viernes, 15 de julio de 2011

LA CANCIÓN


            La primera vez que oyó aquella canción se quedó clavada al asiento. Era de noche, el cantante sobre el escenario comenzó a desgranarla con cuidado, como si fuera una nana para dormir a un niño. Luego fue subiendo de intensidad hasta convertirla en algo poderoso, envolvente y mágico. La melodía, la letra, la voz, se le colaron dentro del cuerpo como si de una extraña enfermedad se tratase, y al perderse en el aire los últimos compases de aquella maravillosa canción se quedó sentada, con la boca seca, el corazón al galope, el estómago al revés, las piernas temblando, y la palabra en algún lugar remoto al que no era capaz de llegar. No conocía al cantante, no sabía el título. Sólo sabía que era la canción de su vida.
            Buscó durante meses en todos los sitios que se le ocurrieron, pero no encontró ninguna grabación de ese tema. Se volvió loca llamando a las emisoras de radio, preguntando si alguien conocía al intérprete, pero fue imposible localizarlo. Empezó a creer que todo aquello lo había soñado, que esa canción no existía y jamás fue cantada por nadie. Desolada, abandonó la búsqueda.
            La canción salió a su encuentro varios años después. La cantaba el mismo hombre, con la misma delicadeza, la misma intensidad, la misma magia. Y por segunda vez sintió el cosquilleo, la emoción. No podía perder esa chispa, dejó su copa y se dirigió al cantante.
            – ¿Por qué sólo me siento así cuando escucho esa canción?
            – Porque la escribí sólo para que tú la escuchases. El resto del mundo la oye, pero para ellos sólo es una canción más.
            Se asomó a sus ojos verdes y se perdió en ellos. Y le cantó su canción al oído todos los días del resto de su vida.
           

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