martes, 17 de enero de 2017

TRENES Y PEQUEÑOS MILAGROS

Todo sucedió hará un par de meses. Fue como un flash, un destello en mi mente. Bueno, más que un destello yo diría que fue un fogonazo, a juzgar por lo aturdida que me dejó. Y es que, cuando juntamos Navidad, infancia, magia y música, los metemos en la coctelera de mi cabeza y agitamos un poco, cualquier cosa es posible.
            Llegué al local de ensayos cargada con mi saxo tenor, dispuesta a sentarme con él, abrazarlo como de costumbre y pasar un buen rato. Vale, sí, lo confieso: soy una de esas yonkis de la música que también disfrutan de los ensayos, que no los ven como una obligación sino como un esfuerzo placentero que ha de conducirnos a momentos emocionantes y gloriosos ante el público. Sobre mi atril, dispuestas, varias partituras nuevas. Algunas obras las identifiqué inmediatamente por el título. Otras no. Una en concreto, “Vals del Emperador”, no me sonaba de nada, o eso creía yo. Comenzamos a tocar y, como siempre, la primera leída fue bastante desastrosa. Aclaro: ni yo ni la mayoría de mis compañeros somos músicos profesionales, no tenemos esa capacidad que tienen quienes se dedican por entero a esto de la música de lograr que, solamente con ver las notas, la melodía se dibuje en su cabeza tan claramente como si la estuviesen interpretando con su instrumento. Para nosotros es bastante más difícil lograr buenos resultados, pero no por ello dejamos de intentarlo con todas nuestras fuerzas. Pero bueno, sigo, que me disperso. El caso es que me fue imposible: entre el esfuerzo de no perderme en los pentagramas y meter los dedos en el sitio correspondiente a cada nota sobre la marcha, fui incapaz de reconocer la melodía. A la segunda pasada ya fue otra cosa, todo iba tomando forma, y el tema central de la partitura… esa musiquilla… ¿de qué me sonaba a mí?
            No sé si a vosotros también os ocurre: oís una canción, sabéis que la habéis escuchado anteriormente, pero no recordáis dónde ni cuándo, y eso os tiene intrigados hasta el punto de no dejaros dormir. ¡Ay, esas cabezas! Los vericuetos de nuestro cerebro son a veces tan intrincados que no nos permiten llegar a los recuerdos inmediatamente, pero yo, como ya he dicho antes, soy bastante insistente. Perseverante. Cabezota. El gen leonés, imagino, que no me permite abandonar nada. Yo tenía que recordar de qué conocía ese vals que se había escondido entre mis meninges y no lo lograba, pero al final encontraría ese recuerdo, averiguaría por qué razón lo había conservado en lugar de desecharlo y podría dormir tranquila. Unas horas después, mientras leía, me vino la imagen. El “vals del emperador” era la música de un anuncio. Un spot navideño, concretamente de Renfe, de hará unos treinta años, calculo yo. En él se animaba a usar el tren para volver a casa por Navidad. A ritmo de vals los trenes pasaban, en sucesivas imágenes, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo por la pantalla del televisor. Recuerdo que yo era una niña y que me fascinaba aquel anuncio por la carga emocional que encerraba: tanta gente en esos trenes, todos iluminados por la ilusión de ver a la familia, tantas bienvenidas en la estación, tantos abrazos y besos y padres e hijos, tantos hermanos