viernes, 1 de julio de 2011

BARBAS

            No hay barbudos en mi familia, al menos en la más directa. Sólo uno de mis  primos, al que quiero muy mucho y veo muy poco, lleva barba. Y sin embargo, ese poblamiento capilar facial tan masculino ha marcado el anecdotario de dos momentos clave en mi vida. Es curioso cómo, en determinados instantes, un detalle sin demasiada importancia se nos queda grabado en la mente, por encima de otros mucho más relevantes que tuvieron lugar el mismo día. Este efecto es más acusado cuanto más señalada es la ocasión. Yo puedo decir que dos barbas desconocidas marcaron dos hitos en mi existencia: el día de mi boda y el del nacimiento de mi primera hija.
            Cuando me casé, el setenta por ciento de los invitados venían por parte de mi marido. Su familia es más extensa y además no tenían que desplazarse, porque nos casamos en el lugar de origen de él. Yo no conocía ni a la mitad de la gente que iba a sentarse a celebrar mi matrimonio, pero bueno. El caso es que me vi a la puerta de la iglesia, con una cola de gente interminable que venía a felicitarme, y la mitad eran caras completamente desconocidas. Aún no se había retirado uno y ya tenía otro (u otra) estampándome dos besos en las mejillas. Con eso y los nervios del momento, me vi delante de la cara un señor barbudo que me dio un beso en el carrillo izquierdo... y un mordisco en el derecho. No me dio ni tiempo a reaccionar, ya tenía a una señora (prima de mi suegro, creo) colgada de mi cuello que no me dejó ver quién demonios era el barbudo. Me pasé el convite preguntándome quién narices, de los ocho o diez peludos invitados a la boda (uno era amigo, otro era jefe de mi marido por entonces, y el resto no tengo ni repajolera idea de quiénes eran ni qué relación tenían con la familia) había sido el caníbal. Dieciséis años después aún me lo pregunto.
            El otro barbudo del que iba a hablaros apareció durante el parto de mi hija mayor.
No sé si fue el cambio de la luna o qué, pero el caso es que éramos un montón de mujeres dando a luz la misma tarde. Yo, primeriza, sana y con veintipico años, no suponía un problema en principio, así que me aparcaron en un pasillo entre dos paritorios, tumbadita en la cama y dilatando, y se olvidaron de mí. Con los ojos cerrados y tratando de controlar mis dolores, oía los gritos y quejidos de las dos ocupantes de ambos quirófanos, o sea, berridos en estéreo (muy alentador para una novata en esas lides), y aguantaba marea como podía. Rompí aguas. Pedí ayuda. Ni caso. Al cuarto de hora, pasó por allí una matrona de bastante mal humor, tropezó con mi cama y se apiadó de mí. Me colocó en una sala de dilatación, me puso un monitor y dijo: “primípara, cuatro centímetros. Tenemos hasta las cuatro de la madrugada, por lo menos”. Y se fue, dejándome allí sola. Eran las nueve menos cuarto. A las nueve grité, la niña estaba coronando y yo necesitaba empujar. Vino otra matrona igual de malhumorada que la primera, me llamó escandalosa (estas primerizas, no aguantan nada, y bla, bla, bla). Pero cuando levantó la sábana y vio la coronilla de mi hija asomando, la que gritó fue ella. ¡¡¡¡¡¡CELADORES!!!!! ¡¡¡¡LLÉVENSE A ESTA SEÑORA A PARITORIO QUE ME DEJA LA CRIATURA EN LA CAMA!!! Como si yo tuviese la culpa. Y ahí, en ese preciso instante, entró el barbudo. Él empujó la cama hasta el paritorio. Otro celador me cogió de las axilas, él me agarró de los pies, y como si fuera un saco de patatas me pasaron al potro. El de mi cabecera hablaba de fútbol tranquilamente con el barbudo de mis pies, con una despreocupación pasmosa, dadas las circunstancias: tenían entre las manos una parturienta a punto de reventar como una piñata, prácticamente desnuda, y ellos, hale, hablando de los fichajes del Valencia. Para rematar la película de Berlanga en que se estaba convirtiendo aquello, el peludo me tenía que atar los pies a los estribos con unas correas, y para no dejarme una pierna colgando mientras ataba la otra, se colocó mi pie izquierdo sobre su hombro y procedió a anudar el derecho. Imagináos el cuadro por un instante: una gordita tumbada, sudando y respirando a sopliditos cortos (maravillas de las técnicas de respiración durante el parto), con un señor barbudo entre las piernas abiertas, un pie colocado junto a su cabezota y unas contracciones de expulsión chachis pirulis. Y mientras, el tío continuaba hablando de penaltys y fueras de juego, y me hacía cosquillas con la barba en el tobillo que tenía sobre su hombro.
A las nueve y cuarto mi hija ya había nacido, mi marido casi se lo pierde porque hasta que el individuo aquel no terminó de atarme la matrona no me dió permiso para empujar, y la pobre criatura, que ya estaba como el tapón de una botella de cava, salió disparadita. Tiene narices que, de un momento como ese, una de las cosas que más recuerde sea la barba de un celador.
            A día de hoy, cuando me presentan a algún hombre que luce barba y bigote abundantes, todos mis sentidos se ponen en alerta. Por si acaso se acerca otro momento trascendental y me coge desprevenida, o con la pedicura sin hacer.

2 comentarios:

  1. te decía que es curioso que justo hoy hables de este tema, porque ayer por la tarde, nació el `pitufo de una muy buena amiga!!bss y a remirar a los barbudos, como te han dicho, busca un lotero con barba por si acaso.... y cuidado con papa noel!!!!jejejej

    ResponderEliminar
  2. Es curioso, que de un momento tan importante, se recuerden las cosas menos relevantes. Yo cuando recuerdo aquellos momentos, lo que se me biene al pensamiento, es cuando entró mi marido al paritorio dirigiéndose a mi cabecera y cogiéndome de la mano(se había quedado formalizando mi ingreso por urgencias), enfundado en bata, mascarilla y gorro, no lo reconocí, y pense: hala, otro, qué cariñoso, será médico, bueno, yo a lo mío que no estoy para nada.
    De tu anecdota,Sú, decir que es muy original. Bsss

    ResponderEliminar