los reales que tenía que devolver, el permiso para seguir al dolçainer hasta los límites de la feria mientras estuviese tocando. Y eso hizo: durante más de una hora se abrió paso por entre la gente que llenaba el recinto, junto con una recua de mocosos locales, siguiendo a aquel “flautista de Hammelín” a la valenciana.
            Una vez terminado su trabajo, el músico se detuvo en una taberna. Allí, ceremonioso, pidió un vaso de buen vino del Villar, y con cuidado desmontó el tudel y la caña, los limpió con un trapo de gamuza que guardaba en la faltriquera, pasó un pañuelo de hilo por dentro del cuerpo de su dolçaina y se dispuso a guardarla. “Por favor, señor. ¿Puedo verla?” Paco le miraba desde su corta estatura de nueve años, con la mano extendida. El hombre le hizo sentarse a la mesa. “Ten cuidado, me la hicieron con un taco de mobila procedente de la puerta de casa de mi abuelo. Ya no hay casa, ni puerta. Solamente me queda eso del hogar en donde crecí”. Fascinado, Paco acarició aquella maravilla. El primoroso torneado, el avellanado de los orificios que el músico tapaba con sus dedos rápidos de prestidigitador musical, el color tostado de la veta natural de la madera que fuera guardiana de una casa ya desaparecida… Aquel instrumento era pura magia, o así le pareció al chaval. “Yo soy de Ahíllas, señor. Allí nadie tiene nada así. Se tocan otras cosas, la bandurria, el laúd y la guitarra cuando son los Mayos, pero esto me gusta más. Ella sola y un tambor hacen fiesta para todos. ¿Cuánto cuesta una de estas, señor? ¿Usted puede enseñarme a tocarla?”
            No fue difícil convencer al padre de Paco para que dejase ir al chico como aprendiz de músico. “Yo puedo enseñarle a tocar, pero él tendrá que ser mi tabaleter hasta que domine el instrumento. No le pagaré jornal; le procuraré una dolçaina, cañas y lecciones. Puede vivir conmigo, a cambio de techo y comida trabajará para mí como criado”. Ahora sería impensable algo así, pero corría el año 1940 y las cosas eran distintas. Un oficio, manutención y posibilidad de ver mundo. Una boca menos en casa y un futuro distinto que cuidar cerdos en una aldea perdida en la que, por no haber, no había ni escuela ni médico. Los dos hombres hicieron el trato, y Paco “el Serrano” ya no volvió aquella noche a Ahíllas, sino que se quedó en Liria, en casa de su maestro.
            Desde aquel momento fue habitual verlo junto a él de pueblo en pueblo; el tamborcillo, a medida del tocador, repicaba acompañando los sones de Marcial, pues así se llamaba el dolçainer. Poco a poco fue aprendiendo los distintos ritmos que había de utilizar: fandango, tonadilla, “albaes” si alguien iba a cantar, alguna jota valenciana… Y entre salida y salida, en la casa, con una dolçaina de buen pino que Marcial le hizo traer de Sueca y a la que el chaval bautizó como “Amparito”, hizo sus primeros intentos. Al principio, el niño se desesperaba: sus labios no acertaban a presionar la caña lo suficiente como para que no se le escapase el aire, o lo hacía demasiado, impidiendo la vibración y por tanto la emisión del sonido. Sentía unas irresistibles cosquillas en los dientes y le retumbaba toda la cabeza. Tardó casi un mes en arrancarle una nota decente a aquel instrumento. Pero, como buen serrano, era duro y constante, igual que los montes de su tierra, y no se rindió. Crecer y aprender, trabajar con la ilusión de estar persiguiendo y consiguiendo algo que uno realmente desea: no fue una infancia fácil, pero creedme, en aquella época las había mucho peores. Paco fue, en resumen, un niño feliz.
