martes, 19 de julio de 2011

COMPONIENDO


             El compositor, sentado frente a su piano, se sentía vacío. Le habían encargado que compusiera una canción nueva, pero aquella semana las musas se habían ido de excursión, los astros le volvieron la espalda y la bendita inspiración debía estar mirando hacia otro lado. Tocaba una serie de acordes, los escribía, se entusiasmaba, los volvía a tocar, maldecía, los tachaba... así llevaba ya seis días.
            Se preguntó dónde estaba la creatividad que le llevaba manteniendo a flote como músico desde temprana edad. ¿Por qué no lograba una melodía con alma, como las otras veces? Había hecho las cosas del modo acostumbrado: se había preparado una copa, la luz entraba a raudales en la habitación, el piano estaba afinado, olía a las rosas recién cortadas que había colocado en un jarrón junto a él... había cumplido con todos sus rituales de siempre, pero no lograba nada. Las partituras arrugadas llenaban la papelera y sus alrededores como pequeñas bolas de frustración. Como su ánimo: por los suelos.
            Quizá era hora de cambiar de procedimiento. Tal vez convenía escribir primero la letra y después la música. Lo intentó, pero no pudo: en él la música venía sola, y luego era ella la que tomaba vida propia y le contaba al oído su historia. Ella hacía la letra. Si no conseguía crear la melodía, no habría canción.
            Dejó vagar la vista sin rumbo a través de los cristales de la ventana. Desde aquel ático luminoso se dominaban las terrazas de todo el barrio. Podía ver la ropa tendida, las antenas de televisión, las nubes que mansamente surcaban el cielo empujadas por la brisa, las golondrinas que volaban, ágiles y juguetonas, haciendo quiebros de un tejado a otro. Frente a su ventana, un tendido de cables negros de la luz cruzaba de un poste a otro para alimentar de energía varias manzanas de casas. Contó los cables: cinco líneas, horizontales y paralelas. “Vaya, curioso pentagrama”, pensó.
            Continuó mirando por la ventana, y la vista se le iba contínuamente a aquel trozo de tendido eléctrico. Reparó en que el viento había enredado en los soportes de cerámica, en el poste de la izquierda, un jirón de tela oscura procedente de alguna terraza cercana, que se enroscaba en los cables formando algo parecido a una clave de sol. Se echó a reír, apuró su copa y dejó la tarea para otro rato. Quizá la tarde fuera mejor momento, y la inspiración decidiese hacer su aparición para echarle una mano.
            Al atardecer se preparó otra copa, levantó la tapa del piano, cambió el agua a las rosas del jarrón y se sentó en el taburete, frente al teclado. Se sentía inútil. Junto a él, una nueva partitura en blanco. Dibujó una clave de sol en el arranque del primer pentagrama, y no supo cómo seguir. Su ánimo triste le decía: “pon un tono menor en la armadura”, pero se resistía a hacerlo. No quería condicionar la canción por un pesimismo pasajero. Sus ojos volvieron a los cables de la luz.
            Una golondrina traviesa revoloteaba frente a la ventana. De pronto, se posó en el alféizar y comenzó a picotear el cristal, reclamando la atención del compositor. Éste, sorprendido, fue a buscar unas migas de pan para el animal, que lanzó un sonoro trino de agradecimiento. Casi al instante, una bandada entera de pájaros, blanquinegros y ágiles, tomó posiciones sobre los cinco cables. El compositor sonrió: parecían notas sobre el pentagrama. Intentó solfear la melodía que parecían dibujar, pero no tenía sentido. Sólo había pájaros sobre el Mi, el Sol, el Si, el Re y el Fa. No había notas intermedias, los espacios interlineales estaban vacíos. Lo que vio a continuación le dejó pasmado.
            Anochecía, y una bandada de murciélagos salió de su escondrijo oscuro en el cuarto de máquinas del ascensor. Sabía que vivían allí porque el técnico que  revisaba el viejo elevador se lo había dicho, pero no había querido expulsarlos, para disgusto de la portera, que les tenía miedo. Por el contrario, a él los murciélagos le resultaban simpáticos. Volaron en círculos unos instantes, y se colgaron boca abajo de los cables, mezclándose con las golondrinas. Ellos eran las notas intermedias: Re, Fa, La, Do, Mi. Aún incrédulo, solfeó toda la frase. Aquella melodía era extraña, mágica. La escribió en su partitura.
            Pasados unos instantes, abrió la ventana y tocó en el piano lo que había escrito. Cuando levantó la vista, todos los alados, golondrinas y murciélagos, revoloteaban frente a él. Volvieron a posarse. Segunda frase de la melodía. El compositor la anotó, y tocó las dos frases seguidas.
            Antes de que la noche lo invadiese todo, los pájaros ya le habían regalado la canción completa. No sólo tenía alma, sino también una magia atrayente y poderosa. Pasó varias horas trabajando en ella, dotándola de ritmo y acordes, enriqueciéndola. Después, agotado, se acostó.
            Por la mañana se despertó tranquilo. Había dormido bien por primera vez en muchos días. Un grupo de tórtolas le miraban desde el alféizar de la ventana, zureando entre ellas con su murmullo característico: parecían un grupo de muchachas conversando, como buenas amigas. Se quedó un rato escuchándolas. Ellas le dieron la letra de la canción contándole cómo era la vida vista desde los tejados de la ciudad, allí donde flotan los deseos de los hombres y se escuchan los sueños de los niños y los suspiros de los amantes.
            Nunca más necesitó la ayuda de los pájaros y los murciélagos para componer. Su “Canción Alada” le abrió todas las puertas, y las musas acudieron a su lado siempre que las convocó poniendo rosas recién cortadas en un jarrón junto al piano. El alero de su buhardilla continuó lleno de nidos de golondrina, que volvían allí año tras año, y los ratones alados siguieron viviendo en el cuarto de máquinas del ascensor, ante el disgusto de la portera. Se negó a mudarse a una casa más grande, no necesitaba irse de su pequeña vivienda, porque era una atalaya desde la que la ciudad y la naturaleza le contaban sus secretos cada día, como una fuente de inspiración inagotable. ¿Por qué marcharse? Aquellas paredes, las vigas del tejado, todo en aquel lugar estaba impregnado de su música. Su mundo era perfecto desde allí, y nada puede mejorar lo que ya es perfecto.
           

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