jueves, 28 de julio de 2011

LA ALONDRA ENCANTADORA

            La naturaleza es caprichosa. De vez en cuando dota a alguno de sus seres de cualidades que hacen que destaque sobre el resto de los de su especie, y ese es el caso de la protagonista de esta historia.
            Una alondra, como todos sabéis, es un pájaro. Las alondras son pequeñas, y se distinguen entre las aves por su melodioso canto, uno de los más hermosos del reino animal. No destacan por su plumaje y sus colores, como los loros y papagayos, ni por la majestuosidad de su vuelo, como las águilas, ni por su envergadura, como los cóndores. Las alondras sobresalen entre el resto de seres alados por ser capaces de cantar incluso mientras están volando.
            Nuestra alondra encantadora nació en una isla. Era pequeñita y de plumaje pálido y rubio, tenía unos enormes ojos que reían continuamente, y pronto se dio cuenta de algo muy extraño: cuando ella cantaba, las demás alondras callaban para escucharla. Su canto era tan dulce, tan lleno de armonía y belleza, tan cargado de sentimientos que nadie podía quedarse indiferente al escucharlo.
            Pronto reparó también en que había muchos otros pájaros llenos de melodías en el mismo bosque en que ella había nacido: canarios, jilgueros y verderones revoloteaban entre los árboles vecinos, pero a pesar de ser también afamados cantores, ninguno de ellos era capaz de igualar a nuestra alondra.
            En el límite del bosque vivía una familia humana. Los padres trabajaban, y los hermanos mayores acudían a la escuela, pero el pequeño de la casa se quedaba todo el día por los alrededores. No era un niño normal. Era lo que algunos humanos llaman un “discapacitado intelectual”, una persona diferente con otras necesidades, otras capacidades, otros límites distintos que el resto de humanos. Su disposición para el amor y la risa eran infinitos, y sin embargo vivía apartado de los demás chicos. La alondra tomó la costumbre de visitarlo con frecuencia, posándose en una rama cercana al lugar en donde él se sentaba a mirar el cielo, y cantaba lo mejor que sabía, sólo a cambio de la sonrisa de aquel muchacho. El pájaro, inteligente e intuitivo, se dio cuenta enseguida de que su canto beneficiaba al niño, pero también de que si no atraía de alguna forma la atención de los mayores sobre él, nadie se entretendría en enseñarle a valerse por sí solo. Por eso ideó un plan.
            A la mañana siguiente madrugó más que el sol, y se fue a posar en la ventana de la casa. Los padres y hermanos del niño se despertaron al escuchar aquel canto, asombrados por su belleza. Luego echó a volar hasta posarse sobre la cabeza del chiquillo, que sonreía feliz; hinchó sus pulmones, abrió su pico y cantó… ¡igual que un canario! Sorprendidos, los padres del niño comentaron lo que habían visto entre los vecinos del pueblo cercano.
            Al día siguiente la escena se repitió, pero en lugar de cantar como un canario, lo hizo como el más dulce de los jilgueros. La simpática alondra había aprendido a cantar como las otras clases de pájaros porque, como ya he dicho, era un ser absolutamente especial.
            En pocos días toda la isla sabía de la existencia de un pájaro extraordinario que podía cantar como cualquier ave canora conocida o por conocer, pero que sólo lo hacía posada en la cabeza o en el hombro de un niño retrasado. Hasta la casa junto al bosque llegaron muchos entendidos en pájaros tratando de estudiar el fenómeno, pero ella no se dejaba coger: únicamente se acercaba al niño, porque sabía que jamás le haría daño, y porque su intención era que se fijasen en él.
            Un día llegó al pueblo, atraído por la fama de la alondra, un experto en aves venido de la capital. Junto a él venía un joven, su hermano y ayudante, que tomaba notas y fotografías de todo lo que él le iba indicando. La alondra acudió a su cita diaria, y cantó como nunca lo había hecho, porque intuía que pronto iba a conseguir su objetivo. El ornitólogo grabó su canto durante un rato, y después le preguntó al chico su nombre. Él no respondió: a pesar de su edad aún no sabía hablar. Nadie se había entretenido en enseñarle, era un retrasado, un tonto. Pero el ornitólogo reconoció en sus ojos, en sus manos y en sus rasgos el mismo problema genético que presentaba su propio hermano cuando era niño. Preguntó a los padres que, ignorantes, siempre pensaron que el chico no servía para nada, que era un castigo de Dios, una carga. Esa misma tarde, aquel estudioso de los pájaros se llevó al muchacho a una escuela en la ciudad, la misma en la que había estudiado el que ahora era su ayudante y mano derecha.
            La alondra, contentísima, cantó sin parar durante varios días, hasta que reparó en que echaba terriblemente de menos a su amigo humano, y supuso que a él le estaría ocurriendo lo mismo. Por eso emprendió el vuelo hasta la capital, y buscó el colegio en el que ahora vivía el niño. Desde entonces ella vive también allí, en uno de los árboles del jardín. Canta y canta para esos chicos, les ayuda a expresarse cantando con ellos, y con su dulzura les enseña a sentirse mejor, a saberse queridos, a valorarse y a sonreír. Esa alondra en-cantadora y maravillosa me envía de vez en cuando un abrazo a través de Facebook porque tiene tanto cariño y tanta música en su pequeño cuerpo que le sobra para repartir. Se llama Goretti Benítez, y si aún no la habéis oído cantar, estoy segura de que lo haréis muy pronto. Todo se ve distinto, más bonito, cuando sus trinos llenan el aire.

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