reencontrados y personas felices, vuelve, a casa vuelve, vuelve a tu hogar que hoy es Nochebuena, y tantos abuelitos con los ojos empañados al abrazar por fin a los nietos no podían dejarme indiferente. Para alguien como yo, que nací empática perdida y así moriré, ese anuncio era irresistible; por eso todas aquellas cosas cruzándose por las vías del ferrocarril de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo dentro de aquellos trenes que pasaban ante mis ojos, y también los compases del vals que sonaban, triunfantes, maravillosos, poniendo banda sonora para siempre a ese sentimiento navideño, formaron una huella que se quedó grabada en mi memoria, agazapada para reaparecer de pronto ante esa partitura. Pero ese recuerdo aún podía mejorar.
            El director de mi banda es una persona muy peculiar, uno de esos músicos genuinos que no entienden la música sin disciplina y que no tienen reparo en echar una bronca si hace falta, pero que saben exprimir a los que nos ponemos ante su batuta hasta hacer aflorar todo nuestro potencial. Al siguiente ensayo, y con el “Vals del Emperador” de nuevo en el atril, nos dio la lección de música más hermosa que he recibido nunca. Nos dijo: “dejad de ver la partitura como si fueran matemáticas. Si os obsesionáis en contar compases, corcheas, semicorcheas, puntillos, tocaréis lo que hay escrito, pero no será un vals, será otra cosa. No sé qué, pero desde luego no un vals. Hay que estudiar mucho la obra, dominar la posición de las manos, la embocadura, los picados, los ligados y los tiempos: eso son matemáticas. Pero cuando eso esté asumido hay que dejar ir las normas, respirar y sentir. Hay que bailar por dentro, susurrar, gritar, tronar, cantar en silencio con la melodía, dejarse mecer por ella. Hay que mirar mis manos pero no medir sino hacer danzar las notas con mis gestos. Hay que sincronizar lo que sentimos, como si viniese una ola que nos levantase suavemente y nos dejase caer a todos a la vez, nos llevase y nos trajese a todos al tiempo. Es muy difícil, pero cuando se consigue… Cuando eso se logra se produce un pequeño milagro, y si miráis al público veréis esa emoción en sus ojos, exactamente la misma que vosotros estáis sintiendo. Y entonces, solamente en ese instante, podréis decir que habéis hecho música”. Después de escuchar aquello, el “Vals del Emperador” comenzó a sonar distinto, y no solamente esa obra, sino todas las demás, por extensión, también sonaban diferentes.
            Un mes. Ocho ensayos. Y llegó el día del concierto. Tengo que reconocer que toqué con el estómago encogido, así soy yo, anticipando siempre los sentimientos como si pudiera olerlos antes de que se manifiesten. Pusimos en los atriles esa partitura, respiramos y nos dejamos llevar. Y se produjo el milagro: el Emperador se coronó y, mientras nosotros tocábamos y subíamos y bajábamos con la melodía, en mi cabeza los trenes volvieron a correr ante mí, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo, y al terminar miré a mis compañeros y vi en su sonrisa y en sus pupilas mi propia emoción, y la vi también en los ojos húmedos y en los aplausos sorprendidos de un público que, mientras tocábamos, sintió volver la Navidad de su niñez y fue, por un instante, feliz.

