miércoles, 13 de julio de 2011

EL TRAGUS

            Ayer, por casualidad, oí a una chica comentar algo acerca de un piercing en el tragus. Siempre he dicho, y me reafirmo, eso de “A Dios pongo por testigo de que jamás me haré un piercing”, pero después pensé: “el tragus, el tragus... ¿Qué narices será eso? ¿Andandará? ¿Yo tendré de eso, o solamente lo tienen las jóvenes?” Al principio me imaginé algo así como una pareja de novios a la antigua, el momento en que él dice: “Cariño, déjame que te toque el tragus”, a lo que ella, azorada, contesta “No, tonto, ten paciencia y espera a que nos casemos”. Pero no, no era probable que fuera algo de eso. Repasé todo lo que podía sonar remotamente a “tragus”: “Vámonos por ahí a tomar unos “tragus”, que estoy seca”. No me sirve. En los bosques de Cantabria hay unos duendes a los que llaman “trasgus”. Tampoco será eso. “Con-tragus-tos no hay nada escrito”. Qué va, no puede ser. Vale, pues si no tiene que ver con el sexo, ni con el alcohol, ni con el refranero, ni con la mitología cántabra... me rindo.
            Pronto llegó la aclaración, vía “San Google”: ¡es una parte del pabellón auricular! Sí, ese salientillo que tenemos justo al lado del “bujero” de la “bureja”, que si lo empujas te lo tapa. Y he tenido que cumplir casi cuarenta años para saber que tengo dos tragus, uno a la izquierda y otro a la derecha.
            Veréis qué contento se pone mi costillo cuando se lo cuente. Ahora me va a poder decir eso de “amor, qué tragus tan bonitos tienes”. Pues ilusión me hace, oigan.

3 comentarios:

  1. Ah, pues no sabía que se refería a la zona de la ternilla esa de la oreja. Creía que se llamaba así el pendiente ahí puesto. ¡Qué cosas!

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    1. Je, je, ya ves, compañero: a nuestras edades y aún descubriendo partes del cuerpo serrano que no sabíamos que tenían nombre... ¡Un abrazo!

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