            Cuando estaba ya a punto de ser un quinto al que llamar a filas, nuestro protagonista conocía no solo Liria, Villar del Arzobispo, Losa del Obispo y Chelva, sino también Aldaia, Torrente, Mislata, Manises, Valencia y hasta Sagunto. Recorría con su “Amparito” y su tabalet las fiestas de todos esos lugares y de muchos más desparramando con entusiasmo música y alegría y haciendo, por qué no decirlo, estragos entre las muchachas. Tres o cuatro veces había vuelto a Ahíllas para ver a sus hermanos, y había tocado para sus vecinos y amigos de la infancia, orgulloso de su oficio, despertando la curiosidad y la admiración de los pocos niños de la aldea. Paco se había convertido ya en un hombre, y no era, desde luego, un mozo difícil ni mal parecido, circunstancia ésta que aumentaba el público allá donde tocasen, y también sus ingresos. Marcial estaba contento con él, aunque sabía que pronto se quedaría de nuevo solo: en cuanto el chico marchase al servicio militar, que por entonces era de dos años de duración, tendría que buscar un nuevo compañero. Paco no sabía casi leer ni escribir, pero tocaba la dolçaina como nadie, y el tabalet como pocos. Iba a echarle mucho de menos.
            África. Tetuán. Ese fue el lugar al que el sorteo le envió a hacer el servicio. “No lo había más lejos, collons”, musitó Marcial. El chico se encogió de hombros: todo lo que fuera más allá de Cuenca ya era para él otro mundo. Pero sabía que tenía dos opciones: podía verlo como una desgracia o como una aventura, y eligió lo segundo. “Malo será que allá no aprenda cosas nuevas, maestro. No padezca por mí, me llevo a mi “Amparito”. Con suerte, tocaré el tambor en la banda del cuartel y no se me hará tan largo”. Y para allá se fue, en tren desde Valencia, después en otro tren, luego en un barco, con un montón de historias de moros en la cabeza y  muchos sueños por cumplir.
            Deseó volver a casa en cuanto pisó el cuartel. Allí todo eran órdenes, normas, gritos. Pasaba los días triste, sin poder tocar, y las noches echando de menos a su maestro, los olores de su tierra y el sabor de la mistela y los rolletes de anís con que solían obsequiarles en las fiestas de los pueblos. Estaba a las órdenes de un sargento  malencarado y grosero natural de Sevilla que, cuando descubrió a Paco en un rincón del patio tocando a “Amparito”, opinó que sonaba como un gato al que estuvieran destripando y se la arrestó indefinidamente. Privar al Serrano de aquel instrumento, de la actividad inocente de tocar en sus ratos libres, le divertía. En general, todo lo que fastidiase a sus soldados le producía un extraño placer. Ejercía un poder arbitrario y caprichoso que los demás, merced al cargo que ostentaba, no tenían más remedio que respetar, aunque fuera a su pesar; disfrutaba siendo impopular y maldito por todos los rasos y cabos a su cargo. Más de uno soñaba con abrirle la cabeza de un culatazo, pero nadie se atrevía, y Paco menos que nadie: era músico, no soldado. Él no creía en la violencia, creía en la armonía, creía en la vida, en la risa, en el entendimiento a través del idioma universal del ritmo y las notas de la escala cromática. No había nadie en aquel cuartel más enemigo de la violencia que él, y eso fue lo que le granjeó la manifiesta animadversión del “Sargento Miarma”. Para aquel hombre, Paco era un ejemplo perfecto de que el ejército no debía aceptar “ni tontos ni músicos. Siempre están pensando en las musarañas y no son capaces ni de pelar las papas para el rancho sin distraerse”.
            En los días de permiso, “el Serrano” y algunos de sus compañeros se llegaban al pueblo más cercano al cuartel. Allí había poco más que cabras, mocosos y polvo, pero era el único lugar al que se podía ir. Al menos contaba con una taberna. Estar allí significaba salir de los dominios del “Sargento Miarma”, y la presión de su presencia desaparecía durante unas horas. Paco consiguió entenderse pronto con los lugareños; para su alegría, en aquella tierra tenían un instrumento que se parecía bastante a su amada dolçaina secuestrada, y pronto se hizo con una de esas dulzainas marroquíes: tocarla en los permisos, en la taberna, a escondidas del sargento, le ayudaría a sobrevivir los dos años de servicio sin morir de añoranza. De una vez para otra se la guardaba el hombre que gobernaba la mugrienta barra del bar, e incluso le invitaba a beber té moruno cuando organizaba uno de aquellos improvisados conciertos para los clientes del local. A veces también salía a las calles de la aldea tocando la “jota de Alfarp” o la de Vinaroz, como cuando estaba en Liria con su maestro, y los chiquillos del pueblo le seguían bailando y dando saltos. “No son tan distintos de los niños de Valencia”, pensaba Paco. “La música es capaz de hacer que todos seamos iguales. Da lo mismo si fue escrita en una punta del mundo, en la otra punta también se baila y se disfruta”.