            La música es un gran regalo. Usadla para que cada día sea un pequeño milagro.

jueves, 29 de diciembre de 2016

VIDEOCUENTO: "DEVUÉLVEME MIS ZAPATOS"

¡Hola a todos! Después de tres años me he decidido retomar eso de leeros cuentos. Esta vez he elegido el relato "Devuélveme mis zapatos". Si buceáis un poco en el blog podéis encontrar el texto completo si lo queréis. El enlace del vídeo os lo dejo aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=0oQ9hzm01zk

Feliz lectura, feliz audición y un abrazo, mis Valientes.

martes, 8 de noviembre de 2016

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: LA GUERRA DE JUAN

         Hace unos días cumplió 103 años. Se llama Juan y es un agricultor de un pueblo “del interior”, aunque no sé del interior de qué provincia, si de Teruel, Cuenca, Albacete, Ciudad Real… qué más da. Debió ser un hombre ágil y fibroso; ahora está delgado, casi seco, como si estuviera hecho de sarmientos recubiertos de cuero. Sus ojos se han ido haciendo pequeños, pero aún los anima el brillo de la vida. No sale a la calle sin su gorra y usa, para caminar, un bastón y la ayuda de mi mano. Cuando traspasamos la puerta formamos una especie de matrimonio desigual, él tan bien vestido con sus arrugas, su pantalón de raya y la camisa abotonada y bien planchada, yo con mi uniforme verde loro de cuidadora y mi pelo rebelde y entrecano haciendo su propia vida sobre mi cabeza. El pobre está bastante sordo, creo que por eso aún no ha aprendido mi nombre, pero me sonríe, no sé si porque se siente cómodo conmigo o porque le recuerdo a alguien conocido. A veces pregunta por su padre, su familia le dice que está en el pueblo y anda algo resfriado y que por eso no viene a verle. Sería inútil recordarle las décadas que hará que el hombre pasó a mejor vida. Juan ni siquiera sabe en qué población reside ahora, pero está con su hija, de modo que se siente en casa.
            Su caso no se diferencia, a primera vista, de otros muchos que seguramente tenéis cerca. Yo, de hecho, he atendido a decenas de abuelos así, aunque ninguno tan mayor como él, desde luego. Pero hoy Juan me ha dicho algo, algo que nadie me había dicho antes, y mira que mis pacientes, ancianos, seniles y no tanto, con demencias, Alzheimer, con cariño o con mucha mala leche, me habían dicho ya cosas de todos los colores. Sus palabras han tenido el poder de dejarme de piedra, y no he parado de darles vueltas en todo el día. Y las pronunció justo, justo después de que le diera el primer beso.
            Soy una enfermera cariñosa con mis pacientes, cuando les cojo confianza soy muy de abrazarlos y besarlos porque sé que, tanto ancianos como discapacitados, a menudo entienden antes el lenguaje de la ternura que el de las palabras, pero mis besos no son gratuitos. A algunos no llego a besarlos nunca porque no son receptivos al cariño; a otros les premio así su actitud, la sonrisa, la docilidad a la hora de ser atendidos, una mirada de esas que hablan de agradecimiento o un piropo inocente. A Juan lo he besado en la mejilla por su expresión risueña cuando le he puesto la gorra, una cara de “ahora ya estoy listo para ir al cole, mamá” que se me ha hecho irresistible. Ha saludado con la mano al chófer del centro de día con el que se va de lunes a viernes; después, cuando iba a subir al furgón, se ha dado la vuelta y nos ha mirado con tristeza, como si esa fuera la última vez que sus ojos y los nuestros fueran a encontrarse. Fue como si un negro nubarrón hubiese apagado el sol de su sonrisa desdentada. Creo que no sabía si hablar o no, pero al fin se ha decidido. “Lo único que siento es que sus van a fusilar. Esta noche, ay, tan jóvenes, tan trabajadores, tan honraos, vendrán a buscaros. Y mañana por la mañana… ay, qué pena”. Me puso la mano en el hombro con resignación, como dándome el pésame por algo que sabía cierto e inevitable y, sacudiendo la cabeza con pesar y con los ojos llenos de lágrimas, se ha metido en el automóvil. El conductor y yo nos hemos mirado y hemos sonreído, incómodos. Él, un hombre latinoamericano, no lo ha entendido. No ha sabido ver más allá del desvarío de un anciano de 103 años. Pero yo sí. Yo no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que vio, qué fue lo que vivió Juan para que, más de setenta años después, aún sueñe con ello, aún lo perciba y lo tema como algo real. Qué manera de amanecer atroz y durante cuántas madrugadas habrá sido capaz de dejar en él una huella tan profunda, un recuerdo tan vívido que le hace temer continuamente por las personas a las que tiene cerca. No he podido evitar sentirme triste por él.

            La guerra, como decía la canción, “es un monstruo grande, y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Lo que pasó no solamente está enterrado en las cunetas. Lo que pasó todavía está vivo, lo estaba ayer y lo estará mañana, yo lo he visto en los ojos de Juan. El olvido no es posible. La reparación aún está pendiente, no solamente la de las vidas tiroteadas y arrojadas al mar o a las fosas comunes, sino la de vidas largas llenas de pesadillas y miedo como la de mi amigo centenario. Díganme quién le va a devolver a él las auroras de sueños plácidos y tranquilos que nunca pudo volver a disfrutar. Sus amaneceres murieron asesinados entonces, aunque él siga respirando. Díganle a Juan que lo olvide, como nos lo dicen a todos los demás. Ya verán lo que les contesta. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

