miércoles, 20 de julio de 2011

EL CALOR DE UN ABRAZO


 Se me quedó prendido al pecho un abrazo que di una vez. Él era como un castillo, gigante, robusto. Tenía la cara llena de pelo con un bigote, barba y cejas pobladísimas, y una mata de cabello entrecano de las que causan envidia. Su aspecto, junto con su voz de trueno, hacía que los niños pequeños sintiesen miedo. Miedo que se desvanecía al instante cuando los llenaba de cosquillas, risas y besos, porque no había cosa que más le llamase la atención que un niño pequeño.
Pepe era todo franqueza, y tenía un corazón grande en el que cabía todo el mundo. A mí me gustaba saludarle con un abrazo cuando nos veíamos; en realidad me gusta abrazar a los que considero mis amigos, a los que realmente quiero y en los que confío, y él era de esos. Recuerdo mi primera ofrenda desfilando cogida de su brazo, vestida con un traje de su mujer que caminaba delante de nosotros, orgullosa madre del brazo de su hijo. Recuerdo una paella en la playa, sentado frente a mí y con mi marido al lado, una tarde de domingo y risas. Y recuerdo el calor de su abrazo de gran amigo cuando todos nos despedimos al caer el sol. Sólo cuatro días después de aquel abrazo le perdimos, tenía tanto amor y generosidad en el corazón que ya no le cabían, y, como un globo cuando un niño lo hincha demasiado, se le rompió.
Anoche vino a verme, y me desperté con el calor de aquel abrazo. Pepe me enseñó que no hay que perder la ocasión de abrazar fuerte a las personas a las que queremos.

1 comentario:

  1. ufff impresionantes tus palabras, espero que esos abrazos nocturnos de Pepe te duren eternamente, porque si algo nos quedan cuando se marchan es eso, esos abrazos cálidos que nos han dado. preciosas palabras, como siempre!

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