miércoles, 6 de julio de 2011

LA HERMOSA MUJER DE LOS LABIOS DE COBRE


 Todo el mundo piensa que el oficio de camarero no tiene nada de especial. Sirves copas, atiendes al público, echas del bar a los borrachos, te acuestas tarde, y poco más. Y sin embargo, mi profesión me metió una vez en el más extraño lío que se pueda imaginar.
En una ocasión me contrataron para servir en una fiesta privada, que se iba a celebrar con motivo de no sé qué exposición internacional. Ya se sabe, gente elegante, mujeres estupendas, coches de lujo y entrada restringida. Por allí andaba yo, con mi uniforme impecable y los guantes blancos de las grandes ocasiones, recogiendo copas vacías de las mesitas que había repartidas por el jardín. Nada destacable en principio. Y de pronto, todo cambió. Sobre el mármol de una de las mesas, en una copa de cava casi vacía, había unos labios marcados. La mayoría de las copas de una fiesta quedan manchadas de carmín, eso es obvio, no me refiero a la huella brillante de un labio inferior en el borde. Me refiero a un beso completo en mitad de una copa, perfectamente delineado, de un cálido color cobrizo, jugoso e insinuante. Eso no era algo accidental, la dueña de aquellos labios había dejado la marca de manera intencionada. ¿Por qué? ¿Qué objeto tenía dejar la huella de un beso en una copa casi vacía?  Olí el resto de líquido que quedaba en el fondo. Era cava, y luego me dije a mí mismo: vamos a ver, Valentín, ¿qué va a ser si la copa es de cava? Pues cava, tonto. Inspeccioné el resto de copas de la fiesta, y en ninguna se repetía el color de ese lápiz de labios, en ninguna había dejado otro beso para mí.
¿Quién fue el sabio que afirmó aquello de que la imaginación es libre? Si alguien lo ve, por favor, que le diga de mi parte que tenía toda la razón. En el transcurso de aquella noche extraña, miré a los labios de todas las invitadas a la fiesta, y no encontré ninguna que llevase ese color cobrizo que yo había visto. O se había marchado, o el color había desaparecido de su piel, así que tendría que contentarme con imaginar a la autora del beso; con el tiempo me di cuenta de que eso era una ventaja, porque así ella tendría los ojos que yo quisiera, el color de pelo que a mí me gustara y la figura que yo desease, la altura adecuada para complementarse con la mía, la piel de la suavidad justa…. La autora de aquel beso de cobre sobre cristal se convirtió en la mujer ideal para mí, y me obsesioné durante un tiempo con encontrar a alguien así, cosa que resultó más que imposible.
Semanas después, sirviendo el cóctel de un salón de bodas, me volvió a ocurrir. Solitaria en mitad de una mesita, una copa de cava, con un beso estampado en el medio, pero esta vez la copa estaba llena. Miré a un lado y a otro, y de nuevo ninguna de las mujeres que había cerca llevaba ese color en los labios. Vi rosas, carmines encendidos y apagados, brillantes y mates, granates, e incluso negros en un par de invitadas góticas que pululaban entre la gente. Vi todos los colores del mundo de los lápices de labios, todos menos el que yo quería ver. No me pude resistir, y bebí de aquella copa, sintiendo que la boca que yo soñaba tendría el mismo sabor que el cava, chispeante, festivo, fresco, y que al besarla me produciría el mismo efecto, el mismo entusiasmo, las mismas ganas de vivir, y el mismo agradable calor por dentro. Cerré los ojos y volví a beber, las mejillas se me encendieron y todo comenzó a ser más hermoso. Casi al final de la noche, la vi. Era tal y como yo la había imaginado: el pelo rojo, la piel suave, la estatura justa, los ojos verdes, y los labios pintados de aquel irresistible color cobre. Me miraba y sonreía, le acerqué una copa nueva de cava, ella la besó y luego bebió un sorbo….yo la miré a los ojos y antes de que pudiera reaccionar besé sus labios de cobre, eufórico y feliz, y saboreé en ellos el cava y de paso el final de un cuento en el que casi todo era producto de mi imaginación. Solamente me di cuenta de su vestido blanco y su tocado de perlas cuando recibí el “beso” en forma de guantazo de su recién estrenado marido. Ella era la novia. Después supe que, así como otras personas tienen la costumbre de besar el pan antes de comer, ella siempre besaba las copas antes de beber. Supersticiosa y maniática, y sin embargo fue para mí  una maravillosa fantasía con un tragicómico final.
Seis copas de líquido dorado después, decidí que esta historia no tenía por qué acabar tan mal. La suerte me sonrió y al cabo de un tiempo conocí a una mujer que pronto se convirtió en la mitad de mí mismo. Tiene el pelo rojo y la piel suave, es muy bajita y lleva gafas, pero no es ningún espejismo, es una mujer real, mi mujer. Todas las navidades le regalo un lápiz de labios de color cobrizo, y cada sábado descorchamos una botella de cava para cenar. Su beso tiene el color que a mí me gusta, y el sabor que a mí me gusta, aunque reconozco que nunca olvidaré aquellos otros labios jugosos y agridulces que conocí dibujados en una copa.

1 comentario:

  1. precioso! y por un momento temí que fuese a ser un final cruel o duro como la vida misma, pero no, afortunadamente termina de la mejor manera posible!!bss

    ResponderEliminar