domingo, 31 de julio de 2011

PONGOS

            Hace unos días, hablando de “palabros”, comenté uno que me gusta mucho, el “pongo”. Sí, ya sabéis, todas esas cosas inútiles que nos regalan, normalmente con buena intención, que a menudo ni siquiera nos gustan, no sabemos dónde ponerlas (de ahí el nombre, del primer pensamiento que te asalta cuando recibes el obsequio de marras: Y esto, ¿dónde lo pongo?), pero nos da lástima tirarlos, sobre todo si apreciamos a la persona que nos los regaló.
            Yo soy una acumuladora compulsiva de pongos. No soy capaz de tirar ninguno, y eso que tengo en casa verdaderos engendros. Por ejemplo, la típica muñeca vestida de gitana, con peineta y mantilla, y la cara de Lola Flores. Está encima de la tele, pero cuando este aparato muera (que ya da síntomas de agonía) y compremos uno de esos modernos planos, ¿dónde la pondré?  No sé, algún sitio le tendré que buscar. Ya sé que es un pongo hiper-cutre, pero era de mi abuelo, no puedo deshacerme de ella, sería como traicionarle un poco, ¿no?
            Luego está el delfín meteorológico. Sí, una de esas figuritas que cambian de color dependiendo del grado de humedad del aire, y te dicen si va a llover o no. El condenado delfín es más feo que un troll, y encima me raya la madera de la estantería (bueno, ya no desde que le puse uno de esos primorosos tapetitos de ganchillo obra de mi abuela Lola), por no hablar de que si me tengo que fiar de sus predicciones de lluvia voy a sacar de paseo más veces al paraguas que al perro, y aquí no llueve casi nunca. Pero, ¿y la ilusión con que mi suegro nos lo trajo de Peñíscola? ¿Cómo hago para olvidar su expresión de colegial satisfecho? Si lo tiro me sentiré muy, muy culpable.
            Los pongos nupciales tienen un capítulo aparte en mi casa. Tengo una amiga que los tira en la primera papelera que ve nada más salir del salón de banquetes en que se los dieron, pero yo no puedo. De verdad que no puedo. Me sentiría fatal, como si no les desease  felicidad a los novios. Así que tengo una caja rebosante de ellos.  Guardo uno, de hace veintitantos años, en forma de palomitas de cerámica dándose un beso en el pico. Es horroroso y además la pareja se divorció, pero fue mi primera boda y no lo tiro. Tengo también unos catorce abanicos de distintos enlaces, pero ¿y si en algún momento me hacen falta?  Cuento además con una gallina de resina, y en un hueco de su espalda se alojan seis pinchitos de aperitivo coronados por seis pollitos. Es un pongo con ponguitos, tan primorosamente fabricado que algunos de los pollos tienen los ojos pintados a la altura de las amígdalas.  No sé, tal vez algún día me decida a sacarlo para comerme una lata de olivas con anchoa, o algo así. El que guarda, siempre tiene.
            Aunque el rey de los pongos en mi casa no es ninguno de los que os he contado. El verdadero pongo-emperador de la familia Gil es el barco. Un velero enorme, recubierto todo él, casco, mástiles y cubierta, de conchas marinas de distintos tamaños pegadas unas junto a las otras. Tiene unas enormes velas de lienzo a rayas rojas, eternamente hinchadas por un viento inexistente, y ocupa más de la mitad de la mesa de mi comedor. No voy a decir quién nos lo regaló, pero sí que consiguió con ese regalo lo que quería: que nos acordásemos de él tooooooodos los días. Y de su madre, también.
            Mi costillo, que es una persona muy inteligente, está tratando de amaestrar a nuestras gatas. Intenta enseñarles a subirse a las mesas y estanterías, y a tirar discretamente al suelo todos los pongos para que se hagan trizas. Así, el sentimiento de culpa se diluiría convenientemente, y con un par de pasaditas de escoba, asunto arreglado. Luego sólo habría que decir: gatito malo, gatito malo, ¿por qué has roto el troll, digo el delfín, con lo bonito que era? Y luego ponerle ración doble de pienso como premio. Aunque para el barco los gatos no me sirven, pesa demasiado. ¿Alguien me presta un tigre, por favor?



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