sábado, 9 de julio de 2011

PALABROS

            Mi padre, que es una gran fuente de sabiduría, me inculcó desde pequeña la costumbre de leer mucho y hablar bien, y me insistió en que una ortografía y dicción correctas eran una carta de presentación tan importante como la corrección en el vestir o la limpieza y el aseo personal. Cada día más se está cuidando el aspecto físico y la calidad de la ropa, pero luego la gente abre la boca y... en fin, todos sabemos lo que ocurre. No hay más que ver un rato la televisión para darse cuenta.
            Uno de los conceptos más curiosos que me enseñó mi padre fue el de los “palabros”, esos términos inventados o mal dichos que, aunque todos los entendamos a la primera, no dejan de ser, en mayor o menor medida, patadas al diccionario de la Real Academia, la Biblia del castellanohablante. Con el tiempo he aprendido a distinguir varias clases de “palabros”: los de los niños que están aprendiendo a hablar, que son términos mezclados, mal pronunciados o directamente fantásticos, y que nos hacen reír las tripas a los papás y abuelitos devotos; los que son producto de la ignorancia, que además son los que se sueltan con mayor convencimiento (todos sabemos eso de que la ignorancia es muy atrevida); y, por último, distingo lo que yo llamo “palabros de nuevo cuño”, que son los que nos inventamos para designar objetos que no conocemos, nuevas tecnologías o situaciones para las que, en principio, no encuentramos definición.
            Acerca del primer grupo, los “palabros de leche”, todos tenemos una lista guardada en alguna parte, aunque sea en la memoria, de los que acuñaron nuestros hijos. Yo recuerdo el “colilo” y el “potamo” (cocodrilo e hipopótamo) de mi hija mayor, el “incocolable” (por incontrolable) y el “ajúca” (azúcar) de la pequeña, y un entrañable “balalooooooo” (por I love you) con que Paloma me obsequiaba con su irrepetible primer año de vida. Pero también me vienen a la cabeza el “hipotátimo” de Sara (que tendrá ese animal que a los niños les resulta tan atractivo, y a la vez tan complicado su nombre), el “cutucú” (plátano) de Nuria o las “cacún” (natillas) de Jesús.
            Los del segundo grupo, los “palabros necios”, me producen sentimientos encontrados. Algunos son fruto de la escasa formación, y sabiendo que en muchos casos esta ignorancia no fue voluntaria, sino producto de una desgraciada falta de oportunidades, me inspiran más ternura que otra cosa. Sin bucear demasiado en ese mar, rescato a una mujer mayor en la carnicería pidiendo “burgalesas” (hamburguesas), o a una amiga de mi madre, cuyo marido se había quedado “esméril” por las “resiallas” (algo así como secuelas) que le dejó un sarampión. Otra, después de un régimen intenso se había quedado muy “esterilizada”, y a su hijo le habían operado de “péndiz” (apendicitis). Yo, que he trabajado en residencias de mayores, tengo un máster en ese tipo de “palabros”. Pero los que me revuelven las tripas y me dan vergüenza ajena son los que emiten los personajes públicos: políticos, presentadores y rostros televisivos varios. Me da mucha pena que, con tanta gente válida, bien preparada, culta, instruída y con mucho que ofrecer mendigando un trabajo, ocupen ese tipo de puestos sujetos (y sujetas) que no saben ni siquiera hablar. Me refiero a los alcaldes que han hecho plantar “arciprestes” en la avenida del cementerio, a los que ponen a las distintas fuerzas del orden a “interactualizar” entre sí, a los que dan el parte “metereológico”, a los que desde sus tribunas dicen “pa qué”, “me se ha dicho”, dicen “lao” por lado y “arreglao” por arreglado, y hale, se quedan tan anchos. “Me se ha hecho tarde, y asunto zanjao”. Penoso.
            En los del tercer grupo, los “palabros de nuevo cuño”, hay verdaderas maravillas. Yo anoto todos aquellos con los que tropiezo, por si acaso. Nunca se sabe. Voy a poneros tres ejemplos claros. Uno es el “pongo”, de uso ya bastante generalizado, que se emplea para designar todos aquellos regalitos chorras que nos hacen y no sabemos dónde colocarlos, tipo lo que nos dan en las bodas, o lo que nos traen algunas personas de sus viajes, con todo el cariño, pero con pésimo gusto. Ya se han hecho incluso exposiciones y concursos de “pongos”. Echad un vistazo, seguro que en las vitrinas de casa todos tenéis más de un “pongo” acumulando polvo. Tengo una amiga que los tira a la basura automáticamente, en la primera papelera que ve, especialmente los “pongos nupciales”. Otro ejemplo es la “tabletaturrón”. Así oí el otro día, en la terraza de un bar, llamar a una tableta informática, de esas táctiles que se usan ahora para conectarse a internet hasta en el cuarto de baño. Él le dijo a ella: “Mari, pásame la tabletaturrón, que voy a actualizar mi facebook”, y ella le pasó el invento sin dejar de sorber su coca-cola zero. Pasmoso. Y, como ejemplo final, el “palabro” que me regaló una de mis vástagas no hace mucho, después de probar una mousse de chocolate que hice con estas manitas y mis abalorios (preparo unos postres que menudo jolgorio). Me dijo: “Mamá, vaya chocolatessen”. Pues eso.
            Ahora que ya conocéis mi definición de “palabros”, os animo a que hagáis memoria y nos contéis a todos alguno de los que hayáis oído y más os hayan llamado la atención. A poco que os esforzárais, estoy segura de que podríamos escribir hasta un diccionario, el primer diccionario de “palabros” de la lengua castellana. Sería “estupéndico”, ¿no?

2 comentarios:

  1. jejejeje pues mi marido te aseguro que de la cantidad de palabros que se inventa podría hacerte la enciclopedia por fascículos!!!jejeje aunque sin duda me quedo con sus "rascamientos espaldiles" que casi todas las noches me dedica, para ayudarme a expulsar todo este maldito estrés diario...

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  2. Jua, jua, me ha encantado lo de los rascamientos espaldiles, lo incorporo a mi vocabulario inmediatamente, le voy a sacar muuuucho provecho. Dale las gracias a tu costillo por el palabro. Besos.

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