            Aguantó veinte meses. Veinte meses en los que no aprendió a “ser un hombre”, que es para lo que se suponía que se iba al servicio militar. Aprendió a esconderse para estar tranquilo, a tocar a hurtadillas para que el “sargento Miarma” no le llamase “el matagatos ché”, a limpiar fusiles, a contar balas, a fregar de rodillas durante horas las letrinas, a pelar miles de patatas. Aprendió cosas que de nada le iban a servir porque nunca iría a una guerra, porque en el mundo real nadie tiene que obedecer órdenes absurdas de ningún sargento gratuitamente cruel so pena de arresto, humillación ni escarmiento público. Ya no le quedaba mucho para dejar atrás todo aquello, tan solo ciento veinte días de servicio, y en un instante, inesperadamente, todo cambió para siempre. El arma que disparaba, con la culata a pocos centímetros de la cara, falló durante unas prácticas de tiro. La explosión de una bala defectuosa le partió el labio inferior en dos mitades y le destrozó varios dientes. Le cosieron, sí, pero la enorme cicatriz y la quemadura le dejaron deformada la boca sin posibilidad de arreglo.
            Fue enviado a casa, con “la blanca” en la mano, “Amparito” junto con la dulzaina moruna en el petate, y el desconsuelo en la mirada. Ya nunca, nunca más podría tocar su amada dolçaina. Podría acompañar con el tabal, pero su sonrisa rota que no hablaba de fiesta, sino de miedo y dolor y metralla, ya no era reclamo de alegría sino recuerdo de sufrimiento. La vida que él amaba no sería más. O, al menos, no como él la había imaginado. Se acabaron las ferias, los fandangos, las “albaes”. Se terminaron las rondas y las miradas de las chicas y las recuas de chiquillos siguiéndole, saltando y bailando, por las calles. Ni llorar podía, aturdido aún por el accidente, el hospital, las curas y la visión de su rostro herido. No era culpa de nadie, sino quizá de los Hados. Una vez más, tenía dos formas de afrontarlo: ahogarse en la pena o tratar de torcer los designios del Destino que tan caprichosamente había decidido su suerte. Paco “el Serrano” ni siquiera contempló la primera posibilidad.
            Leer y escribir fueron los primeros pasos. Después, composición y armonía para completar sus conocimientos de lenguaje musical. Volvió a Ahíllas, a los Mayos, a criar animales y a ver cómo sus sobrinos robaban manzanas esperiegas del huerto del señor cura y, desde el calor de su tierra natal y al abrigo del cariño cierto de la familia, comenzó a componer. Lo hacía con “Amparito” en la mano, la caña apoyada en el labio superior y tapando los agujeros con los dedos como si tocase. Las notas no salían del instrumento porque su boca era incapaz de hacerlas brotar, pero sí las oía en su cabeza formando nuevas melodías. Allí, en su imaginación, sonaban nítidas, fuertes, entre el griterío de los pueblos en fiesta y las risas de los niños, los petardos y el entrechocar de copas. Su imaginación, su creatividad, la cabezonería serrana y una voluntad a prueba de balas, de sargentos y de mellas lo mantuvieron a flote todo el resto de su vida.
            Llegó a componer docenas, cientos de piezas y obras para “dolçaina”. Hoy en día se siguen tocando, sin que muchos de los intérpretes sepan siquiera que salieron del talento de Paco “el Serrano”, y suenan en fiestas y ferias de toda la Comunidad Valenciana. “Amparito” y la moruna duermen en un arca, conservadas con celo por la familia de alguien que eligió no guardar rencor y reinventarse, dejando un legado que engrandeciese a la dolçaina, el amor de su vida.

