miércoles, 13 de julio de 2011

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS


            En alguna ocasión ya he mencionado que trabajé, de jovenzuela, en una residencia geriátrica. Siempre traté de que los internos recibieran de mi parte respeto y cariño, pese a que alguna regañina tuve que repartir, porque algunos eran como niños, o peor. Se llevaron la salud de mi espalda y muchas lágrimas por mi parte, pero también fueron toda una experiencia, y una inmensa fuente de anécdotas. Hoy os voy a contar una. Niños: a la cama, que esta no es apta para menores.
            Aquella residencia tenía un ala para mujeres solas, y otra para hombres y matrimonios. Al ser regentada por religiosas, había misa diaria, rosario matinal y rezos vespertinos, pero a los internos eso les hacía sentir bien, así que no había problema. Yo los colocaba en su sala, ponía la grabación de Juan Pablo II con el Santo Rosario (respetando el orden correcto: un día misterios gozosos, otro día gloriosos, otro dolorosos, y vuelta a empezar) y hale, a hacer camas mientras ellos rezaban.
            El caso es que había un interno, un anciano de pelo blanco, alto y espigado, que a sus ochenta y muchos aún paseaba con ligereza, y que no iba nunca al rosario matinal. Se quedaba en su dormitorio, sentado en la silla junto al ventanal que daba al jardín, incluso mientras yo arreglaba su habitación. Estaba muy sano y completamente sordo, no se quitaba la boina ni para dormir, apenas hablaba por su sordera, y cuando lo hacía era a gritos, pero siempre fue educado y correcto.
            Una mañana de sol (de esas poco frecuentes, teniendo en cuenta que en Santander casi siempre llueve) entré a su cuarto para hacer la cama, y estaba sentado de espaldas a la puerta. Evidentemente no me oyó llegar. La luz entraba a raudales por la ventana, hacía un agradable calorcito, y él sostenía con cierta ternura su “pajarillo” en la palma de la mano, dejando que le diera el sol. Supongo que tenía el día festero y trataba de animar su virilidad octogenaria a base de rayos uva a falta de otro estímulo mejor.
            Dudé, no sabía si interrumpirle o no, pero luego decidí marcharme y dejar su habitación para más tarde. Pobrecico, para una vez a las mil que se ponía tontorrón, no iba yo a cortarle el rollo... El caso es que lo comenté con la religiosa de mi planta. Para que no se llevase ningún susto, básicamente. Ella se echó a reír y me dijo: “ay, hija mía, déjale, que se aburre mucho. Total, de todas las veces que la pone al sol, casi ninguna consigue nada, pero no pierde la ilusión”. Yo me pregunté cómo narices sabía la Hermana que casi nunca conseguía... bueno, resultados. Lo supe pocos días después. Me llevé un susto curioso.
            Esa mañana, puse los Misterios Gozosos a funcionar, y comencé la ronda. Hacía solecito, así que no entré a la habitación en cuestión, por si acaso. Pero una de las veces que pasé junto a la puerta empecé a oír gritos, unos alaridos tremendos. “¡Madre mía!” –pensé– “Se cayó y se partió la cadera, o una pierna... “ Entré como una tromba al rescate, esperando encontrar cualquier desastre (cosa nada extraña en un geriátrico), y allí estaba él, con su boina, recién terminada la... “faena manual”. Se dio cuenta de mi llegada, me miró y me dijo: “¿Qué pasa? ¿Es que en esta santa casa ni para esto puede estar uno tranquilo?”
            Enrojecí como un tomate, me disculpé (no me oyó, por supuesto), y salí con la cabeza gacha. En el pasillo, muertas de risa, estaban la monja y dos compañeras, supongo que todas habíamos pasado por lo mismo alguna vez. Él, debido a su sordera, no controlaba el volumen de sus gritos, y bueno, con esa edad... ¿quién se lo iba a imaginar?
            Dejé de usar bata para ir a trabajar. Me compré dos uniformes sanitarios de pantalón, y a otra cosa, mariposa. Eso sí, el día que entró la nueva que había de sustituirme cuando dejara el trabajo, me abstuve de advertirla, y las mañanas de sol le asignábamos a ella ese pasillo en concreto. Tardó dos meses en llegar su ración de “susto”. Pero llegó.

2 comentarios:

  1. jajajaja realmente divertida, aunque siendo real, debió ser duro para ti... ayyy madre la de anécdotas que tenemos en los principios de los trabajos.... ;)

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  2. Preocupada me has dejado, con lo que me gusta a mi el sol, espero no terminar en un geriatrico....ay madre..

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