lunes, 11 de julio de 2011

LAS VIDRIERAS DE LA CATEDRAL


            Justo nació en una de las grandes ciudades del Camino de Santiago, en esa época en que los peregrinos hacían el grandísimo esfuerzo de llegar andando hasta el sepulcro del Apóstol por devoción o desesperación, buscando purgar un pecado o pidiéndole un gran favor al Cielo, y no por simple curiosidad turística, como se hace ahora.
            Era hijo de una familia muy humilde, con muchos hijos y muy pocos recursos para alimentarlos. Justo era, con diferencia, el menos inteligente de los hermanos. Tan lento de movimientos como escaso de capacidad intelectual, nadie fue capaz de ver en él su extraordinaria sensibilidad, su exquisito gusto para los colores y los dibujos, su talento para reproducir con las manos y cualquier material a su alcance lo que su imaginación creaba en aquella cabeza aparentemente lerda. Por eso, por ser incapaz de aprender a sumar, de retener cualquier dato en su memoria, o de escribir como los demás niños, fue arrinconado como “el tonto”, y con el tiempo sus padres lo entregaron como criado en un convento de frailes. No servía para trabajar, y una boca inútil era un lujo que aquella familia no se podía permitir. La sociedad no tuvo compasión con él.
            Los frailes lo recogieron por caridad cristiana. Se le encomendaban tareas sencillas pero pesadas: barrer los patios, traer el agua para las cocinas, pelar las hortalizas que se iban a servir después a la mesa... El hermano cocinero casi se desmaya del susto cuando entró un día a comenzar su trabajo y se encontró a Justo terminando de componer un precioso San José sobre la larga mesa del refectorio, empleando únicamente frutas y verduras de la despensa. Le reprendió por interrumpir su tarea de pinche y le hizo recoger toda la comida y guardarla de nuevo en la despensa, pero en su fuero interno se vio incapaz de conseguir una figura tan hermosa con aquellos materiales, como había hecho el muchacho.
            Al poco tiempo, el Padre Prior se asomó a la ventana de su celda, que daba a los jardines del convento, y tuvo que frotarse los ojos para creerse lo que veía. Justo había extendido las sábanas que acababa de lavar sobre la hierba para asolearlas, según la costumbre, pero después, con los hábitos recién limpios que debía extender en las cuerdas para que se secasen, había formado sobre las sábanas la efigie de la Virgen Blanca, de manera que el rostro de Nuestra Señora se pudiese apreciar en el jardín desde los dormitorios de los frailes.
            El Padre Prior se reunió con el resto de monjes aquella tarde para hablar de Justo. Estaba claro que el talento del que estaba dotado no debía ser desaprovechado en tareas menores, sino puesto al servicio de Dios, ya que éste había disfrazado al chico de torpe y estúpido ante los hombres para destinarlo a algo mejor que una vida como las de los demás. A la mañana siguiente, Justo fue enviado fuera del convento, al que ya nunca volvió.
            Empleó toda el resto de su vida en completar una obra inmortal. Algo que aún existe, y que se están haciendo enormes esfuerzos por conservar. Un trabajo al alcance sólo de genios incomprendidos, como Justo: las vidrieras de la Catedral. Algo que enseñase, a todo aquel que quisiera verlo, que hasta el que más estúpido parece puede tener algo maravilloso que aportar.

De su historia aprendí que a menudo juzgamos a las personas por las primeras impresiones, por su aspecto o, simplemente, porque no son “como los demás”, y muchas veces nos perdemos lo que esas personas nos podrían ofrecer. Por eso, cuando me presentan a alguien, siempre pienso en Justo. Para ser más justa.

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