            Al principio de esta historia os hablaba de las ideas preconcebidas que resultan equivocadas, ¿lo recordáis? Os propongo un nuevo ejemplo: recread la imagen del cielo, mucho más arriba de donde vuelan los pájaros, allí donde residen los ángeles, los justos y los santos. Suena música, y serafines y querubines tocan sus liras, cítaras y laúdes medievales, de esos que parecen medio huevo. Es así como lo pintaron los grandes pinceles renacentistas, ¿no es cierto? ¿No lo describen de ese modo las escrituras? Pues borradlo. Borradlo todo. Desde que Paco “el Serrano” dejó Ahíllas para continuar su existencia allí arriba, ya los ángeles no tocan otra cosa que la dolçaina valenciana. No me digáis que no hemos ganado con el cambio.

miércoles, 4 de octubre de 2017

EL CUENTO

           El profesor de secundaria no creía en los datos y las fechas aprendidos de memoria. Se había hecho profesor para enseñar a pensar, no para llenar a los chicos de conocimientos que de poco les servirían en el futuro. Aquel día había traído un libro con él. Un libro de cuentos. Lo abrió por la página 17 y comenzó a leer en voz alta.
“Dándose un paseo por las salas del Cielo, se detuvo Dios un día en el lugar donde guardan las almas de los seres que han de nacer. Desde allí las envían, en el preciso instante en que una nueva persona viene al mundo, para que cuando vea la luz lo haga completa. Si el alma no llega a tiempo el niño que nace no sobrevive, no sería humano si no estuviese dotado de ese componente fundamental; por eso los empleados de la sala de las almas son escogidos de entre toda la corte celestial teniendo en cuenta su capacidad de trabajo, su diligencia y su seriedad. Para ese cargo no vale cualquiera, desde luego.
            Dios entró, como os decía, en la sala de las almas. Vio aquellas pequeñas lucecitas infantiles jugar y reír a la espera de bajar al mundo de los hombres, y se le ocurrió una idea. Llamó a las dos que más cerca estaban de la puerta, tomó asiento en su trono y las acomodó a ambas sobre sus rodillas. Jugó un rato con ellas, y después comenzó a preguntarles si tenían ganas de nacer como personas de carne y hueso. Las almas no tienen sexo ni raza, todas son de una misma sustancia, todas están impregnadas de la misma ilusión por la vida, de modo que ambas contestaron que sí. “Para eso existimos, Señor. Si no, no tendría sentido que estuviésemos aquí esperando”.
            “Hoy mismo os voy a enviar a la Tierra, y para que haya equilibrio en el orbe una de vosotras nacerá como hombre y la otra como mujer. Pero antes debéis decirme una cosa: ¿Dónde queréis ser alumbradas? Os dejo elegir el punto geográfico que deseéis”, dijo el Hacedor mientras las etiquetaba para viajar a su destino. El alma que iba a ser de hombre y el alma de la futura mujer se miraron. Él contestó enseguida: “A mí me da igual, Señor. Podría ser nepalí, caboverdiano, japonés o uruguayo. Podría ser suizo o canadiense. No se preocupe por mí, me mande a donde me mande encontraré la manera de salir adelante”. Dios lo besó, complacido, y lo empujó hacia el mundo humano. Después volvió su mirada hacia el alma que se encarnaría en mujer, y le preguntó: “¿Y tú? ¿Ya has elegido?”.
