jueves, 23 de junio de 2011

EL MAL HUMOR DEL NARANJO


Salí a dar un paseo con mi ángel negro (ya sabéis, el de Machín no, mi perro, que es como un tizón) antes de desayunar. Al pasar junto a un campo de naranjos, aproveché que no había nadie por los alrededores y arranqué una naranja del árbol más cercano. La vi tan redonda, perlada de rocío y de un color tan intenso, que me tentó su promesa de jugo dulce y sabroso. Y pequé.
El árbol, con una de sus ramas más bajas, me atizó un azote en el trasero, de esos que escuecen un rato largo.
- Pero, ¿tú que te has pensado? ¿que soy una frutería? Devuélveme la naranja, ladrona. A ver si te crees que a mí no me cuesta criar frutos, como para que venga todo el mundo a quitármelos por la cara.
‎-Usted perdone -le respondí yo-. No quise ofenderle, pero es que no he desayunado, y usted tiene unas naranjas tan hermosas que no me pude resistir.
-Tonterías!! -refunfuñó el árbol-. Al campo se viene desayunado de casa. Y dile al chucho que deje de hacer pis en mi tronco. Habráse visto... ¡Gentuza!
No me comí la naranja, seguro que estaba agria, nada más había que ver la mala leche del arbolito. Y me he pasado a las fresas, que como son plantas pequeñitas y sin tronco, no me arriesgo a que me vuelvan a sacudir en salva sea la parte. No gana una para sustos.

1 comentario: