sábado, 25 de junio de 2011

EL TROVADOR DE SUEÑOS



El trovador de sueños abrió los ojos una mañana, y se dio cuenta de que el sol no brillaba. Dejó el cálido lecho ajeno en el que había pasado la noche y, recordando los sabios besos que le guiaran por secretos caminos pocas horas antes, cogió su laúd y su morral y salió a la calle.
Miró hacia el cielo oscurecido, pero no vio en él ni rastro de nubes. El astro Rey no se había ocultado bajo velos de humedad o tormenta. Las gentes caminaban por la calle inquietas, sin comprender el por qué de tal ausencia. Los hombres y mujeres no charlaban ni reían, sino que se afanaban en sus quehaceres diarios mirando al cielo de reojo; los niños jugaban como siempre lo habían hecho, ajenos a la extrañeza de los mayores, y los perros y gatos, infinitamente más intuitivos que los seres humanos, se removían inquietos. Hasta los pájaros parecían notarlo. El trovador de sueños estaba seguro de que algo ocurría.
Caminó, pensativo, hasta la plaza. En el reloj de la torre consultó la hora, ya que los relojes solares no funcionaban por la falta de su fundamento. Eran las diez de la mañana. En ese momento, cuando tenía la vista levantada, vio al astro aparecer a toda prisa tras una montaña cercana, y colocarse en el lugar que le correspondía. El trovador consultó su brújula, clavó una vara en el suelo y marcó las líneas horarias tal y como había aprendido de sus abuelos. Efectivamente, la hora solar coincidía con la esfera del campanario. El orden se había restablecido, pero la intriga de suceso tan anormal tuvo su mente entretenida hasta la media tarde.
Mientras tocaba sus antiguas canciones, apoyado en una esquina cerca del mercado, su lengua caminaba por un lado y su mente por otro. Cantaba romances de amor y aventuras de héroes, y mientras tanto cavilaba sobre lo que había acontecido; así fue hasta que una hermosa muchacha dejó caer unos céntimos en su sombrero, y se quedó un buen rato a escucharle, arrobada por la hermosura de su voz, el donaire de su porte, la belleza de sus canciones y la destreza de sus manos tañendo el laúd. En ese momento, el sol dejó de tener importancia frente a los dos luceros brillantes que le observaban, y el trovador de sueños pasó a desear fervientemente la llegada de la luna para que, a su amparo, las palabras de amor sonasen más mágicas, las melodías más misteriosas, y los poemas más seductores, a fin de que la muchacha se abandonase a sus brazos y a su boca proporcionándole lecho y calor para pasar una nueva noche.
Y de nuevo, un día más, no amanecía.
El trovador de sueños abandonó el roce de aquella piel blanca para echarse de nuevo a la calle, buscando con la vista el resplandor del día que no llegaba, y que aún se hizo esperar un par de horas. Su alma de inquieto aventurero le pedía buscar el motivo de tal desorden natural, y decidió subir a la montaña tras la que el sol se escondía por las noches, para así poder preguntarle y resolver sus dudas.
Después de mucho caminar llegó a la cima del monte de Poniente, y se sentó a esperar la hora en que el disco dorado tocaba la tierra para comenzar a ocultarse. Buscando entretenerse mientras llegaba el momento, afinó su laúd y cantó una hermosa canción de amor tras otra, pensando que nadie sino los árboles, el cielo y las piedras le escuchaban. Muy cerca, una pastora que cuidaba su ganado se prendó de su voz y acudió hacia él, atraída por las melodías que el viento le había hecho llegar; jamás había escuchado nada tan hermoso. El trovador decidió al instante velar aquella noche los sueños de la zagala, olvidando el propósito de su viaje, y el sol se escabulló de sus preguntas mientras él saciaba la soledad y el insospechado anhelo de la muchacha. Apenas oyó revolverse a las cabras se levantó sin hacer ruido, cubrió a la pastora con mullidas pieles para que el frío no despertase su desnudez, y caminó monte abajo. El sol, de nuevo, faltaba a su cita privándole del lento amanecer que durante milenios había tenido lugar, y apareció a toda prisa más de una hora después de lo que debía.
El trovador de sueños se dirigió entonces a la montaña de Levante, resuelto a pasar en ella la noche acechando al disco solar, para preguntarle, en cuanto quisiese levantarse, el motivo de sus retrasos. Morral al hombro y laúd en mano caminó toda la jornada, bebiendo de las fuentes y comiendo fruta silvestre de los árboles del camino. No quería parar en los pueblos, ni hablar con las gentes, para llegar a tiempo y resolver de una vez el enigma que tanta extrañeza le producía, pero una inoportuna tormenta vino a frustrar de nuevo sus planes, haciéndole pedir refugio en el molino, al pie de la montaña. Aterido y empapado, miró los gruesos muslos y la ancha espalda de la molinera, que caminaba ante él guiándole hacia la cocina, en donde ardía un fuego acogedor. Ella le proporcionó ropa seca de su difunto marido y una buena cena, y sólo le pidió a cambio algunas canciones que la sacasen de su rutina de harinas y sacos de grano. Él le regaló su voz, y también alivio a un largo luto de dos años, un período de ropas negras, sábanas frías y ausencia de risas que quedó roto por una noche mientras la lluvia caía sin parar.