            Ella acarició con ternura la barba luminosa de Dios y dijo que no. “No puedo decidirlo, Señor. Si nazco en África amputarán desde niña trozos de mi cuerpo para que no pueda disfrutar de él; tendré que sufrir el doble para ser madre, me entregarán a un viejo a cambio de algunas cabras y, si no tengo suerte, veré a mis hijos morir de hambre sin poder hacer nada por evitarlo. Me obligarán a creer que tengo que mutilar también a mis hijas para casarlas y cometeré con ellas la misma barbaridad que cometieron conmigo. En cambio, si nazco en México posiblemente desaparezca antes de cumplir los veinte, violada y estrangulada por algún hombre que quedará, sin duda, impune. Si nazco en India no valdré ni el aire que respiro; mi padre tendrá que pagar para que cualquier hombre me acepte a su lado y seré siempre una carga y una esclava. Solamente por ser mujer muchos pensarán que tienen derecho a usarme y golpearme, y probablemente mi familia, después de eso, me mate para evitarse la vergüenza. Si enviudase cualquiera podría abusar de mí, contando con que no me prendiesen fuego para no tener que mantenerme. Si naciera en Afganistán estaría maldita por ser hembra y tendría que ir cubierta como un fantasma. No se me permitiría ser una persona ni leer ni cultivarme. Sería considerada un ser inferior. Ni siquiera podría rezar cuando estuviera con la menstruación ni enseñar un milímetro de piel fuera de mi casa. Si fuera tailandesa podría ser vendida antes de los diez años para ser esclava sexual de los adultos viciosos europeos y americanos; en China fácilmente podría ser abandonada al nacer o dejada morir por carecer de testículos, allí sólo les dejan tener un hijo y prefieren un varón. Yo no lo tengo tan fácil para elegir dónde quiero nacer, Señor. Necesito un tiempo para pensarlo”.
            Dios la apremió: “elige ya, criatura, el mundo necesita hembras para no extinguirse. Por incierta que sea la vida que te espera no puedo demorar más tu partida. Dime: ¿a dónde te envío?”. El alma de mujer, serena, miró a Dios. “Dígame al menos a qué raza pertenecerá mi cuerpo y así podré decidir mejor. Lo digo porque no quisiera nacer negra en el sur de Estados Unidos o en Sudáfrica, ni tampoco gitana en España, Francia o Rumanía, porque en todos esos casos mi vida no sería más que una pura subordinación al macho o a la sociedad que me rodee, no tendría ninguna oportunidad. Ya que me da a escoger quiero ser dueña de mí misma, crecer, desarrollarme como ser humano y decidir qué quiero y qué no quiero hacer”.
            Dios comenzó a perder la paciencia. “Si todas las almas tuvieran tantos miramientos la Humanidad ya no existiría”, tronó. Y el alma femenina, tranquila, le respondió: “si hombre y mujer fueran tan iguales como lo somos las almas que llevan dentro yo no tendría tantos problemas para decidir, ni usted, Señor, tendría que ver tanto sufrimiento en el mundo que un día creó. Si todas las mujeres pudieran de verdad elegir, las guerras carecerían de sentido. Si usted desde el principio no hubiera hecho creer al varón que era superior, el equilibrio y la armonía reinarían entre los humanos en lugar de hacerlo el odio”. Dios, que cada vez estaba más enfadado, le gritó: “¿Insinúas que me estoy equivocando en mi obra? ¡Yo soy Dios y, como tal, soy infalible! Ya que eres un alma rebelde, nacerás en esa India de la que tan mala impresión tienes, a ver si en una tierra tan fértil y hermosa aprendes a admirar la grandeza de mi Creación”.
            El alma de mujer, antes de irse, le sonrió a Dios. “Muy bien, Señor. Cuando mi cuerpo humano muera volveré para contarle cómo ha sido mi vida allí abajo”.
            Diecinueve años después el alma femenina volvió al Cielo. Había intentado ser médico para ayudar a sus semejantes y tener más horizonte que el de parir, servir y pertenecer, pero la violó y asesinó un vecino por ser demasiado bonita. “Ya ve, Señor. Ni ayudé ni di fruto ni pude envejecer ni amar. Mi agresor es el hombre que recibió el alma justo antes que yo, aquel que estuvo sentado en su rodilla derecha el lejano día en que nos dio a elegir nuestro lugar de nacimiento. Si algún día ha de volver usted a la Tierra a vivir entre los humanos, en lugar de nacer varón, encárnese como hembra. Verá como el martirio en la cruz que sufrió hace dos mil años no fue tan malo”. Y Dios, que no pensaba hacer nada al respecto, se encogió de hombros y miró, como siempre, hacia otro lado”.
