domingo, 17 de julio de 2011

EL COFRE DE LAS PRIMERAS COSAS


Cuando nació mi hija mayor, a la que puse nombre de pájaro para que siempre fuera libre, compré un cofrecito. A medida que le iban ocurriendo cosas, iba guardando en el cofre los testigos de esos pasos: salió del hospital y guardé la pulsera de su tobillo, el primer body y los primeros zapatitos que le puse. Se le cayó el ombligo y guardé la pinza. Le colocaron los pendientes, y guardé los primeros. Le corté el pelo y me quedé con los mechones en una cajita. Es el "cofre de las primeras cosas". En él están también su primer babero, la cuchara de las primeras papillas, el primer chupete y la vela de su primer cumpleaños. Hay un frasquito con sus dientes de leche y algunas cosas más.
Quise meter también en él el primer beso que le di a su cabecita ensangrentada, nada más salir de mi cuerpo. También intenté atrapar la luz de su primer amanecer, cuando el sol se asomó a conocerla por la ventana del hospital. No pude guardar esas dos cosas, ni tampoco su primera noche en el mundo, que pasó tumbada sobre el pecho de su padre escuchando su corazón generoso, ni el inmenso amor que sentimos por ella antes siquiera de verle la cara.
Hay cosas para las que no existe más cofre que nuestra propia alma. Tengo suerte, la mía está llena de recuerdos hermosos.

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