miércoles, 15 de junio de 2011

IMANES EN LA NEVERA

          Lo confieso. Soy una friki de los imanes de nevera. Allá donde voy, compro uno. Allá donde van los que me quieren, me traen alguno más. El resultado es una especie de mosaico multicolor en la puerta de mi frigorífico (menos mal que ahora hacen unas neveras grandísimas, si no no sé dónde metería todos los imanes). Los uso para sujetar notitas, planes de actividades semanales, listas de la compra, fotos, dibujos de mis gorditas rellenas... y de paso para recordar lo bien que lo pasé en los sitios en que los compré, y cuánto me quieren quienes me los regalaron. Es como un álbum de recuerdos contínuo que abro cada vez que visito la cocina.
            Los últimos en llegar a la puerta de mi nevera fueron dos medios aguacates en miniatura, con su hueso, patitas, bracitos, ojos y sonrisa. Me los trajo una íntima amiga de su luna de miel en el Caribe. Me encantaron y los coloqué sujetando la foto de una tía buena en bikini que tengo para motivarme con la dieta.
            Anoche, a las cuatro de la mañana, oí ruidos en la cocina, y me levanté. Una de las gatas o el perro andan cazando algún mosquito, pensé. Pero lo que me encontré al entrar era bien distinto. La tía buena en bikini yacía pataleando en el suelo. Los plátanos de Canarias corrían desperdigados cada uno por una punta de la puerta de la nevera, temblando y escondiéndose detrás de los dibujos. Uno de ellos ya había caído, pelado y medio mordido, junto a la foto de la maciza. El osito Paddington que me trajo mi tía de Londres había perdido su gorro de la guardia británica, y lo estaba buscando como loco. Mientras, los dos aguacates, que habían causado todo ese desastre, jugaban al fútbol con la pequeña estrella de cerámica mudéjar que compré en Teruel (ella era el balón), y la pobre protestaba con su vocecita: ¡dejadme, aguacaticos, dejadme que se me van a romper las puntas y me tirarán a la basura! Las mariposas de fieltro que hicieron mis hijas en el colegio revoloteaban por la cocina, chocando con todo. Claro, pensé. No les han puesto ojos, no saben por dónde van, pobrecinas.
Resulta que las dos simpáticas figuritas frutales eran dos gamberros caribeños que me estaban revolucionando toda la población de la nevera. Pero di con la solución al instante. Del grito que pegué, se les cayeron los huesos del sitio. No me hizo falta castigarles, ni siquiera amenazarles. Saqué un aguacate de verdad, lo pelé, lo partí, le puse limón y sal y me lo comí. Lloraban como dos magdalenos, pero no tuve compasión.
No han vuelto a dar un ruido. Por si acaso.

2 comentarios:

  1. jajajaja hay que ver lo buena que eres!!! ya estaba yo añorando que alguien me sacase la sonrisa de la mañana!!!!
    por cierto, mi nevera también anda llena de imanes que hemos ido "recolectando" de los viajes... lo malo, que con la nevera de acero, cada vez que los muevo, ARAÑAZO NUEVO!!!!!!
    que tengas muy buen dia, gracias por alegrarme el mio!

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