domingo, 19 de junio de 2011

PONGA UN KARATEKA EN SU VIDA



            Al cumplir los cinco años, mi hija pequeña insistió, e insistió, e insistió (un niño de esa edad puede ser realmente insistente) en que la apuntara a kárate. Cielos, pensé yo. Tanta música prenatal, tanta educación del oído y del sentido del ritmo, tanta sensibilización  y estimulación musical temprana... para que ahora quiera dar gritos y patadas a diestro y siniestro. Me costó un año decidirme, pero al fin cedí. La apunté a kárate.
            Este fin de semana mi karateka, envuelta en su kimono con el escudo tigre-dragón de su club, y ceñido el flamante cinturón blanco-amarillo que le da dos vueltas al tripolín, participó en una competición de katas.
            Esto de las katas (o los katas, que soy bastante ignorante en estos temas de artes marciales y nunca sé si es femenino, masculino o qué narices) es una cosa curiosa: series de movimientos precisas y concretas con un nombre en japonés, que decimos con toda naturalidad, como si supiéramos lo que significa. Imaginad las gradas, llenas de papás, mamás y abuelitos, comentando entre ellos: chica, qué bien le ha salido el Ikiupu Sodan a tu niño, parece un profesional. Y la otra contesta: pues yo creo que el cuarto giro no fue del todo preciso en la inclinación de la mano izquierda, pero el Anian Sodan de tu nena ha sido fantástico, no le he visto ni un fallo... Cuando menos, es una situación curiosa.
            Mi niña y otras dos amiguitas de su club practicaban en un rincón sus movimientos las tres a la vez, y daba gusto verlas, con sus pijamas y sus coletas, descalzas sobre el parquet, mano aquí, pata allá, giro acullá, grito guerrero: ¡¡¡¡KIAAAAAA!!!. Casi como los ángeles de Charlie en pequeño. Y una cuarta de babas en el graderío, en donde estábamos los progenitores de tanto futuro deportista de elite.
            Marina fue eliminada en primera ronda. Vino a esconder la cabeza bajo el ala de papá en cuanto se pudo escapar, llorando como una magdalena, con la medalla de consolación (perdón, de participación) colgada del cuello y argumentando que durante su ejercicio un mal roce del parquet le había quemado en la planta del pie, y que por eso lloraba. La palabra “perder” está en un diccionario que mi pequeña aún no ha abierto.
 Y como en mi botiquín portátil no llevo tiritas para el orgullo herido, nos fuimos a comer al McDonalds para olvidar las penas. Hay que ver lo que consuelan unas patatas fritas con ketchup...

1 comentario:

  1. si, como dicen, las penas con pan son menos... y aunque a dia de hoy no pueda apreciar lo que la edad aun no le permite, en un futuro podrá apreciar esas tiritas que tiene su madre en el boli (bueno, en este caso en las teclas!!)
    bss

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