sábado, 30 de julio de 2011

APRENDIENDO A COMER

            Cuando Celia era pequeña no quería comer de nada. Desechaba sin probar cada uno de los alimentos que su madre intentaba introducir en su dieta. No quería verdura, ni fruta. No quería pescado, hacía ascos a las legumbres… por ella se habría alimentado solamente de vasos de leche con cacao y galletas, macarrones, arroz y poco más.
            Las horas de comer dejaron de ser un momento familiar y placentero para convertirse en una batalla que terminaba siempre con alguien llorando o de muy mal humor. Algo había que hacer al respecto, no se podía dejar que Celia creciese a lo ancho y con problemas de salud por no comer bien, pero los llantos y las rabietas eran una dura prueba para la paciencia de cualquiera. Su madre, un día que ya estaba a punto de explotar como si fuese una olla exprés, tuvo una idea.
            Al día siguiente, a la hora de comer, le dio a Celia un cuadro en blanco, varios pinceles y un maletín para las pinturas. Luego le dio una lámina muy bonita, un paisaje de campo con flores de todos los colores imaginables, un hermoso cielo azul, prados verdes, un río, árboles… a la niña le encantaba pintar, así que se puso muy contenta.
“Te daré los colores después de comer, y podrás empezar tu cuadro”. Celia se comió un gran trozo de pan, algo de carne, y nada más. Se negó a probar las verduras, y mucho menos a comer ensalada, ni el melocotón que tenía preparado para el postre. Su madre no insistió. Recogió la mesa y le dio el tubo de pintura amarilla. Y nada más. Celia se enfadó.
            –Mami, dame más colores, con el amarillo solo no puedo pintar.
            –No, Celia –le contestó su madre–. El melocotón valía un tubo de rosa, la verdura uno de verde, y la ensalada uno de rojo, pero no los has querido.
            Celia organizó una rabieta monumental, pero su madre se limitó a sentarse a coser y no le hizo caso. Al fin, la niña se cansó y se durmió. Por la noche, a la hora de cenar, sólo comió un trozo de pan, patata hervida del plato de verdura (apartando las judías verdes) y un vaso de leche. El pescado también se quedó en el plato. Su madre le dio un tubo de pintura de color blanco.
            –Con el blanco y el amarillo no puedo pintar nada, mamá. Eso es hacer trampa y no vale –lloriqueó Celia.
            –El pescado valía por un tubo de azul, las judías por uno de verde oscuro, y no los has querido coger. Pero bueno, con el amarillo ya puedes pintar el sol, y con el blanco nubes –le contestó su madre, recogiendo la mesa.
            –Pero no puedo hacer las nubes y el sol si no pinto el cielo antes, mamá –volvió a protestar la niña.
            –Celia, un niño que crece es como ese cuadro que tú intentas pintar. Se necesitan todos los colores para que salga bien. Si intentas crecer sólo con un color, sólo con dos o tres alimentos,  algo en ti fallará, puede que sean tus huesos, tus ojos, tu corazón, tu cerebro o cualquier otra cosa. Pero si añades el resto de colores que hay, serás todo lo alta, sana e inteligente que tu naturaleza te permita. No pintes todas las flores amarillas, sino rojas, azules, malvas… prueba las frutas, las verduras, las carnes y pescados, los huevos, los postres, y todo lo que yo te dé, y llegarás a ser el cuadro más bonito que puedas imaginar.
            Celia pasó un buen rato pensando en el cuadro antes de dormirse. Por la mañana le dio los buenos días a su madre y se sentó a desayunar.
            –Mami, ¿qué vas a hacer para comer hoy?
            –Garbanzos con espinacas, y de postre hay uvas. ¿Te parece bien?
            –Mami, ¿y qué colores me darás si me lo como?
            –Depende –contestó la madre, riendo–. Si masticas todo despacio y me explicas cómo saben las cosas que comas, puede que ganes el morado y el naranja. Si sólo te tragas la comida para conseguir pinturas, únicamente te daré el naranja.
            Tres semanas después, el maletín de Celia estaba lleno de tubos de colores. El cuadro quedó precioso, y la mujer en la que se ha convertido aquella niña es todo lo hermosa y sana que podía llegar a ser. Confío en que recuerde su maletín de pinturas cuando tenga hijos. Seguro que el recurso que inventó su madre le sirve de ayuda.

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