martes, 26 de julio de 2011

PRIMERAS VECES

            Hay una primera vez para todo. Esa es una verdad tan cierta como que nacemos y algún día hemos de morir. Pero esas primeras veces pueden marcar el resto de la vida, todo depende de cómo las afrontemos, de qué camino tomemos después, de que nos dejemos guiar y condicionar por ellas... o no.
            Para la historia de hoy, hice un repaso de mis primeras veces, y eso me hizo saltar de la risa al llanto, de la euforia al enfado, de la nostalgia a la alegría... muchas emociones juntas que hicieron que anoche diese más vueltas en la cama que una peonza. Tengo que aprender a no pensar tanto antes de dormir.
            Mi primer suspenso fue todo un trauma. A alguien como yo no le podía pasar algo así. Pero pasó. Las matemáticas fueron mi cruz muchos años, y me dejé vencer por ellas. Siempre les eché la culpa de no haber hecho una carrera universitaria, pero en realidad no fueron más que una excusa para disculpar mis limitaciones. Desde mi punto de vista actual, me doy cuenta de que pude vencerlas, y no lo hice. Siempre me lo reprocharé. La vida es muy corta como para perder el tiempo compadeciéndose a uno mismo, y yo no supe verlo.
            Lo mismo me ocurrió con el primer chico del que me enamoré: todo el mundo sabía que me la estaba jugando menos yo, y esa falta de ojo me costó muchas lágrimas. Cuando vi el pedazo de sapo que era realmente quien yo creía un príncipe azul, ya tanta gente lo sabía y se reía de mí a mis espaldas que no hubo piedra en toda la ciudad suficientemente grande para esconderme debajo. Me costó varios años dejar de odiarle. Para una persona como yo, albergar tan malos sentimientos hacia alguien supuso incluso un cambio de carácter que pudo ser definitivo. Menos mal que llegó a mí otro ser con tanta bondad que fue capaz de curar mis heridas. A día de hoy, aquel sapo quedó muy atrás, tanto que pasan meses, incluso años, sin que piense en aquella época, y eso que entonces me pareció que mi vida se acababa, que era imposible salir adelante. Eso sí, me cambié de ciudad, me fui lo más lejos que pude, porque quisiera no tener que volver a encontrarme con ese sujeto. Lo quiero lejos de mí y de mi familia. Por si acaso.
            Mi primer trabajo no fue fácil. Con veinte años, trabajar en una residencia de ancianos no es lo más deseable. Pero como siempre me gustó ayudar, lo llevé bien, incluso me divertí. También vi mucha miseria en algunas familias, y mucho sufrimiento en algunos ancianos. Vi hijos, y sobrinos, que jamás aparecieron a visitar a sus mayores ingresados en el centro, y que en cuanto les llamabas para decirles que habían fallecido, venían y expoliaban lo que hubiese en su habitación, a veces hasta las mismísimas esponjas con que les lavábamos el trasero. En ocasiones, a los que habían perdido la memoria, iba a visitarles yo, fuera de horas de trabajo, y les decía que era su nieta, o su hija, con tal de verlos reír un rato. No siento haberles mentido si les hice felices. A algunos, si hubo que ingresarlos en el hospital por algún achuchón serio, me quedé a acompañarlos esperando a los familiares reales, pero en más de una ocasión me fui a casa a dormir dejándolos solos porque quienes debían venir tenían cosas mejores que hacer. Lavé y vestí a muchos para enterrarlos con un aspecto digno. Y decidí que no volvería a trabajar en una residencia.
            La primera vez que sufrí acoso laboral no lo denuncié. Y me arrepiento profundamente de no haberlo hecho. Cuando me quedé embarazada de mi primera hija llevaba dos años trabajando en un taller de estuches para joyería manejando una máquina que funcionaba con un pedal (un pie levantado para accionarlo y todo el peso del cuerpo y del embarazo apoyados en la otra pierna: ciáticas, dolores de espalda...), despedía calor y emitía un ruido monótono y contínuo. Tuve que coger la baja al tercer mes de embarazo porque ya había perdido ocho kilos de peso, no retenía las comidas y vomitaba todo el tiempo por culpa de las colas que usábamos para pegar las piezas,  y por el movimiento y el calor de la máquina que manejaba. Se negaron a cambiarme de puesto, incluso me prohibieron sentarme durante las ocho horas de jornada laboral (según ellos era un mal ejemplo). Llegaron a decirnos que nos pusiéramos de acuerdo para no quedarnos preñadas todas a la vez, no fuéramos a perjudicar la producción. Cuando nació mi hija mayor dejé el trabajo: me cobraban más en la guardería que lo que yo ganaba, que era el salario mínimo de entonces, unos seiscientos euros. Perdí el paro, y aún así no denuncié por no perjudicar al resto de mis compañeras. A día de hoy, seguramente habría actuado de otra manera. Pero en fin, de los errores se aprende. No me volverá a ocurrir.
            Luego, cuando llegan los hijos, comenzamos a vivir sus primeras veces como si fueran las nuestras, pero con la ventaja que nos dan los años y la experiencia. Espero poder ahorrarles a mis hijas los malos tragos que yo pasé, pero entiendo que muchas veces hace falta equivocarse para aprender, y que no harán caso a mis consejos como yo no hice caso a los de mis padres. Esas cosas, cuando les ocurran, forjarán su carácter y las irán convirtiendo en adultas. Sólo confío en estar aquí para poder ayudarles a levantarse en caso de que alguna zancadilla les haga caer. Llegará un momento en que su destino dependerá de lo fuertes que sean a la hora de afrontar las cosas que la vida les ponga delante. Espero entonces haber sido lo suficientemente buena madre como para haberles dado armas para defenderse, y  haber conseguido enseñarles lo que yo aprendí por el método ensayo-error. El resto depende de ellas.

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