PUES YO LA LÍO

            Hay que ver cómo cambian las cosas a medida que se cumplen años y las generaciones se van sucediendo. Es asombroso que pensemos tan diferente de como pensaban en la época de nuestras abuelas o bisabuelas. Y también es asombroso cómo se puede haber avanzado pasos de gigante en unos aspectos y pasos de hormiga, o incluso de cangrejo contestatario y cabezota, en otros. Eso me dio por pensar el otro día, y todo vino al hilo de un trabajo escolar de mi hija mayor.
            Le puse de nombre Paloma para que fuese libre y volase hasta donde sus alas quisieran llevarla. Le enseñé a pensar en la igualdad de oportunidades, en la inteligencia, en el esfuerzo y el trabajo. Le enseñé a creer en su propia capacidad sin límites, en el cultivo de la música como vía para abrir el pensamiento y en el estudio como vehículo indispensable para poder elegir el tipo de vida que se quiera llevar sin depender de otras personas. Le enseñé también que “sexo” es un acuerdo entre adultos y que lo de “género masculino o femenino” es simplemente un accidente cromosómico sin más consecuencias. Es curioso cómo los niños aceptan como auténticos dogmas de fe aquello que sus padres les explican; mi niña Paloma vivía en ese concepto de sociedad que yo le describía, desechando para ello cándidas Caperucitas, esclavizadas Cenicientas y Bellas Durmientes que necesitan de un hombre para ser salvadas. Para ella, la espada, la rosa, la pluma y la luz están en todos los corazones y en todas las manos, y las manos no son hombre o mujer, son manos, igual que las neuronas, igual que los músculos cardíacos, los hígados o las rodillas, que no son hombre ni mujer, cruz ni flecha, sino elementos valiosos y útiles en sí mismos, igual que los cuerpos que los albergan. Pero llegó aquel trabajo escolar y se dio de bruces contra la cruda realidad. Llegó el día en que tuve que decirle que hubo un tiempo en el que no tener flecha era una auténtica cruz, y que ese asunto no está del todo resuelto.
            Su profesora de ciencias, al hilo de la celebración del 8 de mayo, había pedido a todos los alumnos que redactasen una breve biografía de alguna científica en cuyo currículum figurase, al menos, un premio Nobel del ramo. Del ramo de la ciencia, se entiende, aunque la mitad de los chavales de su clase pensaron que “lo del ramo” se iba por los cerros de la Botánica y se mataron a buscar ganadores de un inexistente Nobel floral. Pero no, mi pichón lo comprendió a la primera. Nos pusimos a bucear en el océano internauta y se sorprendió al comprobar que, en comparación con la lista de nombres masculinos, mujeres había más bien pocas. Y llegó la temida pregunta: “¿Por qué, mamá?” Hale, ahí va ese toro. Explícale a una criatura de diez años lo de que no se admitían mujeres en la Universidad, que no se les permitía más investigación que la de en qué posición se pone un pañal ni más química que la culinaria. Cuéntale sin llorar que se acusaba a las atrevidas de herejía y brujería algunos siglos atrás, que después fueron ignoradas, desprestigiadas, tratadas de locas y excéntricas por osar tener más metas que ser madres y esposas. Que algunas se disfrazaron de hombre para poder acceder a los centros de estudio, que otras publicaron sus artículos de investigación bajo nombre masculino para que se prestase atención a sus descubrimientos. Que si sus maridos no auspiciaban y alentaban su trabajo avanzar era para ellas casi imposible. Que hasta sus padres se oponían a que se cultivasen como científicas. Todos