sábado, 2 de julio de 2011

PRIMER VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS


            El trovador de sueños, espíritu inquieto y cambiante como una veleta, soñó aquella noche con el mar. Al alba salió a la calle, convencido de que, desenmarañando el ovillo confuso de su sueño, hallaría un trozo de su destino. Trató de recordar los fragmentos, las imágenes que su mente había conseguido retener de esas visiones soñadas. Un mar gris y bravo, un faro y una bahía. Paseos con nombres de escritores y reinas, palacios, árboles y otro mar frente al primero, pero éste de un intenso color verde. Decidido, cargó al hombro su morral, abrazó con delicadeza su laúd y emprendió el camino para encontrar esa tierra.

            Mucho hubo de caminar, muchas llanuras y bosques, ríos y montes. Atravesó grandes campos de cereal y extensos páramos en los que nada crecía. Las montañas del norte le enseñaron su cara más agreste, pero no consiguieron desanimarle. Saludó a los rebecos, a los zorros y al oso pardo, e incluso al halcón, que le hizo un guiño desde el cielo. Y al cruzar la última montaña, reconoció el lugar de su sueño. Contento, se dejó caer rodando por una pradera de mullida hierba, ante la mirada curiosa de los terneros que pacían en ella, y las gaviotas le recibieron con su coro de escandalosas voces.

            El cielo era gris aquella tarde, y a ratos dejaba caer un llanto fino y envolvente. El aire del mar hizo que el trovador de sueños buscase su capa para envolverse en ella y protegerse así de terminar con los huesos inundados de lluvia y salitre. Durante los muchos días que dedicó a caminar la ciudad que el sueño había elegido para él, descubrió que el mar verde que se enfrentaba al piélago salado se alimentaba de esa pena del cielo, y que sin ella desaparecería, igual que lo hicieron los bisontes que poblaron aquella tierra roja en tiempos remotos. También se dio cuenta de que las extensas cristaleras de las casas, que se abrían al mar, no tenían como finalidad disfrutar de la inmensidad del agua, sino aprovechar cada precioso rayo de sol cuando éste les concedía el honor de una de sus escasas visitas. Caminó hacia la playa, y sentado en un banco, con los ojos perdidos en el horizonte de olas y espumas, encontró a un cantor de otro tiempo, que a fuerza de contemplar la lejanía se había quedado congelado quién sabe en qué instante, pasando a formar parte del paisaje. Más adelante vio el palacio que fue de un rey y volvió al pueblo que lo había construido, con sus trescientas sesenta y cinco ventanas atisbando en todas direcciones y su nombre tan dulce; luego, una playa vigilada por un camello de roca modelado por el capricho de las rompientes, y a Neptuno hecho niño atisbando desde su atalaya de piedra. Después, inmensos arenales de arena fina, y un faro sobre el acantilado que dominaba el cabo de entrada a la bahía.

El trovador de sueños miró al mar y pensó : ¿Cuántos barcos se habrán tragado estas olas? Y el canto del agua le susurró : “Muchos más de los que imaginas”. Miró hacia el faro y se preguntó : ¿Cuántas vidas valientes se habrá cobrado este mar? Y el murmullo de la espuma le contó: “Tantas como estrellas hay en el universo”. El trovador miró hacia el cielo preñado de nubes y pensó :  Cuando este viento y este mar se enfurecen, ¿qué debe ocurrir? Y la brisa marina le dijo al oído: “Cuando eso sucede, nos aliamos para que la tierra y los hombres tiemblen y recuerden que no son nada frente a nuestro poder. Levantamos montañas de agua que azotan las rocas, barren la playa y cambian la cara de la costa a nuestro antojo. Los barcos y los hombres se convierten en pequeños juguetes si no logran cruzar a tiempo la barra del puerto.”
            Nuestro amigo disfrutó durante un tiempo de los olores y sabores de aquella tierra rica y fértil y de su irascible mar, y esperó hasta que un nuevo sueño le indicase en qué lugar debía continuar su vida de cantos y poemas. Cuando ese día llegó, abandonó el abrazo y las arreboladas mejillas de la encantadora montañesa con la que pasara las últimas noches, cargó su morral, cortó una hortensia azulada del jardín para prenderla en el mástil de su laúd, y emprendió viaje hacia otro lugar, dejando a la espalda aquella ciudad verde, gris y única. Se marchó sonriendo y pensando, con una cancioncilla entre los labios, que el sobrenombre de “La novia del mar” era perfecto para ella. Él mismo, con su inventiva de trovador, no le hubiera podido encontrar apodo mejor.

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