martes, 21 de junio de 2011

RESFRIADOS DE VERANO

            Lorena salió el domingo, con su uniforme de la banda y el clarinete en la mano, a tocar en un pasacalles. Se celebraban las Primeras Comuniones en el pueblo, y todos los años la banda de música recogía a cada uno de los niños en sus casas, para acompañarlos a la iglesia a recibir el Sacramento. Era un día festivo y alegre para todos.
              Lorenzo calentaba de lo lindo, y Lorena se sentó con sus compañeros, durante la misa, en la terraza de un bar cercano. Pidió una cerveza bien fría, pero mientras se la estaba tomando recibió un empujón accidental, y gran parte del líquido se le derramó. Entre risas y bromas, pidió otra. Terminó la misa, tocó para acompañar a los niños a sus casas y, una vez en su cuarto, limpió y guardó cuidadosamente a Claudio (su clarinete) y se fue a comer.
            Al día siguiente por la tarde, volvió a coger a Claudio para ir a ensayar, como todos los lunes. Le puso vaselina, humedeció la caña, lo montó con el mimo de siempre, y sopló. El Do no sonaba. Ajustó las piezas, accionó las llaves, colocó de nuevo la caña y lo volvió a intentar. Un gorgoteo sordo brotó del instrumento en lugar de la nota que correspondía. Por más vueltas que le dio, no se lo explicaba. Nunca le había pasado nada parecido. Se levantó y salió fuera del aula de ensayos, teniendo la precaución de cerrar la puerta a su espalda. Quería hablar con Claudio, como siempre hacía cuando estaban a solas, pero no debía verla nadie.
– Claudio, ¿qué te pasa? ¿se te perdió el Do o qué? Mira que este ensayo es importante, tenemos un concierto muy pronto.
– Ama, estoy muy malito –le respondió el clarinete con un hilo de voz–. Me duele el barrilete, tengo las llaves entumecidas y los corchos hinchados. Creo que me he resfriado.
– ¿Y ahora qué hacemos? –le preguntó Lorena, preocupada– ¿Cómo es posible esto?
– Ayer, cuando se te cayó la cerveza, una parte nos mojó a mí y a Campanolet, el saxo de Ana, que estaba a mi lado –se quejó el clarinete–. A él sólo se le ha pegado un poco la tecla del Sol sostenido, eso se soluciona con un papel de fumar, pero yo soy de madera y me he constipado. No tengo la culpa, ama.
En ese momento, Lorena volvió a intentar hacer sonar a Claudio. El pobre estornudó, y un trozo de corcho salió despedido de su parte inferior.
– ¿Ves, ama? Estoy malito. No me toques, por favor, que me duele mucho el barrilete.
Lorena lo desmontó, lo secó con mimo y lo guardó en su maletín. Claudio era su amigo, su compañero de todos los días. Tocaban juntos en casa, en el conservatorio, en los ensayos, conciertos, pasacalles, procesiones... era algo más: era una prolongación de ella misma. Le necesitaba.
El mecánico tuvo a Claudio una semana en su taller. Se lo devolvió como nuevo, le cobró ochenta euros sin siquiera ruborizarse, y se puso a reparar una trompeta loca que alguien le había llevado con un esguince de pistón. Lorena se volvió a casa con el bolsillo dolorido, pero al menos Claudio ya estaba curado, y sonreía dentro de su maletín. Lorena volvía a ser una mujer completa.

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