            Al terminar de leer en voz alta este relato, el profesor de secundaria cerró el libro y observó a sus alumnos. “¿Qué conclusión sacáis de este cuento?”. Los adolescentes no sabían qué contestar. “Que el mundo está fatal”, dijo uno. “Que Dios no existe”, dijo otro. “Que a las tías les queda mucha pelea”, concluyó un tercero. Las chicas les miraban y les dejaban decir. Al fin una de ellas decidió hablar. “Ahí dice que somos iguales y que todo lo demás no son más que cuentos. Y ya estamos hartas de cuentos, profesor. Para eso estudiamos, para cambiar el rumbo y escribir nuestra propia historia”.

El timbre, con su sonido irritante, puso fin a la lección y despertó a los dos haraganes de la última fila. El cuento, sin embargo, aún está lejos de acabar. Pero algún día lo hará, afortunadamente.



jueves, 20 de julio de 2017

LLUVIA DE BARRO

            Coincidiréis conmigo en que estos pequeños chaparrones veraniegos en los que cada gota de agua viene llena de barro rojizo son un auténtico fastidio. En los días siguientes a cada una de estas lluvias sucias la cola de coches que se forma en los lavaderos es francamente inusual, pero es que da asquito mirar en qué estado quedan los vehículos: ni se ve por el parabrisas, ni puedes tocar la portezuela para entrar o salir sin mancharte… Eso por no hablar de los cristales de las casas, que no queda más remedio que limpiarlos para eliminar los churretes, y ¿qué decir de las terrazas? Barrerlas, fregarlas, pasar con la manguera sillas, mesas y plantas, sacudir toldos y rezar para que tarde mucho en volver a caer una precipitación parecida. Para todo el mundo es un gran fastidio cada lluvia de barro.
            La semana pasada me di una paliza de escándalo limpiando ventanas, el balcón estaba hecho un desastre y la ropa que tenía tendida tuvo que volver de cabeza a la lavadora. Eché casi el día entero arreglando el desaguisado, sin contar con lo que me costó en moneditas de un euro (una detrás de otra, clin, clin, clin) limpiar el coche hasta dejarlo medianamente decente. Eso fue jueves. El viernes, para mi desgracia, el viento del desierto del Sáhara volvió para reírse de mí, preñó de nuevo las gotas de lluvia de su polvo rojo maldito y volvió a precipitarse el barro sobre mi ciudad. Cuando me levanté y vi de nuevo todo por limpiar casi me da algo.
            Soy una mujer bien educada, lo prometo. Casi no digo tacos en público, mantengo la compostura, trato a los mayores de usted y les cedo el asiento en el metro, pido las cosas por favor y doy las gracias. Pero todo eso se me olvidó por un rato cuando miré al ventanal del comedor y no vi la calle por culpa del barro que había pegado al cristal. No he estudiado arameo, pero usé esa lengua y algunas más para maldecir al siroco, al desierto, al polvo, a las nubes y a la madre que los trajo a todos. Y claro, vuelta a empezar con la limpieza, vuelta a lavar la ropa, y no os enumeraré el resto.
            Dos días. Ese fue el plazo que tuve para respirar. Y al tercero, un nuevo chaparrón de barro. No podía ser verdad, parecía que el viento sahariano se reía de mí a mandíbula batiente. Lo imaginé personificado en un sujeto gordo y de piel barrosa, con turbante, un chaleco que dejaba ver su prominente barriga, bombachos morunos, babuchas de puntera enroscada y una risa burlona y odiosa bailando entre sus mofletes inflados, llenos de aire para empujar su maldito polvo hasta mi cielo más próximo. Cerré los ojos para visualizarlo bien en mi mente y maldecirle en italiano, alemán y cuantas lenguas me facilitó el traductor de Google. Cuál sería mi sorpresa cuando, aquella misma tarde, le vi. ¡Sí, le vi, con estos ojitos que llevo incrustados en la cara, lo juro! De hecho pensé que soñaba, o que deliraba, pero no. Era él, estaba ahí, tal y como yo lo había imaginado.