estos conceptos iban cayendo como losas sobre la idea del mundo de mi primogénita, lo veía dibujado en su carita asombrada primero, indignada después, aterrada por último. Se sentía estafada por la Historia, por la Humanidad entera… y por mí. Traté de tranquilizarla, le expliqué que ahora es diferente, que no tenía que preocuparse por ese tema, pero cerró los ojos y tomó conciencia de que, en lo tocante a ciencia, hasta hace no mucho la flecha volaba disparada hacia la diana y la cruz permanecía anclada a la tierra. Después extrapoló esa idea a su vida diaria, ató cabos y se dio cuenta aliviada de que su profesora de ciencias era una mujer. Su pediatra también lo era, y la farmacéutica de nuestro barrio, y su admirada Jane Goodall, y la veterinaria de “Pelos”, nuestro perro. Un poco más tranquila después de enumerar las mujeres de ciencia que conocía continuamos con la lista de los Nobel.
            A esas alturas en el grupo de Whatsapp de su clase ya se habían chivado un par de nombres para ahorrarse unos a otros el tiempo de lectura. Previsiblemente casi todos los trabajos serían un resumen apresurado de lo que pone sobre Marie Curie en Wikipedia, tris, tras, problema resuelto y a jugar a la Play se ha dicho, pero yo enseñé a mi pájaro a no conformarse con lo de todos, de modo que continuó leyendo. Después de un par de horas escudriñando artículos, páginas de blogs del tema y demás información, la vi palidecer de pronto. La razón era evidente, se llamaba “fotografía 51 de la doble hélice del ADN”. Ya tenía el tema para su trabajo. “Mamá, voy a hacerlo sobre un Nobel robado: el de esta mujer. Se llamaba Rosalind Franklin e investigó sobre el ADN. Ella hizo la primera fotografía que mostraba la doble hélice, pero luego el premio Nobel por el descubrimiento se lo dieron a sus compañeros en la investigación y a ella ni siquiera la nombraron. Rosalind, la No-Nobel”, me dijo señalando la pantalla del portátil con su dedo acusador y preadolescente. “Me parece perfecto, cariño”, le contesté. “Mujeres como Rosalind pudieron dejar de investigar ante la posibilidad de que su trabajo no fuese nunca valorado, pero no lo hicieron. Le echaron coraje y siguieron adelante. Gracias a ellas el camino de la ciencia tiene todas las baldosas que necesitáis las mujeres modernas para poder transitarlo sin tanto tropiezo. ¿Ves? El continuar caminando se lo debéis a ellas, os lo debéis a vosotras mismas y a las que vendrán después”.  Mi otra hija, que jugaba en el suelo cerca de nosotras, nos miró desde sus cinco años de estatura y dejó de jugar.
            Le puse por nombre Mar para que su horizonte fuera infinito y nadie pudiese poner límites a su empuje. Había escuchado y procesado a su manera toda la conversación que su hermana y yo acabábamos de mantener, pasándola, eso sí, por el tamiz de su razonamiento pre-escolar, y decidió hablar (y hacer subir el pan, de paso). “Mami, ¿con el premio ese dan chuches?” Yo, que ya veía por dónde iban los tiros, le seguí la corriente. “Sí, cariño. Muchas. Miles”. Cara de horror, tragedia y abominación. “O sea que, sin Rosarín, ni ADN, ni CSI Las Vegas, ni nada, y luego le dan las chuches a los otros y a ella, hale, ninguna”. Me eché a reír. “Ninguna. Se las comieron todas los chicos”. Ella no se reía, permanecía muy seria. Al fin, después de unos instantes de reflexión se levantó del suelo, recogió su muñeca y, mientras se marchaba a su habitación para ponerse el pijama, dijo como para sí: “pues si soy yo la lío gorda. Vamos que si la lío”.

