domingo, 26 de junio de 2011

MACARRONES


             Según mi particular manera de catalogar las cosas, los macarrones son un alimento de los que yo llamo “bobos”. ¿No sabes qué cocinar para comer? Cueces unos macarrones con cualquier cosa. ¿Vienen niños a casa? Pones unos macarrones con cualquier cosa. Pero, aunque sirvan en casi todas las ocasiones, ellos solos no hacen un plato, hay que darles vidilla con tomate, carne, queso, atún, gambas o lo que más a mano se tenga. Por eso los llamo “bobos”, porque no saben hacer nada solos. El caso es que hace unos días mi opinión sobre ellos cambió de modo radical.
            Fiel a mi convicción de que consumir alimentos integrales es mejor (si les quitan alguna cosa, aunque sea la cáscara del cereal, ya les están privando de algo que, si nacieron con ello, por algo será) eché a la olla varios puñados de macarrones con fibra, les di la vuelta con mi cuchara de palo y me fui a pasar el aspirador. Pero uno de los macarrones se me cayó fuera del perol, y fue a parar detrás de la cafetera sin que yo me diera cuenta. Ahí empezó todo.
            Los ladridos del perro me alertaron de que algo ocurría. Pensé que se habría colado alguna mosca gorda en la cocina, y allá me fui, matamoscas en mano. Lo que vi me dejó helada. El General Macarrón, desde arriba de la cafetera, en posición de saludo militar y con lágrimas en los ojos, acompañaba la muerte de sus soldados en la olla mientras les daba una última orden. Esto fue lo que les dijo:
            “¡Caballeros! ¡Ya que hemos de morir, hagámoslo con dignidad! Que nadie pueda decir que no le plantamos cara a la muerte como héroes. El destino nos ha puesto al servicio de los humanos, y por ello entregamos hoy la vida, pero os juro que nadie podrá decir que no lo hicimos con honor, así que...    
                                             ¡¡¡¡¡¡¡¡FIIIIIIIIRMES!!!!!”
            Y para mi sorpresa, los que no yacían ya exánimes en el fondo de la olla, se pusieron de pie y formaron batallón en posición de “firmes”. El General, perdida su tropa, se lanzó directamente al fuego de la cocina para no sobrevivir a sus soldados, pero después de tan honroso gesto no pude tirarlo a la basura, y lo enterré en la maceta de los geranios, en el balcón. La tropa fue cubierta de salsa boloñesa y vivirá eternamente formando parte del cuerpo serrano de mis niñas. ¿Qué mejor final para tan valerosos macarrones que vivir para siempre en mis dos valencianas salerosas?
            Por cierto, ya sé que pensáis que todo esto es un cuento, pero quitad las sonrisas incrédulas, porque le hice una foto al batallón puesto en pie. Para que veáis que las cosas que os cuento no son cuentos, sino verdad verdadera.

1 comentario:

  1. impresionante!!!! yo creo que es que hasta los macarrones se cuandran ante ti y se quitan el sombrero!!!! bss

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