miércoles, 29 de junio de 2011

UN CRUCERO ESPECIAL

         Flor Florida estaba esa mañana especialmente contenta: se iba de vacaciones. Siempre había tenido una ilusión especial por hacer un crucero, y por fin ese sueño se iba a ver materializado. Había ido a una agencia de viajes unas semanas antes, y entre toda la oferta de cruceros, fue a escoger el “Travesía personalizada por el Mediterráneo”. El barco de las fotos era espectacular, y le habían hecho una entrevista muy extensa para conocer sus gustos, aficiones y demás. Era tan tentador que había firmado el contrato sin apenas leerlo, el folleto hablaba por sí solo. Se veía a sí misma una semana entera en bikini y pareo, con un cóctel sabroso en la mano, al borde de una piscina, y probando todo lo que hubiera en el increíble buffet del barco. Para eso había estado seis meses a dieta estricta, y haciendo aeróbic, para lucir guapísima de la muerte y gozar de todo sin remordimientos.
            Sentía una especial curiosidad por ver en qué consistía lo de “travesía personalizada”, no parecía que el barco fuera diferente al resto de cruceros de las demás agencias, pero bueno. Supuso que simplemente era un eslógan publicitario. Le dieron la bienvenida, la llevaron a su camarote (recordó que en la entrevista había dicho que le gustaban los tonos azules, y de ese color era toda la decoración de su habitación... ¡qué chulo!), y recibió como regalo una botella de agua con gas y una cestita con frutas. Flor Florida habría preferido un buen brut nature, pero bueno.
            Se puso el bañador y subió a cubierta. Un camarero, sombrilla en mano, la acompañó a su tumbona, le aplicó protección solar factor 50 y no se marchó de su lado en toda la mañana. Recordó haber dicho en la entrevista que era muy blanquita y se quemaba con facilidad. “Vaya, parece que no van a dejar que me dé el sol esta vez”, pensó. Perseguida por el tío de la sombrilla, se acercó al bar y pidió una piña colada. El camarero, sonriendo, le sirvió una copa con hielo granizado, un chorrito de limón natural y una fresa. “Cielos, esto no es lo que he pedido, qué camarero más despistado”, pensó. Reclamó, pero el camarero le dijo que “eso” era lo que había pedido. En la entrevista había dicho que habitualmente no bebía alcohol porque la dieta se lo tenía prohibido.
            Un poco contrariada, se fue a dar un baño. El tío de la sombrilla le obligó a colocarse un chaleco salvavidas. En la entrevista había dicho que apenas sabía nadar, y aunque la piscina sólo le cubría hasta la altura de los hombros, podía sufrir un resbalón, un mareo o cualquier otra circunstancia que motivase un susto innecesario.
            La cosa estaba comenzando a no gustarle demasiado. Trató de recordar qué más había dicho en la maldita entrevista que le pudiese amargar las vacaciones. No tardó en descubrir que había sido demasiado sincera.
            Bajó a cenar, y se fue directa al apetitoso buffet. Un camarero solícito le cortó el paso, y le comunicó que su cena la tenía servida en la mesa 15. Resignada, se sentó a comer el platito de acelgas y la pechuga a la plancha con el yogur desnatado y el té verde que correspondía a su dieta. A los manjares que había visto al entrar no le dejaron ni arrimarse. Francamente malhumorada, se fue a bailar. En la discoteca pidió un gin-tonic. Gesto inútil, ya que recibió una sonrisa y una coca-cola zero. Además, en lugar de pachanga discotequera, sólo ponían boleros (su género musical favorito, como puso en la entrevista), así que desistió en su intento de mover el esqueleto y se fue a dar un paseo nocturno por cubierta. El camarero la perseguía con una mantita, porque había dicho que se resfriaba con facilidad. ¡Puñetas! No iba a contestar ni un solo cuestionario más en lo que le quedaba de vida.
            A las cinco de la mañana, un amable camarero la sacó de la cama para llevarla a proa, a ver amanecer (otra de las cosas que puso que le gustaban en la maldita entrevista). Le sirvieron como desayuno leche de soja, una tostada integral y una loncha de pavo sin sal, medio litro de agua y un zumo de pomelo sin azúcar, y acto seguido un instructor personal la sometió a una hora de entrenamiento aeróbico. El resto del día lo pasó perseguida por el de la sombrilla, que además de proporcionarle un vaso de agua mineral por hora, le trajo más hielo picado con limón en lugar de la copa de helado que había pedido.
            Previendo que toda la semana iba a desarrollarse de la misma manera, Flor Florida se bajó del barco con su maleta en la primera escala del crucero, y desde allí cogió un avión y volvió a casa. Lo siguiente fue acercarse por la agencia de viajes para desahogarse a gusto, y un par de horas después, sentada al sol en la terraza de una heladería y ante un triple de fresa, chocolate y stracciatella, juró por lo más sagrado que jamás volvería a ser tan sincera en una entrevista, y que leería toda la letra pequeña antes de volver a contratar sus vacaciones.

1 comentario:

  1. Jajajajajajajajajajaja..Sú como eres, si es que no se puede ser tan sincera..menos mal que esta vez no rellene el cuestionario...Mil gracias.Bss.

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