            Desde ese momento no puedo dejar de sonreír. Para eso las educo, para que revolucionen, remuevan, conquisten. Para que sean pájaro de vuelo amplio y océano sin barreras, y no jilguero enjaulado y piscina. Para que el ejemplo de las pioneras les sirva para avanzar y vean en esas mujeres trampolines desde los que saltar más alto. Para que el futuro sea suyo. Para que “la líen”.

sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS ALAS DE MAMÁ

            Pau no era un niño como los demás. Bueno, por fuera sí lo era, pero si alguien se hubiese molestado en mirar por dentro… eso habría sido harina de otro costal. Concretamente de un costal de centeno áspero, oscuro y amargo. Pero nadie supo, o nadie quiso verlo a tiempo.
            A su corta edad, ocho años recién estrenados, apenas sabía escribir un renglón sin torcerse, pero ya era un maestro en el arte del disimulo. No le decía a nadie lo que pasaba en su casa, y si aparecía en su carne algún cardenal sabía cómo taparlo o cómo disfrazarlo de torpeza infantil. Aunque, a decir verdad, Pau solamente recibía algún golpe esporádico, no todos los días ni todas las semanas. Solamente si se metía en medio, en ese “medio” en el que su padre no quería que se metiese y en el que su madre le rogaba para que no se metiese.
            No era un niño de costumbres extrañas ni de manías. No coleccionaba cromos, como sus amigos, ni se quedaba a jugar a las canicas ni salía a montar en bicicleta por el pueblo como hacían los demás. Su único afán era recoger plumas, pero eso nadie lo sabía, era un secreto. Le daba igual que fueran de las tórtolas que anidaban en los pinos del barranco, de las gallinas de los corrales aledaños, de la familia de abubillas que volaban por la finca de Don Tomás o de la infestación de cotorras verdes que tenían su paraíso en el casetón del viejo motor del riego comunitario. En sus frecuentes paseos, siempre solo por los caminos del término municipal del que nunca se alejaba, no había pluma perdida que se escapase a su vista de niño y que no terminase escondida en la bolsa que guardaba, como un tesoro, en el altillo del armario que había en su habitación.
            Llevaba ya más de dos años recogiendo plumas, pero juzgaba que aún no eran bastantes para el propósito que tenía en mente. Su plan, que se iba agrandando en su cabeza, que se perfeccionaba y se llenaba de detalles noche a noche, estaba en vías de materializarse. Pero tenía que ser pronto. Con el paso de los días advertía que debía darse prisa o no llegaría a tiempo. Las tormentas cada vez era más grandes, los truenos más frecuentes y ruidosos y los relámpagos, en forma de puño, caían como furiosas granizadas sobre la cara y el cuerpo de su madre cada vez con más frecuencia. Con angustiosa, hiriente, demoledora frecuencia. No le quedaba mucho tiempo.
            Tuvo que robar una sábana del tendedero de la vecina; fue la única manera que se le ocurrió de conseguir la tela que necesitaba. Después visitó la mercería. “Mi madre me ha encargado hilo amarillo y agujas de coser”, dijo. Había roto su hucha. No debía ser tan difícil eso de coser, había visto a la abuela hacerlo cientos de veces. Descubrió que cortar el lienzo grueso de algodón no era tarea sencilla cuando solamente se cuenta con unas tijeras escolares, pero no se atrevió a coger las de la cocina, lo tenía prohibido. Además, emplear esas tijeras bastas que su madre usaba para limpiar el pescado no era lo más apropiado. Los peces solamente nadan, no vuelan. ¿Y si los residuos de esos animales contaminaban su trabajo y lo que iba a construir no funcionaba? No podía arriesgarse. Las sábanas, cuando las inflaba el viento, parecían volar. Las plumas eran lo que permitía a las aves desplazarse por el aire. Cualquier cosa que no fuera eso no le servía.
            Una noche de gritos y cristales rotos, escondido bajo la cama, dibujó sobre la tela robada dos grandes alas. Trabajosamente, haciéndose ampollas en sus dedos de niño aterrorizado, cortó con sus diminutas tijeras de colegial, sacó la bolsa de las plumas y empezó a coser. Las prendía de una en una, muy seguidas, para no dejar trozos de tela a la vista. A los pájaros no se les veía la piel, de modo que aquellas alas tampoco debían tener vacíos o no servirían. Se quedó dormido bajo la cama varias noches seguidas, agotado de coser, de llorar y de escuchar las voces, los ruegos, los insultos, las débiles quejas de su madre, los golpes, las patadas, los muebles volcados. La violencia le agotaba las fuerzas. El tiempo se acababa, podía percibirlo. 
            La última noche se durmió, agarrotado y vencido, a falta de una pluma por coser. Demasiado tiempo de infierno para un niño de apenas ocho años. Despertó al alba, prendió esa última pluma de rayas blancas y negras con dos alfileres, abandonó su refugio bajo el lecho y corrió a la cocina con las alas en la mano. Iba a ponérselas en la espalda a su madre para que pudiera salir volando de la casa. Solo así él no podría alcanzarla. Solo así sería libre y su marido no podría pegarle nunca más. Él era muy pequeño, no podía defenderla con su cuerpo ni con sus puños, pero con su ingenio y aquellas alas iba a conseguir salvarla, alejarla del monstruo que la estaba matando por episodios, como los malos seriales de la radio.

            Cuando llegó la policía le encontró arrodillado en el suelo de la cocina, cosiendo aquellas alas inútiles a la ropa que llevaba puesta su madre. Le hablaba dulcemente, como si rezase. “No te preocupes, mami. Con estas alas vas a volar lejos y ya verás cómo él no vuelve a pegarte. Cuando te hayas ido haré unas nuevas para mí e iré a reunirme contigo donde nunca nos pueda encontrar. No te preocupes, mami, yo te salvaré”, musitaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella ya estaba muerta.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL BIZCOCHO DE CHOCOLATE