El lugar de tan sorprendente avistamiento fue la parte de atrás de la gasolinera de mi pueblo. El gordo ventarrón charlaba animadamente con el dueño del establecimiento. Los dos se reían y se repartían los beneficios del tren de lavado de coches y de las maquinitas malditas que te dispensan agua jabonosa a presión a través de una lanza que sí, limpiarás el vehículo, pero tú te pones perdido de salpicaduras. Ya me parecía a mí mucha casualidad, pero ¿cómo se hace para denunciar al viento por corrupción, cohecho, asociación ilícita y estafa? ¿Eh?

Me enferman las impunidades, pero he decidido abandonar la lucha. Si por casualidad veis un coche en carretera que es como una albóndiga de barro sobre ruedas, no os asustéis, soy yo. Porque hasta que venga el invierno me niego a ir al lavadero. Por mí pueden crecer patatas en el suelo de la terraza, viviré a oscuras si no entra la luz por los cristales de mis ventanas, secaré la ropa con el secador de pelo. Pero a mí el maldito del turbante no me condiciona más el verano, lo juro.

lunes, 13 de febrero de 2017

EL PROGRAMA DE RADIO

“No me gusta la tele, no cuenta más que desastres y mentiras”. Eso me dice Juani siempre que voy a su casa a trabajar; ella es una de mis pacientes de atención domiciliaria. No es una anciana como otras muchas que tengo y he tenido bajo mi cuidado, ella no se pasa el día sentada delante del televisor, y eso que sus limitaciones físicas apenas le permiten andar y sus hermosos ojos ya no ven a coser y apenas a leer. La solución más fácil para matar las horas de forzosa inactividad habría sido la pequeña pantalla, esa “caja tonta” que ahora ya no tiene forma de caja sino de cuadro para colgar de la pared, pero a Juani no le sirve. Más pronto la desprecia que otra cosa, no gusta de las telenovelas, los informativos la ponen enferma de preocupación o de pura mala leche, las películas se le hacen difíciles de aguantar porque están llenas de violencias físicas y emocionales que le parecen “sufrir gratis”, como ella dice. A Juani lo que de verdad le hace disfrutar, de toda la vida, es la música y los buenos programas de radio.
Me gusta ir a su casa a trabajar. Me gusta teñirle el pelo, arreglarle las uñas, cuidar de su salud y oírla hablar de los conciertos a los que iba cuando podía salir con libertad y sus piernas aún le obedecían. Y me gusta planchar su ropa y la de Berto, su marido, mientras ellos escuchan la radio. La pareja se sienta en la salita, él conecta el aparato y pasan horas y horas disfrutando de los programas de una radio local. “Bienvenidos a Pentagrama Poético, su programa favorito en Radio Sol”. Oigo al locutor hablar con voz de terciopelo y cuero, varonil pero acariciante. Recita poemas, cuenta noticias sobre bandas de música y orquestas, responde peticiones musicales de los oyentes. Pone a veces grabaciones antiguas, de esas que ni siquiera están digitalizadas, en las que se interpretan pasodobles y partituras de compositores valencianos, piezas de folklore tocadas por rondallas y cantadas en la dulce lengua de esta tierra. Les oigo a los dos, Juani y Berto, comentar en cuanto se anuncia la siguiente canción: “¡ay, esa, qué bonita! ¿Te acuerdas? Es la que solía tocar la banda de este pueblo, o la del otro, la que estrenaron en aquel certamen que estuvimos viendo en Gandía en el verano del setenta y pico”. Los dos reviven y acarician el recuerdo mientras tararean las notas que la radio va liberando al aire, y por un momento son felices. Luego oigo de nuevo al locutor: “saludo desde aquí a Pepica, de Albal, que ha llamado esta mañana a las ocho y cinco para pedir esta canción. Se la quiere dedicar a su amiga Juani, que estará escuchando como cada domingo. Para todos ustedes en general y para nuestra amiga Juani en particular, “Luna”, de la mejicana Ana Gabriel”. Y, mientras la rasgada voz de la cantante se cuela por todos los rincones de la casa, los ojos azulísimos de Juani se llenan de lágrimas, le tiemblan las manos y Berto la mira, enternecido por su capacidad de emocionarse aún ante un tema que habrá escuchado cientos de veces.
