lunes, 27 de junio de 2011

MARACUYÁ

Mario estaba enamorado de una muchacha de su pueblo. Estaba a punto de hablarle de sus sentimientos cuando se enteró de que iba a entrar como novicia en una orden religiosa.
El día que Laura entró en el convento, Mario, desesperado, se quedó de pie junto a la tapia exterior del recinto, en el punto en que se veía la ventana de la celda de su amada. Fue languideciendo día a día, tratando de adivinar el rostro de la muchacha tras el lejano cristal. Laura nunca le habló, ni se asomó a verle. Pero él juró que hallaría la forma de unirse a ella al fin, culminando el amor que sentía.
Con el paso del tiempo, Mario echó raíces junto a la tapia, y creció allí un arbusto trepador de llamativas y extrañas flores. Laura lo descubrió, contenta de poder admirar esas pequeñas obras de Dios, tan hermosas y perfectas. Después de las flores, comenzaron a madurar los frutos del arbusto. Apetitosos y de olor dulzón, Laura no pudo resistir la tentación de comerlos. Así fue como al fin Mario pudo probar los labios de su amada, y fundirse con ella para siempre...
 Todo el resto de su vida, Laura cuidó del arbusto de maracuyá que misteriosamente había crecido, de un día para otro, junto a la tapia de su convento. Todas las primaveras admiró sus flores, y todos los veranos comió sus frutos. Y de esa manera Mario consiguió amar y ser amado por Laura.
Esos amores tan intensos, tan grandes, son capaces de los mayores prodigios. Como este que hoy os he contado.

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