miércoles, 20 de julio de 2011

HACIENDO MUÑECAS


         Irene, la fabricante de muñecas, recibió un día un curioso encargo. Ella, que llevaba años trasladando al fieltro con el que trabajaba la imagen de personas reales, que trataba de que sus muñecas fuesen un espejo de quienes las iban a recibir, esta vez tenía que hacer algo distinto. El correo que había recibido lo explicaba todo con gran claridad.
            “Señorita Irene: quiero que realice para mí un trabajo muy especial. Voy a pedirle a una chica que se case conmigo. No es mi novia, y ni siquiera me mira cuando estamos juntos en clase de cocina, pero sé que esa mujer está destinada a ser mi esposa, y quiero intentar que me acepte. No tengo fotos suyas para que le sirvan de modelo, pero puedo decirle que es bajita y morena. También está bastante gordita y tiene accesos de acné que hacen que a veces camine sin atreverse casi a levantar la cabeza. Lleva gruesas gafas de miope sobre unos hermosos ojos negros, y se muerde las uñas. Está llena de complejos, cree que es la mujer más fea del mundo y que nadie sería capaz de quererla, está muy sola, y sin embargo yo la encuentro guapísima. Es ocurrente y graciosa, trabaja con la comida de una manera fantástica, es la mejor alumna de la escuela. El gorro de cocinera le sienta fenomenal, tiene una sonrisa que me hace soñar, y cuando la veo reír soy tan feliz que la abrazaría, pero no me atrevo.
            Quiero intentar demostrarle que para mí es la más bonita de las mujeres, que me encantaría pasar con ella el resto de mi vida, y por eso quiero que fabrique usted para mí un broche especial”.
A continuación le daba las instrucciones de cómo debían ser las muñecas que le quería regalar. Irene leyó una y otra vez todos los datos, se metió en su taller, salió a comprar algunas cosas que pensó podían mejorar el encargo, dibujó, cortó, cosió, pegó... Contenta del resultado, envió las dos pequeñas muñecas con su imperdible detrás, para que la destinataria pudiese lucirlas prendidas a su ropa. Para sus adentros, deseó que su trabajo sirviese a los fines para los que se lo encargaron: que esa mujer se diese cuenta de que, aunque ella se viese poco atractiva, era maravillosa para alguien. Por eso había hecho una linda princesa morena, vestida de gala, con sus gafitas y su corona. Puso en una de sus manos un cucharón, y le colocó una banda en la que, por expreso deseo del cliente, había bordado la siguiente leyenda: “S.A.R. (su Alteza Real) Dª Teresa de Sánchez y Valiente”. Ella se llamaba, obviamente, Teresa Sánchez. El Valiente era el apellido de él. Y para el chico preparó un sapito, con gorro de cocinero, sonrisa de enamorado y una banda cruzada sobre su pecho, en la que se podía leer: “soy feo, pero te quiero”.
Puso en esas muñecas tanto cariño y tanta gracia como en todos los anteriores encargos que había recibido, pero este estaba además tan lleno de esperanzas que brillaba de una manera distinta.
Poco tiempo después recibió un nuevo encargo. El correo decía así:
“Señorita Irene: Quiero que haga una nueva muñequita. Vístala de hada madrina, póngale una varita mágica en la mano, y que la cara, el pelo y los ojos sean los suyos, señorita Irene. Y llévela prendida en su solapa con el orgullo de saber que para nosotros, y seguramente para muchas más personas, tiene usted una magia especial que sirve para que los demás sean felices”.
Irene imaginó que la princesita y el sapo habían conseguido unir a la pareja, y se sintió feliz. E hizo aquel hada madrina para ponerla en su taller y recordar cada día que fabricar ilusiones para los demás es un trabajo importante
           
           

3 comentarios:

  1. Preciosa historia, como siempre! ayyyy que tierna estoy... me encanta!

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  2. Felicidades Susana, sabemos que Irene estará super orgullosa de haber unido a esta fantástica pareja con su trabajo, preciosa historia, nos has emocionado.

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  3. esta historieta si que es bonita, preciosa de verdad!!!
    un abrazo...

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