miércoles, 27 de julio de 2011

CARTA DE DESAMOR


 Señora:
Jamás pensé que llegaría a escribir una carta como esta. Todo me iba bien, tenía todo lo que un hombre pueda necesitar, hasta que llegó usted a mi vida, como un maremoto, a trastornarme, a destruir todo lo que tanto me había costado levantar.
“Usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos…” así empezaba el bolero que cantaba la noche en que nos conocimos. Usted fue la culpable de todo cuando, desde el escenario, ató mi voluntad con un solo parpadeo de sus ojos morenos, y con esa media sonrisa pícara que esboza cuando se inclina para agradecer los aplausos. Esa noche maldita en que la conocí y renuncié por usted a casi todo aquello en lo que creía Dios debió volverme la espalda, y yo, como humilde mortal, no supe resistir al embrujo de su voz. Cuando la vi aparecer envuelta en ese vestido, negro como mi destino, no advertí que usted era una sirena oscura que acabaría encallando mi vida en las rocas de la desesperación. Recuerdo que, aquella noche, con el terciopelo de su voz y la seda de su acento tejió un manto con el que me fue envolviendo, y, bolero a bolero, todo lo que había alrededor se desvaneció hasta que sólo quedamos usted y yo: usted cantando para mí y yo, con los sentidos embriagados, atado ya para siempre a sus caprichos. A partir de entonces, cada día me cantó un bolero distinto, y cada uno se materializó para mí hasta conducirme al delirio. Usted decía “voy a apagar la luz para pensar en ti, y así dejar volar a mi imaginación…”, y la sola insinuación de la locura que usted estaba lejos de sentir me volvía loco a mí. Usted cantaba “tus ojos, que son mi alegría, tus ojos, que son mi esperanza; por ellos mi alma suspira en tierno arrullo, arrullo de amor…” y yo creí que moriría si usted dejaba de mirarme. No le importó el hecho de que soy diez años más joven que usted, no le importaron mi esposa ni mis hijos; le bastaba con susurrarme “dormir contigo es el camino más directo al Paraíso…” para disolver mis dudas como azúcar en el agua, y el último año de mi vida lo he perdido amándola como un demente. Hasta el día en que usted volvió a enfundarse su vestido, negro como mi suerte, y las estrellas, que celosas nos miraron pasar la noche que usted me quiso, brillaron burlándose de mí, porque el parpadeo de sus ojos morenos se dirigió a embrujar un corazón más joven. “No es falta de cariño, te quiero con el alma. Te juro que te adoro, y en nombre de este amor, y por tu bien, te digo adiós…”, y mientras usted me cantaba el último bolero que iba a asesinar mi pasión, ya tenía en sus manos al próximo cordero a degollar, que la miraba con el mismo amor febril que yo.
No he vuelto a verla a usted después de que dejara mi vida convertida en un blues, desgarrado, oscuro y triste. Mientras trato de coser poco a poco los jirones de mi alma para recomponer la dignidad que he perdido, no dejo de pensar que en el camino de su vida habrá dejado a muchos otros pobres infelices en el mismo estado lamentable en que me he quedado yo. Y a pesar de todo lo que he sufrido para limpiar el pecado que cometí al amarla, únicamente le deseo a usted que algún día llegue a enamorarse. Sí, ojalá usted se enamore como una loca, que cada fibra de su cuerpo y su mente clamen por el cariño de alguien. Y a Dios le ruego con todas mis fuerzas que ese alguien la abandone y la desprecie después de dejarle probar el Cielo. Quizá ese día usted cambie su repertorio y ya nunca más cante hermosos boleros, sino amargos tangos compuestos por la pena, el alcohol y un dolor intenso del que no pueda librarse. Si cada uno de los títeres que ha dejado, como a mí, rotos después de satisfacer su vanidad, le compusiéramos una canción de desamor, no le alcanzaría el resto de la vida para cantarlas todas; aquí le dejo la mía, por si llega la ocasión:

“Después de haber bebido juventudes como tragos de tequila,
después de devorar vidas enteras, convertirlas en cenizas,
y esparcirlas luego al viento mientras finges tu tristeza de mentiras,
yo no espero ni deseo que ese mal hoy me lo pagues con tu vida.
Sólo quiero que ames mucho; vende el alma, como te vendí la mía,
y que el otro te desprecie, y que sientas cuán intensa es la agonía
de este amante desgraciado que en un roce de tus labios se moría.”

Ya ve, mi desdicha me ha convertido en poeta. ¿Y a usted, en qué la ha convertido? Ojalá mi carta le haga pensar en ello; mientras tanto, yo seguiré intentando volver a ser un hombre de nuevo en lugar del animal maltratado en que usted me convirtió.

Que le vaya bonito, Señora.




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