martes, 19 de julio de 2011

EL EFECTO LAÚD


            Desde que era una niña, recuerdo el laúd de mi madre guardado en una estantería, envuelto en una sábana. Lo compró cuando tenía dieciséis años, para tocar en una rondalla. Un par de años después dejó la música, y ya nunca más lo usó. Estaba mudo, desafinado, con las cuerdas oxidadas. Yo lo cogía de vez en cuando y lo rascaba, sonaba a rayos, pero a mí me gustaba hacer ruido con él. El averiguar cómo se podía producir música con aquello era para mí un gran misterio por desentrañar.
            Varios años después, al llegar al instituto, alguien me enseñó a tocarlo. Mi viejo maestro me indicó cómo cambiarle las cuerdas, cómo afinarlo... tardé en conseguirlo, pero al fin lo hice cantar. Entré en un grupo, luego en una orquesta, después en otro grupo. Tocar ese instrumento me llevó a muchos sitios: Francia, Portugal, Alemania, Italia... Me ha proporcionado tantas experiencias y buenos ratos que creo que sin él nunca hubiera llegado a ser la persona que soy. Y gracias a él conocí a otro músico de cuerda que resultó ser la mitad de mí misma.
            Ese laúd que ahora, viejo y rajado, duerme el sueño de los justos en un armario de mi casa, determinó para siempre mi vida. Por eso, aunque ya no suene, no podría deshacerme de él: su madera y la mía son la misma. Canté mucho con sus cuerdas, y él cantó mucho con mis manos; ese vínculo me recuerda cada día que el “efecto mariposa” del que tanto se ha hablado y escrito es, en mi caso, el “efecto laúd”.

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