miércoles, 8 de junio de 2011

LAS DOS TORRES

         El campanario de la catedral de Valencia es una torre atípica. Se yergue sobre el templo, dominando la ciudad. Las vistas desde su terraza son impresionantes. Me gusta subir allí de vez en cuando, pese a la paliza de escalones enroscados que obligan a girar, y girar, y girar hasta el mareo. Hay un tramo, el último, en que la escalera de caracol se hace tan estrecha que hubo que colocar un semáforo en la pared. En ese punto no se pueden cruzar dos personas, y si uno sube y otro baja, alguno ha de retroceder para dejar paso. Hay dos momentos especiales cada día para disfrutarlos desde allí: el atardecer, una puesta de sol mediterránea y única sobre una ciudad palpitante y briosa, y las doce del mediodía, con el toque de campanas. Escuchar las voces de bronce en las entrañas de la torre, sentir cómo vibran esas piedras llenas de historia bajo los pies, hace que te des cuenta de que el Miguelete es un lugar especial. Sólo una vez, un mediodía, las campanas de la torre no sonaron.
            Desde que, en pleno barroco, se construyera la torre de Santa Catalina, en una plaza muy próxima a la de la catedral, se decía que el Miguelete y ella eran novios. Los dos tan altos, los dos tan cerca, los dos tan bellos... pero no era así. Se miraban, sí, pero nada más. Ella le veía demasiado arrogante. Él la veía demasiado adornada. Sólo se hablaban a la hora del repique de campanas, pero la eterna imposibilidad de tocarse hizo que llegasen incluso a darse la espalda, y su saludo se volvió frío, mecánico. Obligado.
            Pasaron los siglos, y con el progreso y la contaminación, fueron envejeciendo. Sus caras, grises, ahumadas, desconchadas y llenas de nidos de palomas, les hicieron avergonzarse, y dejaron de mirarse.
            A él lo limpiaron y restauraron primero, por algo era la torre de la catedral, el templo más importante de la ciudad. Quedó tan hermoso que relucía desde la distancia, y hacía sonar sus campanas orgulloso y contento. Ella, negruzca y abandonada, habría querido esconderse, pero no tenía dónde y, obligada a mostrar su cara sucia, rezumaba vergüenza por cada una de sus piedras. Hasta que, varios años después, la cubrieron de velos verdes, y comenzó su Renacimiento. El Miguelete la miraba, tapada la cara como una novia, y la ansiedad por verla fue creciendo con los días. Semanas, meses después, finalizaron los trabajos, y una luminosa mañana retiraron los velos a la dama, cuyo rostro limpio, rejuvenecido y abrumadoramente hermoso se mostró de nuevo al mundo. Eran las doce. Ella echó sus campanas a volar. El Miguelete, mudo de asombro y admiración, no pudo mover las suyas. Sólo pudo emitir un sonoro silbido. Tal vez fueran cosas mías, pero yo juraría que Santa Catalina se sonrojó.

3 comentarios:

  1. Estaba cambiando mi foto de perfil en tu blog (soy Maria Sevi, por si acaso), cuando me he encontrado con tu nueva historia, precioooosa!!!. Conozco al "gentil caballero Miguelete", pero no recuerdo a "Santa Catalina",claro, será porque me gustan más los caballeros.

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  2. Me encanta leer todos los dias tus cuentos, cada dia una sorpresa, cada dia me llegas a una fibra sensible desperdigada por mi ser que recupero y me da que pensar que soy mas sensible y mas humana de lo que creia. Gracias Susana.

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