Sole tenía mucho cuidado con lo que comía. Era vegana, o sea, vegetariana pura, y sólo comía vegetales y legumbres, ni siquiera el huevo y la leche entraban en su dieta. Pero como la variedad de productos era muy amplia y su imaginación en la cocina no tenía límites no echaba de menos la carne ni el pescado ni nada de nada. Solía surtirse de verduras y frutas frescas en las huertas de los pueblos cercanos a su ciudad, compraba directamente a los agricultores; siempre prefería acudir a aquellos que no empleaban pesticidas, los que combatían las plagas con productos naturales o con otros insectos. Era mejor una fruta fea pero sabrosa a una reluciente de ceras y conservada en cámaras, y tenía la suerte de poder elegir.
            Un día quiso invitar a sus amigos a una pequeña fiesta. Para ello compró té y hierbabuena, y se dispuso a preparar un sabroso bizcocho de chocolate. Tenía la harina, la leche de soja, el azúcar de caña, naranjas recién cogidas, levadura… De pronto se dio cuenta de que no le quedaba ninguna tableta de cobertura de cacao. Era tarde para buscarlo en la tienda de alimentos orgánicos donde lo compraba habitualmente, pero pensó que no pasaría nada si por una vez emplease el que venden en el supermercado. De una carrera, mientras el postre subía en el horno, bajó a comprarlo.
            Una vez terminado el bizcocho fundió el chocolate para cubrirlo y lo extendió con mimo hasta cubrir toda la superficie esponjosa con aquel fluido marrón oscuro-casi negro fragante y apetitoso. La verdad es que olía muy bien, la combinación con la naranja era una delicia, a sus amigos les iba a encantar. Contenta preparó el té, la hierbabuena y el limón, y mientras terminaba de poner la mesa sonó el timbre: sus invitados comenzaban a llegar. A Sole le encantaba abrir su casa y cocinar para las personas a las que quería. Iba a ser una tarde de lo más divertida.
            Todo empezó muy bien. Había risas, bromas y conversaciones de todo tipo. El bizcocho estaba delicioso, el té calentito animaba por dentro como ninguna otra cosa. Pero de pronto, sin saber por qué, sus amigos comenzaron a discutir. Se enzarzaron de tal manera que tuvo que poner orden y enviar a varios a su casa. El resultado fue que el resto, molestos por lo que había pasado, también se marcharon. Sole estaba perpleja. ¿Cómo podía ser que una reunión divertida e inocente entre amigos se hubiera convertido casi en una batalla campal?
            Se fue al campo a charlar con el naranjo cuyos frutos le habían servido para hacer el bizcocho. Tal vez el árbol supiese algo. De la harina estaba segura, era de cultivo biológico certificado, pero el trigal le quedaba lejos como para ir a hablar con las espigas. El naranjo, preocupado, le dijo que no era culpa suya, que estaba sano. No tenía tristeza, negrilla ni mosca, tampoco hongos ni nada que pusiese en peligro su salud ni la de sus frutos. El problema estaba en otra parte y para averiguarlo necesitaba algo de tiempo. Tenía que enviar mensajes a través de los riachuelos subterráneos. Esos pequeños cauces de agua conectaban unos con otros formando una red que llegaba a todos los confines del planeta, y a través de esa red se alimentaban y comunicaban todos los vegetales que crecían plantados en la tierra. Seguramente alguno sabría algo al respecto y podría aclarar aquel inexplicable suceso.
            Sole se fue a casa muy triste. Había organizado la merienda con toda su buena intención y ahora sus amigos estaban enfadados y no se hablaban entre ellos. Estaba deseando que llegase el día siguiente para poder hablar de nuevo con el naranjo, a ver si había conseguido averiguar algo. Miró los restos del bizcocho y, contrariada, los tiró a la basura.
            En cuanto amaneció se fue al campo, tal vez al fin el árbol tuviera la respuesta a tanto mal humor. Y así era: le dijo que había recibido un mensaje desde América. Procedía de las plantas de cacao. Por lo visto los cultivadores que gestionaban la plantación en la que vivían intoxicaban tallos, hojas, raíces y frutos periódicamente con productos químicos. Según ellos lo hacían por el bien de las plantas, pero el bienestar que perseguían en realidad era el de sus propios bolsillos. Sí, la producción era mayor, los bichos no la atacaban, el sabor apenas variaba, pero los frutos ya nacían enfadados, irritados por tanto insecticida y tanto abono químico, iracundos y frustrados por no poder crecer de forma natural. Por eso sus amigos, al comer el chocolate, se habían contagiado de su mal humor y habían terminado discutiendo. “Vaya”, pensó Sole. “Esto me pasa por comprar productos de las multinacionales. La próxima vez que tenga prisa y no pueda ir a la tienda de alimentos biológicos haré el bizcocho sin chocolate”. Y se puso a pensar cómo podía arreglar semejante lío.

            Al día siguiente organizó una nueva merienda de desagravio; utilizó mermelada de fresas que tenía hecha desde la primavera para un nuevo bizcocho al que añadió una pizca de albahaca feliz procedente de la maceta que tenía en el balcón. Solía cantar con aquella planta y hacerle cosquillas, por eso sabía que siempre estaba contenta y que su alegría se podía también contagiar, igual que el enfado del chocolate. Al final de aquella reunión todos se despidieron con abrazos y risas. Sole cerró la puerta al último invitado que se marchaba y respiró aliviada.

