martes, 5 de julio de 2011

NOMBRES



            El de los nombres es un tema maravilloso. Al menos, a mí me lo parece. Siempre me fascinó el conocer el significado de los nombres, hasta que descubrí que, en muchos de esos libros que hay por ahí que te cuentan lo que quieren decir los nombres más usuales, la mitad de lo que pone es como el horóscopo del periódico: pura invención del autor.
            Quizá por la manía que he tenido desde pequeña a ponerle nombre a todo (y cuando digo todo quiero decir todo), con el tiempo he desarrollado varias teorías al respecto. La primera de todas es que, por alguna razón, quienes lo llevan suelen tener un rasgo común, como por ejemplo la nobleza de las Evas, el sentido del humor pícaro de las Lolas o la candidez de las Cristinas. Ojo, no todos los rasgos son buenos, pero los que he observado que no son tan bonitos en otros nombres me voy a abstener de ponerlos por escrito (para evitar quejas, que las bofetadas enseñan a cerrar la boca más que cualquier otra cosa). Mi segunda teoría es que cuanto mejor armoniza el nombre con los apellidos, más éxito tiene esa persona. Por eso los que quieren triunfar en algo lo primero que hacen es cambiarse el nombre si éste carece de gracia. Y la tercera es que todas las cosas necesitan un nombre que las diferencie de las demás cosas de la misma especie.
            Como ya he dicho, yo le pongo nombre a todo. Hay muchos coches por ahí como el mío, pero no todos son “El Gilmóvil”. El luthier que fabricó mi guitarra hizo muchas iguales, pero sólo hay una que se llame Laila: la mía. El primer saxo que me dejaron era un antipático que no se dejaba tocar, así que le puse de nombre el más feo que se me ocurrió: Eutimiano. El que tengo ahora se llama Carlos Gardel, canta maravillosamente el tío. Pues así pasa con todo lo que me cae en las manos. Si en mi acuario hay treinta peces, los treinta tienen nombres distintos según cómo son.
            Capítulo aparte merecen las personas, que también suelen recibir un nombre provisional hasta que me las presentan o averiguo su nombre de pila. No son apodos despectivos (normalmente), pero me sirven para entenderme y referirme a ellos. Lo malo es que a veces me cuesta un horror dejar de llamarles por el nombre que les adjudiqué para usar el suyo de verdad, y eso me mete a veces en algún lío.
            Recuerdo que, hace muchos años, teníamos un vecino que no sabíamos cómo se llamaba, pero llevaba gafitas redondas, era largo y delgado, sonriente, y solía usar un jersey de rayas rojas, así que lo bauticé provisionalmente como Wally (como el de los juegos de ¿dónde está Wally?). Por extensión, su mujer pasó a ser Wilma (como la novia de Wally), y sus hijos los mini-Wallys. Tardamos meses en saber sus nombres de verdad, pero la cara de los presentes cuando en una junta de vecinos dije : “el del primero, que no suba la bicicleta por la escalera porque marca las paredes con las ruedas, por favor, que use el ascensor”, y ante la pregunta de “¿a cuál de los cinco vecinos del primero te refieres?” respondí con toda naturalidad: “A Wally”. Cuando oí la carcajada general, y la voz de Wally detrás de mí diciendo “querrás decir Juan Antonio” con un tonito muy poco amistoso, pensé eso tan socorrido de “tierra, trágame” y no volví a abrir la boca en toda la junta. Me retiraron el saludo, pero a pesar de todo sigo pensando que ese chico no tenía cara de llamarse Juan Antonio. Tenía cara de Wally.
            Con pequeños incidentes como ese fui aprendiendo a que no se me escapen los nombres que adjudico a la gente en público, pero no he perdido la costumbre de ponerlos si ignoro el verdadero. Por eso, y porque todo se pega menos la hermosura, mi marido a veces me llama “María Bautizos”. Una pequeña dosis de mi propia medicina.

1 comentario:

  1. jejejeje si es que... afortunadamente, eres asi de única "maria bautizos!!"

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