sábado, 16 de julio de 2011

PIROPOS


             Se llamaba Juan. Frisaba los sesenta años y siempre vestía de traje, lino para el verano, paño en el invierno. Aunque no se puede decir que en su Sevilla natal hiciese demasiado frío en ninguna época del año, la humedad del Guadalquivir se colaba ya en sus huesos haciéndole sentir el peso de la edad. Nadie sabe de qué vivía, nunca se le conoció oficio ni trabajo alguno. Dedicaba el tiempo a pasear por las calles de su ciudad inventando piropos para las mujeres.
            Le daba igual jóvenes que maduras, guapas o feas, altas o bajas: en todas encontraba alguna cualidad que destacar con una frase certera, elegante y fina que las hiciera sonreír, aunque fuera por dentro. Jamás tocó a ninguna ni se le oyó la más mínima  grosería. Era un caballero.
            Me fascinó su estampa señorial, pero lo que más me atrajo de él fue el gracejo con que halagaba a las damas con ese acento suave y susurrante que gastan los andaluces cuando requiebran, así que comencé a dirigir mis paseos diarios a las calles en las que él solía estar. Confieso que lo hice sobre todo por curiosidad, pero un poco también por ser alguna vez la diana de una de esas frases tan halagadoras.
            Esa mañana le vi cuando salía de tomar café en un bar del centro. Ante la puerta acertó a pasar en ese momento una extranjera rubia, rellenita y con una tremenda insolación producto del inclemente sol sevillano. Él la miró de arriba abajo con ojos tiernos, sin asomo alguno de lascivia, y le dijo en tono dulce: “Cuídate de las miradas, preciosa mía, porque tan fina es tu piel que el sol no pudo dejar de mirarte y sin querer te hizo daño. Ay, quién fuera after-sun...” No sé si ella le entendió o no, pero se marchó sonriendo.
            Al rato una morena rotunda cruzó la calle ante él con paso firme, tacones altos y unas oscurísimas gafas de sol. Él lanzó su requiebro, y ella no pudo evitar sonrojarse ligeramente mientras continuaba caminando: “No me escondas tus ojazos, morena, que sin ellos no hay luz en el mundo. Eso, eso que haces tú caminando es pisar, lo de las demás es fastidiar el suelo”. Tremendo. Vamos, a mí me dice un hombre como ese una cosa así y soy capaz de darle un beso. Decidí probar suerte, a ver si para mí también había piropo; fui a comprar un par de claveles rojos, me los coloqué en el pelo y volví para pasar ante su mirada de poeta, pero ya no estaba. Contrariada, decidí volver al día siguiente a ver si sonaba la flauta.
            Efectivamente a media mañana salió del mismo bar que el día anterior, justo al paso de una señora de su edad, quizá incluso mayor, pero tan bien peinada y arreglada que aparentaba unos cuantos años menos. Él la miró de soslayo, sonrió y dijo: “Donde estén las cerezas maduras, a mí que no me den manzanas verdes. Si la hermosura se midiera en vatios, como las bombillas, yo ahora mismo me habría quedado ciego”. Ella le sonrió y le contestó: “Eso es un hombre y lo demás fotocopias”. Él la hizo parar y comenzaron a hablar. Al poco rato entraron en una cafetería cercana y pidieron dos cañas. Vi sus miradas, sus sonrisas, la ternura con que él le cedió el paso sujetando la puerta, el tremendo donaire de su gesto al acercarle la silla para que se sentara... aquello cada vez me tenía más intrigada, así que esperé a que se marchasen y entré en la misma cafetería. Busqué a camarero de más edad, pedí una coca-cola y, sin más rodeos, le pregunté por ellos. Él me contestó: “chiquilla, si quieres saber de Juan pregúntale a Juan. Nadie mejor para responderte”. Parecerá una tontería pero me costó atreverme.
            Le busqué a la mañana siguiente, más temprano, en el bar en el que solía desayunar. Me senté en la barra junto a él sin siquiera pedir permiso.
          –Buenos días, señor Juan. Me gustaría hablar con usted.
         -Tú dirás, prenda –me sonrió mientras removía su café–. Mucha curiosidad junta para una mujer tan guapa. Es el tercer día que te veo por aquí.
Sorprendida de que se hubiera dado cuenta, titubeé antes de plantearle la duda que me rondaba.
         –Don Juan, ¿por qué lo hace? ¿por qué requiebra a las mujeres que pasan ante usted? ¿Y por qué me lleva viendo tres días y para mí no ha habido piropo?
           Se tomó unos instantes para responderme, además del café. Luego comenzó a hablarme bajito, en el mismo tono que cuando lanzaba una de esas flores de palabras con que halagaba a las mujeres.
           –A la pregunta uno, porque a mí me parieron así y así moriré. Lo más bello del mundo es una mujer, pero hasta la más hermosa necesita que alguien le diga que lo es. Y si las más guapas lo necesitan imagínate las que no lo son tanto. A la pregunta dos, porque los piropos son para decirlos de palabra, cara a cara. Ni por carta, ni por teléfono, sino mirando a los ojos de la persona que los ha inspirado. Y a la pregunta tres, porque si el primer día te hubiera requebrado ya no habría tenido el inmenso placer de verte ayer y hoy.
             Me dejó muerta, sin palabras. Entonces me di cuenta de que lo que pretendía era eso, dejarme sin palabras. Y que parase de preguntar. Pero yo me rehice y volví a la carga.
           –Y la dama de ayer, ¿quién era? Esa devoción en la manera de mirarla no era la misma que con las demás mujeres, Don Juan.
            –Esa, señorita inquisidora, esa debería ser mi mujer.
              Por un segundo vi nublarse su mirada, o al menos eso me pareció.
–¿Y por qué no se casaron? ¿Usted no se lo pidió o ella le rechazó?
–Se lo pido cada vez que la veo desde que tenía veinte años. Y siempre me contesta lo mismo: me casaré contigo cuando dejes de ser tuno.
           ¡Claro, cómo no había caído! Tuno y de Sevilla... así se explicaba la galantería, la poesía que exhalaba aquel galán con cada una de sus palabras.
            –Pero usted sería tuno de joven, en los años universitarios, ¿no? A estas alturas...
         No me dejó terminar. Se levantó, pagó la cuenta y se despidió de mí con una frase que no olvidaré nunca.
            –Reina mora, el que es tuno lo es hasta morir. Y yo moriré tuno aunque ya no me vista para salir de ronda. El ser lo que soy no va en un traje de terciopelo ni en una capa llena de cintas bordadas. Se lleva en el corazón.
            Me quedé un rato sentada en el bar después de que él saliera. Le imaginé de joven, cantando bajo un balcón lleno de flores con la luna como testigo, y deseé haber sido la dama que le escuchase escondida tras los claveles y los geranios.
            Cuando salí me estaba esperando fuera.
            “Me voy a hacer aficionado a la astronomía para estudiar esa constelación de lunares que adornan tu cuello. Les pondría nombre a todos, uno a uno, antes de que llegase a amanecer...”
            Me guiñó un ojo y se marchó con su traje claro y su andar de caballero. Pocas veces me he sentido tan mujer como en aquel instante.

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