domingo, 24 de julio de 2011

EL COLECCIONISTA DE PENDIENTES

            Amadeo era un hombre atractivo. Alto, moreno, siempre impecablemente peinado, con una estudiada barba de tres días, vestido a la moda... Siempre se supo guapo, y se cuidaba para seguir siéndolo. Sin embargo, nunca tuvo una pareja estable. Reconocía ser el hombre más maniático del mundo, y sabía que le sería imposible vivir con nadie, porque sus manías lo impedirían.
            De todos modos, eso no hacía que Amadeo renunciase al amor, y lo buscaba continuamente, aunque entendido a su manera: encuentros fugaces, relaciones cortas, despedidas sin dolor. No guardaba fotos de sus ocasionales parejas, no les hacía regalos ni los recibía de ellas, pero siempre procuraba arreglárselas para quedarse con un pequeño “souvenir” que le permitiese no olvidar a aquellas mujeres que pasaron por su vida: les robaba un pendiente.
            Desde que era pequeño, Amadeo había sentido especial fascinación por este elemento del aderezo femenino; por la misma razón despreciaba a aquellos hombres que adoptaban la costumbre de ponerse pendientes en las orejas, y, cuando empezaron a verse en las estrellas del fútbol y del cine, y las madres comenzaron a ponérselos a sus hijos varones desde temprana edad, se sintió descolocado, como un bicho raro.
            Se fijaba antes en los pendientes de una mujer que en sus ojos, en su pelo o en su sonrisa, y tenía la firme convicción de que se podía conocer a una chica sólo mirando los zarcillos que colgaban de sus orejas. Por eso, con el tiempo, cuando salía por las noches buscando esos retazos de amor de los que se alimentaba, uno de los criterios más certeros de los que se valía a la hora de decidirse a entablar conversación con alguna dama era que llevase unos pendientes que le pareciesen aceptables.
            Amadeo distinguía a las románticas por llevar pequeñas joyas de apariencia antigua, posiblemente heredadas de alguna mujer de su familia, o regaladas por algún viejo amor. También sabía qué mujeres eran “animales de oficina”, adictas al trabajo que solían ponerse pequeñísimos pendientes o sencillas perlas que pasasen desapercibidas. Desde lejos reconocía a las soñadoras, habitualmente por unos pendientes largos y llenos de colgantes y piedrecillas, que se enredaban con los mechones de sus cabelleras sueltas, o con los que juguetear distraídas durante la conversación. Solía jugar a adivinar cuáles, de todas las mujeres presentes en una cafetería o un local de copas, eran casadas, reconociéndolas por sus pendientes, de escaso tamaño, y habitualmente de piedras caras, de calidad, montadas sobre oro, regalo de sus maridos. A las bohemias, con grandes aros de bisutería, o con colgantes de extrañas figuras hechas mezclando materiales “alternativos” y metales de escasa nobleza con piedras sin valor, las veía venir desde lejos, así como a las esclavas de la moda, que siempre lucían algo parecido a lo que llevase la estrella televisiva o la top model del momento. Lo que sí tenía claro era una cosa: ninguna mujer se pone unos pendientes que no le gustan, ni siquiera cuando se disfraza de lo que no es, y por eso eran para él una manera certera de saber cómo era la chica a la que pensaba invitar a su casa esa noche. Después de un par de copas, planteaba sin rodeos su pretensión: pasar una noche tierna y divertida, o un fin de semana relajado y lleno de sexo y risas. Y nada más. No solía tener excesivos problemas en que su propuesta fuese aceptada, el mundo estaba lleno de mujeres solas que no deseaban dejar de estarlo, pero sin renunciar a destellos fugaces de amor que las hiciese mantener la ilusión de ser amadas sin comprometer su independencia. Nunca le propuso nada a ninguna mujer casada, porque aunque la boca de ésta dijera “no tengo marido”, sus pendientes lo desmentían, y Amadeo no quería problemas. Y al final, antes de despedirse de las que aceptaron sus caricias, cometía su “pequeña travesura”, les robaba un zarcillo, que pasaba a formar parte de su colección particular.
            Como buen coleccionista, Amadeo tenía todas esas pequeñas joyas ordenadas, clasificadas y etiquetadas, pero no por fechas, colores o tamaños, sino por intensidades. En un cajón tenía los pendientes de aquellas mujeres que no dejaron ninguna huella en él. De esas chicas no recordaba ni siquiera el nombre. Era la caja más grande, la que más piezas tenía. En otra, atesoraba las joyas de aquellas que despertaron en él la chispa de la ternura. En una, alargada y de madera de caoba, conservaba los pendientes de aquellas que no quisiera volver a encontrarse jamás en su camino, y en otra los de un puñado de chicas con las que casi alcanzó el cielo.
            Había una quinta caja, muy pequeña, en la que una joya reinaba en solitario. Era el pendiente de la única mujer de la que Amadeo se enamoró. Por ella lo hubiese dejado todo. Incluso hubiera muerto contento, si ella se lo hubiera pedido. Fue la única que pudo engañarle.
            Había conocido a aquella mujer en una popular discoteca. Llevaba unos pendientes de cristales de Swarovsky y plata, con un elemento colgante que se movía al ritmo de sus pasos de gacela. “Soltera o divorciada”, pensó Amadeo. Entabló conversación con ella, tomaron unas copas, rieron, bailaron... Vieron el amanecer abrazados sobre la arena de la playa. Había en ella algo irresistible, cuando le miraba a los ojos le hacía sentirse desnudo. Estaba de vacaciones, y no salieron de la habitación de su hotel en todo el resto del fin de semana. Se empapó de su piel, del olor de su pelo y de su profunda mirada, de tal manera y hasta tal punto que se vio a sí mismo rogando por un número de teléfono para volverla a ver. Ella dijo no.
            Dos días después, con el pendiente de Swarovsky y plata en el bolsillo interior de la chaqueta, la vio en la televisión, acompañando a su marido, el director de una conocida multinacional, en una entrega de no sé qué premios. Lucía unas espectaculares esmeraldas montadas sobre oro amarillo en sus delicadas orejas, en los mismos irresistibles lóbulos que había besado hasta la saciedad durante el fin de semana. Se sintió manipulado, engañado. Una de sus teorías se había hecho pedazos, y quería saber por qué. ¿Por qué una mujer como aquella, casada y con ese nivel adquisitivo, usaba unos pendientes baratos? ¿Ya ni siquiera se podía confiar en algo tan íntimo, tan personal como los pendientes de una mujer?
            La buscó discretamente, para no comprometerla. Sin rodeos, le preguntó. La respuesta, de una lógica aplastante, le reveló a una mujer compleja, tan parecida a él como si fuese un espejo de sí mismo.
            “Por su posición social, mi marido necesita estar casado. Somos matrimonio en la vida pública, a él le beneficia y a mí también. En el ámbito privado, cada uno hace su vida. Perdí un diamante en la cama de un hotel de la costa azul, y tuve que pagar por el silencio de aquel imbécil. No me volverá a ocurrir”.
            La segunda cita suele romper la magia que se creó en la primera. Amadeo lo sabía, y ella también, pero aún así se concedieron esa noche. Al amanecer el embrujo estaba roto, y ni siquiera se miraron.
           

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