jueves, 23 de junio de 2011

LUNA ROJA

            Desapareció, pero no se dio cuenta nadie.
            Estaba anunciado un eclipse. Los astrónomos ya lo habían calculado, predicho y pregonado a bombo y platillo: el último oscurecimiento lunar hasta no sé qué año, un gran espectáculo, y bla, bla, bla. Siempre pasa igual, cada eclipse es único, y pasará bastante tiempo hasta que veamos otro. Como si fuera algo trascendente, importante, más allá del mero espectáculo visual. Como si cada puesta de sol no fuera única, como si cada día no fuera distinto. Pero esta vez, la Luna desapareció, sin más. Pidió la ayuda de las nubes para que los hombres no se percatasen, se descolgó de su eterna órbita, y amparada por la sombra de la Tierra, se fue.
            La Luna, como una moderna Cenicienta, había quedado para ir a un baile en Júpiter, iba a ser la princesa entre los sesenta y tres satélites de aquel planeta. Júpiter, como buen anfitrión, había preparado una fiesta magnífica, y ella sólo tenía un rato para bailar. Un rato muy corto: el tiempo que dura un eclipse.
            Antes de marcharse para volver a su lugar natural, se despidió con una sonrisa deslumbrante y lunar de todos los asistentes y salió corriendo. Pero uno de los satélites de Júpiter, que la rozó durante unos segundos en el transcurso del baile, se interpuso en su camino y le robó un beso, para no olvidarla hasta la próxima fiesta. Fue el primer beso de la Luna.
            Ella volvió deprisa a su sitio. Nadie se dio cuenta de su travesura. Pero el rubor que le produjo aquel encuentro fugaz con los labios del desconocido satélite le duró varias horas. Los astrónomos lo han explicado como un fenómeno natural. Y tan natural... yo también me ruborizo cuando me roban un beso.

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