En lugar del amanecer, una claridad lechosa se extendió por el cielo a la hora en que el sol debía asomarse por la cumbre de la montaña de Levante. En ese momento, el trovador de sueños, que se había escabullido del abrazo recio de la molinera siguiendo su costumbre de no despedirse jamás, ya estaba esperando a la bola de fuego para preguntarle el por qué de tanto descuido en su trabajo diario de alumbrar a la Tierra. El astro, cansado y pálido, corría para ocupar su sitio en la bóveda celeste cuando el trovador le hizo detenerse.
– No entiendo, hermano sol, qué te está pasando estos días. Desde que el tiempo es tiempo, has llegado puntual a tu amanecer según la época del año en que nos encontráramos, más temprano en verano, más tardío en invierno, pero siempre cuando te correspondía. Y sin embargo desde hace varias noches nos privas de tu luz en las primeras horas de cada jornada. ¿Me podrías explicar qué te ocurre?
El sol miró al trovador, un poco avergonzado, y con su voz de fuego milenario le respondió.
– Cantor, ¿por qué cuando yo me asomo por las mañanas siempre te encuentro en las calles? La luna me ha contado que cada noche te ve entrando a dormir en un lecho diferente, y sin embargo no permaneces nunca en ninguno a la hora de amanecer.
– Porque soy trovador de sueños, amigo sol, y no de despertares. Porque el adiós siempre es doloroso, y sin embargo el recuerdo del amor es dulce; por eso prefiero dejar la huella de mis canciones y mi abrazo más secreto a cuantas damas quieran recibirlos, en lugar de dejarles una despedida.
– Y cuando el objeto de tus deseos no accede a ellos, ¿qué haces? –preguntó el sol con una mirada de tristeza.
– Jamás me sucedió tal cosa, porque yo no busco el amor en nadie. Simplemente me dejo llevar, y son los caprichos del destino y la música quienes me guían hacia el regazo en que he de pasar la noche. No estoy hecho para pertenecer a nadie, y por lo tanto no exijo a nadie que me pertenezca.
El sol se tomó unos instantes para  pensar, y después confesó al trovador aquello que le robaba el sueño.
– Yo traté de emularte, joven cantor, y cada noche durante mucho tiempo me acerqué a una estrella distinta para avivar mi luz, pero hace unos días vi un lucero más hermoso que ningún otro de los que hay en el cielo, y por más que trato de llegar a su lado no puedo. Se aleja de mí, me muestra su cara más helada, desoye mis requiebros y no consigo tocar el fuego de su corazón. Vuelvo cada noche a buscar su resplandor, paso las horas tratando de alcanzarla, pero fracaso siempre en ese empeño. Por eso no llego a tiempo a mi amanecer, porque ella se muestra cada vez más lejana, y yo me esfuerzo tanto en seguirla que cada vez me cuesta más desandar el camino.
– ¿Y por qué razón, amigo sol, habiendo tantos millones de estrellas en el cielo, tienes que buscar precisamente la luz de aquella que se te niega? ¿Ya no te resulta hermoso el abrazo de ninguna otra?
– Mi luz, joven trovador, penetra en todos los lugares de la Tierra y del Cielo hasta más allá de donde alcanza la vista. En mis millones de años de existencia, jamás pensé que planta, animal, gota de agua o estrella alguna pudiera vivir negándose a recibir mis caricias. Únicamente la Luna, que es un espejo frío y caprichoso, se me esconde de vez en cuando, pero a ella se lo permito porque es la que me cuenta cómo es la vida cuando yo no estoy. Sin embargo, ese lucero me desafía y no puedo soportarlo.
El trovador de sueños reprendió al astro por su falta.
– ¿Te das cuenta de que tu vano empeño hace que las plantas no crezcan como deben? Los pájaros se han ido, porque creen que está llegando de nuevo el invierno al amanecer más tarde. Todo el equilibrio del mundo se trastornará por un capricho pasajero, y no debes permitirlo.
– Enséñame tú entonces, trovador de sueños, alguna canción que atraiga esa estrella a mis brazos, y mañana retornarán los pájaros, la mies podrá madurar en los campos y todo volverá a ser como siempre fue.
– Acércate a mí, amigo sol –dijo el cantor, afinando su laúd.
Aquella noche, mientras se mecía blandamente en el lecho de paja de una lavanderilla de largos cabellos e infinitas pestañas, imaginó al sol entonando la misma melodía que un rato antes él mismo cantase bajo la ventana de su ocasional amante. Suspiró y renovó sus besos para premiar a aquellos labios generosos que le estaban otorgando momentos tan dulces, y, con el canto del pájaro más madrugador, se escabulló de su tibieza y su perfume a jabón de lavanda, y salió a la calle.
Puntual por fin, el sol se alzó sobre la montaña de Levante, radiante y poderoso. El trovador de sueños, cómplice de la luminosa sonrisa del astro, cargó su morral y su laúd, y continuó su camino.

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