jueves, 7 de julio de 2011

ÁNGELES DE LA GUARDA


            A menudo pienso que tengo más suerte de la que merezco. Francamente, creo que no he hecho nada para ganarme el hecho de tener cerca a algunas de las personas que me rodean. En cierta ocasión os hablé de mi paraguas, y hoy voy a hablaros de mis ángeles de la guarda.
            María Jesús y Luis fueron los primeros: mis zapatillas sabían ir solas de mi casa a la suya, de tantas veces que recorrieron el camino. Enfermeros los dos, no había fiebre, herida o percance que no encontrasen la manera de solucionar. A la hora que fuera. No recuerdo un problema de salud ni una visita al hospital sin la presencia de ellos, vigilando para que no hubiese descuido ninguno en la atención. Luego cambiamos de casa y de hospital de zona, pero siguen siendo el tío Luis y la tía María Jesús, y como tales los queremos. Les seguimos necesitando como parte de la familia que son, pero ahora el trabajo de ángel de la guarda lo hace otra persona.
            Nuestra ángel de ahora es rellenita y pelirroja. Toca la trompeta, como los ángeles del cielo de verdad, esos de los que nos habla la Biblia, pero sólo lo hace en sus ratos libres. La mayor parte de su tiempo lo reparte entre ser mamá, amiga y enfermera. Más de una vez me ha abierto la puerta de su casa para curarme un corte, una quemadura o cualquier otra cosa. Los guisantes de su congelador son el anti-inflamatorio más potente que conozco, y siempre hay un punto, una venda, unas gasas o lo que haga falta en ese increíble botiquín que es como el bolso de Mary Poppins. Perdí la cuenta de las veces que la he llamado desde urgencias del hospital, y como por arte de magia, en pocos minutos ha aparecido, con su uniforme blanco de ángel de la guarda, a ponerme una tirita en el corazón. A pesar de trabajar allí, jamás nos ha hecho saltarnos una cola, ni ha acelerado unas pruebas, ni nada parecido. No le ha hecho falta, recordad que es un ángel: solamente su presencia, una cara amiga cuando estás en un hospital, esperando a que te atiendan, a que te alivien el dolor, a que te digan lo que tienes o lo que tiene alguien querido, hace que te sientas mejor, menos desorientado, con menos miedo. Todo parece menos grave cuando ella está cerca. Todo es más fácil de solucionar, la gente parece más amable, hasta yo tengo más paciencia cuando mi ángel de la guarda aparece. A veces, cuando la veo llegar por el largo pasillo de la sala de espera, me da la impresión de que esconde sus alitas bajo el uniforme y en cualquier momento va a desplegarlas para ir más rápido.
            Pero lo bueno de esa mujer no sólo es eso. Lo mejor es poder contar con ella también en los momentos buenos, porque además de enfermera es compañera y, sobre todo, es amiga.
            Seguramente nuestra vida sería distinta si ella no estuviera cerca, y por eso cada día celebro mi suerte. Mabel Boix, o como la llaman mis hijas, Mamá-Bel, es uno de esos seres que mejoran mi mundo.

1 comentario:

  1. enhorabuena por saber encontrar y conservar a esos angeles de la guarda que tan necesarios son a lo largo del camino!!bss

    ResponderEliminar