lunes, 20 de junio de 2011

EL VÍDEO DE MI BODA

             El otro día cometí el error de poner el vídeo de mi boda. Sí, he dicho bien. Cometí el error. Me dejó un mal cuerpo que me ha durado el resto de la semana.
            Empezaré diciendo que se grabó hace dieciséis años, o sea, que ya ha llovido lo suyo desde entonces. Lo vimos hasta la extenuación, con todo el mundo, durante los dos primeros años de casados, pero luego fue confinado a un cajón del que no había vuelto a salir.
            Lo primero que me hizo sentir rara fue la imagen de mí misma: tan delgada, tan joven, tan risueña... lo único que no ha cambiado es lo de risueña. Mi chico sí que, a mis ojos, está igual. Igual de bueno, igual de rubio, igual de azules los ojos, y hasta le vale el mismo traje (a mí en el de novia sólo me cabe una pierna). Y me quiere igual, con lo cual también me doy por contenta. Recordé las palabras del sacerdote, la música de mi orquesta, la tuna en la puerta, el pasillo de capas y la emoción y el cariño que lo envolvían todo. Hasta ahí la cosa fue bien. Lo malo llegó con el repaso, mesa a mesa, de los invitados.
            Los pelos. Dios mío, qué pelos se llevaban. El estilo de las gafas era terrible. Las hombreras de las chaquetas, que hacían que todos pareciesen jugadores de rugby. Hasta mi traje de novia, que entonces era lo más de lo más, ahora no lo elegiría ni harta de vino, a no ser que fuera a casarme con Farruquito o similar. No dejaba de ser hasta cierto punto gracioso el ver los cambios que el tiempo y las modas han obrado en mi gente. Pero lo difícil de mirar no era eso. Lo que me amargó la semana fueron los rostros que ese día reían y brindaban por nosotros, y que de repente desaparecieron de nuestra vida.
            Repasé, con la complicidad del vídeo, las mesas una por una. Doce. Doce rostros que significaron algo para mí o para mi marido, y que un buen día se marcharon para no volver. Duelen, unos más que otros, pero duelen.
            Luego, recordando la cena, reparé en otras tres personas que también desaparecieron de mi vida en estos años, y que también estaban conmigo ese día, pero para ellos no hubo sentimiento alguno de ternura o de pena. Los que fallecieron no tuvieron la culpa, qué más hubiesen querido que quedarse aquí y disfrutar de la vida. Ellos sí fueron culpables. 
            Ellos vinieron a mi boda con sus esposas. Amigos de muchos años. Luego, de repente, uno al año siguiente, otro dos más tarde, el último no hace demasiado, se encapricharon de otras faldas y se esfumaron. No sólo rompieron con sus mujeres y sus hijos, sino que decidieron que todo lo que les recordase su vida anterior les estorbaba, y sacrificaron también los amigos en aras de su propio egoísmo. Ni sé, ni me importa lo que ha sido de ellos. Me dolieron en su momento, pero he aprendido a no tenerles siquiera lástima. A los tres les fue mal, según tengo entendido, y me alegro. A ellas, sin embargo, les ha ido de maravilla, y de eso aún me alegro más. La vida le acaba dando a cada cual lo que se busca, y cuando uno pasa página, tiene que asumir que los demás la pasen también. Con todas las consecuencias.

3 comentarios:

  1. El mío está en el último rincón, pues me da , bueno, no se cómo describirlo, solo sé que me siento muy triste cuando lo veo, pues hay tantas caras que me dicen tanto. Bueno, quizá algún día te lo cuente.

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  2. me encanta Sú cuanta razón tienes, algunas personas que ya no están en mi vida, darían lo que fuese por estar a mi lado,y otros desaparecen como dices tú y no miran ni para detrás después de haberles dado toda nuestra amistad. un beso guapa

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  3. totalmente de acuerdo, pero me entristece aun más, sabeis por que?! porque el video de mi boda es de hace solo 9 meses...bss

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