lunes, 25 de julio de 2011

HERMELINDA

            No supe su nombre de verdad casi hasta que no cumplí los diez años, porque nadie la llamaba Hermelinda, sino Lina. Era rechoncheta y bajita, llevaba gafas y habitualmente tenía las piernas y los pies hinchados, porque su corazón estaba siempre tan ocupado repartiendo amor a manos llenas que a veces se le olvidaba que tenía que bombear bien la sangre por todo su cuerpo.
            Nunca me regañó por nada, era demasiado buena como para eso. No guardo ningún recuerdo amargo que se relacione con ella, y hasta creo que su pelo era tan blanco porque absorbía las preocupaciones de los demás para evitar que nadie estuviese triste. Los primeros tangos que aprendí salieron de su boca, y a nadie le he oído cantar “Malena” con tanta gracia. Sin embargo, fuera de las paredes de su casa jamás la oí cantar ni una sola nota, aunque dentro de ella pareciese un pájaro. Villancicos, antiguos romances, tangos, cancioncillas populares… Recuerdo las horas de la siesta, en el pueblo, cuando los tres o cuatro nietos más pequeños nos metíamos con ella en su cama para que nos contase cuentos. Siempre nos contaba los mismos, pero lo mejor no era lo que decía, sino cómo lo decía: sus gestos, los ojos risueños, las voces de los personajes… todo un teatro en un solo rostro.
            Recuerdo haberla ayudado a veces en la cocina, haciendo roscas de anís o teresitas, rebozadas en azúcar y canela. Su piel blanca siempre olía a leche y a especias dulces, a merienda infantil y a tardes de domingo.
            Un día, de repente, su cerebro se quedó en blanco. Una trombosis tuvo la culpa, y la dejó como una niña pequeña. Tuvo que aprender todo desde cero: hablar, cocinar, desenvolverse… pero era una mujer tenaz, acostumbrada a los problemas y al trabajo duro, y consiguió salir adelante, a pesar de que ya no era la misma.
            No haber pasado más tiempo a su lado es una de las cosas que me reprocharé siempre a mí misma, pero yo estaba demasiado ocupada creciendo; vivía a trescientos kilómetros de mí, pero casi nunca me acordaba de llamarla, o casi nunca estaba en casa cuando mis padres lo hacían. Siempre fue una mujer con gran capacidad de aguante para el sufrimiento: crió cinco hijos en posguerra, y en aquel entonces el médico era un lujo fuera del alcance de los pobres. Tenía la espalda hecha una “ese” de tantos canastos de ropa que transportó en la cabeza para lavarlos en el río, de tantas espuertas de carbón acarreadas para la cocina, de tanto bregar con la vida, y casi nunca se quejaba de dolor. Por eso, cuando dijo “me duele el estómago” era porque ya llevaba meses aguantando. Para entonces, el cáncer había reducido su páncreas a cenizas, y sólo le quedaban unas semanas de padecimiento y morfina para dejarnos huérfanos a todos. Aún recuerdo que, ya con el diagnóstico en la mano y el catéter para las drogas instalado en su cuerpo, cuando se marchó de mi casa para la suya aún me hizo reír, como solía, quitándose la dentadura postiza para enseñarme su risa de bebé desdentado y la carcajada muda de los dientes en su mano izquierda, castañeteando entre sus dedos. Ya sólo la volví a ver dos veces, delirando sumida en el sopor artificial de los fármacos. Hubiera querido quedarme a su lado, cantarle sus tangos y sus romances, pero ella ya sólo pedía dormir.
            Mi abuela Lina me enseñó dos cosas muy importantes, que no olvidaré nunca y que trataré de enseñarles a mis hijas. La primera es que una madre que reparte amor es lo que mantiene unida a una familia, por grande que ésta sea. Y lo segundo es que no se puede desaprovechar ninguna oportunidad de decir “te quiero” y de dar un beso a alguien a quien amas, sea amigo, pareja o pariente: la vida es demasiado corta y tiene la mala costumbre de arrebatarnos a nuestros apoyos sin previo aviso. Los quince años que tuve el honor de ser nieta de Hermelinda no supe aprovecharlos para hacerla más feliz. No quisiera volver a cometer ese error.

No hay comentarios:

Publicar un comentario