jueves, 30 de junio de 2011

EL CIELO DE LOS PERROS


            Mi hija pequeña, a la que puse nombre de mar para que nadie pretendiese nunca dominarla ni someterla, me preguntó un día dónde estaba el cielo de los perros. Yo le dije que los perros, cuando se mueren, van al mismo cielo que los humanos que han sido buenos, porque ¿qué clase de paraíso sería el nuestro si no pudiéramos contar con su compañía? La felicidad no sería completa, nos faltarían ellos. Ella lo pensó despacio, y me dijo:
“Es verdad, mami. Si ahora Pelos se muriera nos quedaríamos muy tristes, sería genial poder tenerlo cerca para siempre cuando estemos en el cielo”. Y, rumiando mi respuesta, se fue a jugar.
Al rato, volvió a la carga con las preguntas. “Mami, ¿y los perros que son malos? ¿Van al infierno de los perros?” Agárrate con la preguntita, hay que tener siete años para que se te ocurran esas cosas. “No, mi niña, no hay infierno de perros, porque los perros no son malos. Sus amos les empujan a ser malos cuando no los tratan bien, o no les cuidan como se debe. A veces incluso les enseñan a propósito a ser malos”. Entonces llegaron esas temidas dos palabras que, pronunciadas por una boquita infantil, pueden abrir puertas en nuestra alma que cuesta mucho esfuerzo mantener cerradas:
 “¿POR QUÉ?”
            Me dejó toda la tarde pensando en la maldad humana. ¿Cómo explicar algo que ni yo misma entiendo? Siempre que llegan estas fechas me pregunto lo mismo. ¿Cómo se deja en la carretera a un ser que te mira con esa devoción cada vez que te acercas? ¿Cómo se abandona a un animal que se dejaría matar por defenderte? ¿Qué clase de monstruo hay que ser para hacer daño a un perro cuya mayor alegría es el rato que puede estar contigo? Hay que tener el corazón muy negro para hacer eso. En ese momento se me encendió una bombillita sobre la cabeza, como ocurre en los cómics o en los dibujos animados, y lo vi claro.
            Me senté con mi niña al lado (ya pesa demasiado para sentármela en las rodillas, que hubiera sido lo suyo, pero bueno) y le expliqué que los perros que han sido abandonados y mueren de hambre, o de enfermedades, atropellados o sacrificados en las perreras porque nadie los reclama, no van directamente al cielo; ellos tienen un cielo especial al que van durante un tiempo. Es un cielo muy bonito, lleno de juguetes, de comida y golosinas, con agua fresca, buen tiempo y campos enormes para correr, arroyos para bañarse, y ni una sola carretera, ni coches. Para ponerles de comer, lavarles, cuidarles, limpiar sus caquitas, lavar sus camas, cortar el césped y procurar que sean lo más felices posibles, están sus esclavos humanos. El Gran Jefe que pone orden en el universo (llámenle Dios, Yavé, Manitú... cada uno como crea conveniente según su fe) pone ahí a trabajar, al servicio de esos perros, a los humanos que fueron crueles con ellos. A los que entrenaron sus animales para que se pelearan y se mataran unos a otros con tal de ganar dinero en apuestas. A los que pegaron y maltrataron a su perro o al que se encontraron por la calle. A los que compraron un cachorro, y a los pocos meses lo dejaron tirado a la puerta de la perrera porque les molestaba. A los que se fueron de vacaciones y echaron del coche al animal en mitad de ninguna parte, condenándolo a morir atropellado o de hambre. A los que ahorcaron o quemaron al perro de caza que ya no podía cazar porque se hizo viejo. A los que dejaron parir a su mascota, y en vez de buscarle una familia a los cachorros los echaron a un contenedor para que agonizasen durante horas antes de morir de sed. A todos esos se les condena a servir a los perros, y a hacerlos felices durante un tiempo. Luego, los perritos se van al otro cielo, donde pueden estar con los humanos buenos. Y los hombres que los maltrataron, después de cumplir condena como sus esclavos, se van al infierno, que es donde deben estar el resto de la Eternidad.
            Mi niña se quedó satisfecha con la explicación. Y yo también. Nadie sabe a ciencia cierta lo que nos espera al otro lado, pero si cuando me muera merezco ir al cielo, espero que en él haya perros.
           

2 comentarios:

  1. ojala exista ese cielo en el que nos acompañen los perros, y ese lugar donde los que les han hecho sufrir les toque servir... precioso, como siempre, y aunque hoy se ha hecho de rogar, has conseguido que se me pongan de nuevo los pelos de punta!

    ResponderEliminar
  2. me encanta tu manera de escribir... te acercas a nosotros de una manera tan especial... espero que exista un cielo como el que dices en el que podamos disfrutar realmente los que nos lo merecemos...

    ResponderEliminar