Es un gusto, lo confieso, trabajar con mayores de cierto nivel cultural. Atender a personas de edad siempre te aporta cosas, cada día terminas aprendiendo algo: un refrán, una copla, la fecha de siembra de las calabazas, cómo se lava mejor una prenda de lana, cuál es el truco para que los caracoles sepan a campo y para que no se peguen las lentejas al cazuelo en que se están guisando... Todas esas cosas van construyendo mi saber en todos los campos, pero cuando encuentro ancianos como Juani y Berto, leídos, viajados, con más o menos estudios y una franca y aún viva curiosidad cultural, amantes de la música, del teatro y de los libros, el disfrute de su conversación y de su compañía se multiplica por mil. Berto recita los poemas de Miguel Hernández y de Machado sobre la voz del locutor de ese programa radiofónico, y es un placer ver a Juani mirarlo arrobada, aunque minutos antes de sentarse en la salita hayan estado riñendo por cualquier nimiedad doméstica.
Esta mañana, mientras estaba atareada con la pedicura de Juani, me he dado cuenta de que el programa que estaban emitiendo era repetido. Recordé que, semanas atrás, había escuchado la misma noticia acerca de la fundación de una nueva banda en el barrio de San Isidro de Valencia. Se lo comenté a ella mientras atacaba su uña del pulgar derecho, siempre hincada en la carne y siempre fastidiosa a la hora de sacarla de ese mal alojamiento para aliviar la hinchazón y curar una de sus frecuentes infecciones. Sonrió y no me dijo nada, se limitó a seguir con las manos el compás del pasodoble “El Fallero”, que había comenzado a sonar. Estaba haciendo de directora de una banda imaginaria, la lima de uñas en su mano diestra a modo de batuta, los ojos entrecerrados, los labios apretados. Suele usar la música como analgésico para esos pequeños ratos de molestia, es enemiga de las pastillas y no toma ninguna que no sea estrictamente necesaria; en el tiempo que llevo con ella he aprendido que no debo interrumpirla en esos pequeños trances para no disipar la concentración que la ayuda a controlar el dolor. Con las últimas notas terminé de desinfectar su dedo y me miró. “No me digas que no te has dado cuenta de que tenemos los programas grabados”. Por mi cara de pasmo adivinó que no. Así es, no había reparado en que “Pentagrama poético” estaba atrapado en una cinta de cassette. Por eso se saben los poemas, por eso tararean todas las piezas. El programa hace años que desapareció, le quitaron la licencia a la emisora local, el locutor está ya una década retirado. La amiga Pepica de Albal murió en el 2.003, y ellos guardan como tesoros docenas de cassettes con los programas que llenaban sus domingos de emociones y sonrisas para seguir saboreándolos. “Ya no se hace radio como esta”, comenta Berto. “Ahora solamente saben poner música de mover el culo, eso ni es cultura ni es nada. Donde esté una buena zarzuela, un pasodoble y una jota bien cantada, que se quite todo lo demás”. La tecla del reproductor salta, la cinta se ha terminado. “Ay, Berto, pon la de aquel día en que te dedicaron esa tan bonita de Las Vistillas”. Y él, entusiasmado como un chiquillo con canicas nuevas, busca en la estantería, leyendo despacio los rótulos en los lomos de las cajitas, localiza el programa, saca el cassette y, con mimo, lo mete en el aparato y se sienta junto a ella para escucharlo cogido de su mano. Y ahí les dejo, terminado mi tiempo de hoy en su domicilio, embelesados, bebiéndose cada sonido y cada palabra como si todo fuera nuevo para ellos.

Cada hogar es una historia diferente. Entre cuatro paredes puede haber un mundo muy pequeño, reducido a una pantalla, una nevera y un sofá, o puede haber todo un universo de letras, notas, sueños, recuerdos y vivencias. Adoro caer en alguna de estas últimas: en ellas cada día es un descubrimiento.