jueves, 21 de julio de 2011

MICRÓFONOS



            Hay que ver lo que ha evolucionado la industria juguetera. Antes, que te regalasen por Reyes una muñeca, aunque ni siquiera dijese “mamá”, ya era un lujo asiático al alcance de no todo el mundo. Y ahora no hay nada en el universo de los adultos (o casi nada) que no tenga su réplica en juguete. Pensad en cualquier cosa que se os ocurra, y seguro que tiene su versión infantil disponible en cualquier juguetería. Coches, motos, armas, bebés, pandilleros, top-model anoréxicas, artículos de limpieza, de cocina, cualquier oficio que se os ocurra (excepto el de pilingui, faltaría plus) tiene todos los complementos y herramientas necesarias en plástico de atractivos colores. Os cuento esto para tratar de introduciros en el tema de hoy: esto va de un micrófono de juguete al que le tengo declarada la guerra.
            Cuando yo era una canija desdentada (allá por el jurásico, más o menos), el tiempo que estaba despierta no hacía más que parlotear en la cuna. No decía nada concreto, porque no sabía hablar, pero no callaba ni debajo del agua. Eso si no estaba llorando, claro, cosa bastante frecuente en mí según mi señora madre. Mi abuelo Cayo decía: “esta niña va a ser locutora de televisión... o plañidera, no lo tengo claro”. El caso es que, con el paso de los años, y ante la ausencia palpable en mi vida de micrófonos reales, me los fabricaba yo misma. Un lapicero y un rollo vacío de papel higiénico podían servir. Un cepillo del pelo también. La base de un Mikolápiz, la escoba con una pelota de tenis rota en la punta del palo (micro con pie, un lujazo)... todo podía convertirse en el micrófono perfecto para atronar la casa con mi vocecilla infantil, ya fuera para cantar el “Coco- guagua”, el “Yo soy la ficha roja” o la “Sopa de amor”. Yo hacía de presentadora, luego cantaba, luego presentaba el siguiente artista, volvía a cantar, y así hasta que mis sufridos progenitores conseguían distraer mi atención un rato. En aquella época los pobres autores de mis días consumían más aspirinas que un oso con jaqueca, pero nunca les oí quejarse. El caso es que, entre el oficio de cantante folklórica y de presentadora aficionada, toco muchos más micrófonos que el común de los mortales (mi costillo dice que me gusta más una alcachofa con cable que a un niño una gominola), y no me daban ningún miedo. Hasta que llegó al mundo mi hija pequeña. O mejor dicho, hasta que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en su delegación “tíos paternos” le trajeron a la pequeña monstrua el “Micrófono del terror”.
            A diferencia de mí, mi pequeña vástaga nunca parloteó cuando era bebé. Sólo lloraba. Su padre siempre decía: “esta niña únicamente tiene una hora buena al día, y si te la pierdes, te jorobas”. El resto del tiempo, o estaba enfadada, o directamente lloraba a pleno pulmón. Buena garganta y buenos pulmones tiene, lo juro, porque se la oía en todo el barrio. Y, cumplidos los cinco años, vienen los Reyes y le regalan el famoso micrófono, con una notita: “para que cantes y presentes como mamá”. Desde entonces, Sus Majestades de Oriente son personas non gratas en esta casa. Es un invento diabólico. Sí, rosa, con flores, con pie, sonidos de percusión (chunda, chunda, pum, pum), conexiones para enchufarle el discman y poner “cedeses”, amplificador de voz y ruedecita de volumen, muy inocente en apariencia, pero diabólico. Y la tía lo maneja con la maestría de un profesional. Imaginad el resultado: me gasto más dinero en la farmacia comprando tapones para los oídos y cajas de paracetamol que en pan al cabo del mes. El truco de quitarle las pilas y decir “huy, qué pena, se ha estropeado” sólo me sirvió la primera semana (justo el tiempo que tardó la traidora de su hermana en chivarse, esta me las pagará). Y cuando maldigo en arameo el maldito micrófono, mi costillo me dice: “¿Pero de qué te quejas? Sólo quiere ser como su mamá”.
            Creo que voy a apuntarla a clases de canto. O eso, o tiro el micrófono por la ventana. Mi salud mental, y la de todo el vecindario, depende de ello.


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