jueves, 7 de julio de 2016

BRÓCOLI Y FLORES


            La primera vez que vi a Mario se me puso el estómago del revés. Me pregunté cómo era posible sobrevivir a semejante golpe, qué clase de milagro había conseguido que aquel cráneo deshecho aún pudiera albergar actividad. Lo suyo pasó hace ya muchos años, cuando la sensación de inmortalidad que da la adolescencia le deshizo el porvenir a un muchacho como otros muchos que todos podemos conocer. “Era tan guapo”, me decía su madre. Claro que lo era. Era guapo porque era un chico sano y normal. Se subió a una moto ajena una mala tarde, ni pensó en ponerse casco ni en ir andando. Tampoco pensó en lo frágil que es una cabeza humana si la comparamos con el asfalto o el bordillo de una acera. No pensó, y eso hizo que ya nunca más pudiera pensar. Crash. Y durante meses, nada más.
            Ahora Mario, ojos abiertos y sonrisa cambiante, es un niño pequeño. Alto, pero siempre sentado. Un niño cincuentón vestido con ropa cómoda al que todo el mundo saluda cuando lo pasean por la calle. Un chiquillo cuya voz cavernosa sorprende, los días en que puede articular alguna palabra, por lo profunda y anciana que es. No pega con el resto, aunque en él nada hace juego, ni el cuerpo con la edad, ni la mente con el cuerpo, ni la voz con lo demás. Él no volará del nido, no trabajará ni le despedirán ni se casará ni se divorciará ni tendrá hijos. Su vida se detuvo a la vez que aquella moto lo tiró al suelo, caballo desbocado y desconsiderado, para convertirlo en lo que es.
            Su madre sonríe. Le habla como a un niño. Le alimenta, le cambia, le viste, le desviste como a un niño. Está cansada, pero no lo dice con la boca. Lo dice con la espalda encorvada y las rodillas hinchadas, lo dice con los calmantes para el dolor y con el dolor sin calma que se asoma a sus ojos. “Yo puedo sola, es mi hijo”, dice. Le ha costado mucho dejarse ayudar, como si pensara que le estaba fallando a su niño. Pero no, no fue ella quien le falló al chaval. Fue aquella maldita, la mil veces maldita motocicleta. Una máquina que ha salido inmensamente cara, y no solo en dinero. También en emociones.
            A veces afeito la barba de hombre del niño Mario y pienso que la vida no es justa con algunas personas. Nada, nada justa. Pero en ningún reglamento ni constitución dice que deba serlo, quienes debemos ser justos somos los humanos. Nosotros podemos y muchas veces no lo somos. La vida no tiene alma, no elige por nadie ni sabe lo que está bien o lo que es conveniente. Es ciega, sorda, muda y no tiene conciencia ni memoria. La vida, simplemente, empuja las cosas sobre las ruedas de nuestras decisiones, y deja que lleguen hasta donde quieran llegar. Le da igual el resultado. Ella no tiene la culpa. Nosotros sí. Mario decidió mal y perdió, perdió por él y por todos los que le quieren, porque su condena, desgraciadamente, es para toda su familia. Mientras viva, por lo que es su vida. Cuando muera, porque habrá muerto.
            Mario y yo hemos llegado a querernos mucho. Ser cuidadora de discapacitados severos te puede llevar a cosas así, a entenderte con algunos pacientes de tal manera que se conviertan para ti en seres queridos. No te pasa con todos, solamente con algunos, pero te pasa: el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Otras familias, a veces, me han regalado flores. Ellos no pueden permitirse gastos así, de modo que un día comenzaron a traerme brócoli de su pequeño huerto. No tenían por qué, pero ellos entendían que sí. Hermosos y redondos brócolis. Y calabacines. De vez en cuando, algún tomate, grande y maduro. Esas verduras no saben como las de las tiendas, son un lujo diferente e infinitamente más sabroso. Son más tiernas, más ricas porque no solamente nutren mi cuerpo, alimentan mi sentido de la humanidad. Son mucho mejores que flores, como delicadas orquídeas de cariño que florecen desde las torpes manos de Mario y vienen a mí a través del agradecimiento de sus padres, y las tomo con un sentimiento que no puedo explicar. Regalos que valen más que el oro. Para mí lo valen.
            Ya no trabajo con Mario, mi contrato con la empresa que llevaba ese servicio ya terminó. Pero formará siempre parte de mí; cada vez que cocine brócoli veré su sonrisa desigual, su cabeza singular y la gratitud, tan sencilla como inmensa, de esa familia. No puedo decir que no haya sido bien pagada.
Vuelvo a casa, vuelvo a escribir. Gracias por seguir leyéndome.