viernes, 15 de julio de 2011

TACTO

            Dios llamó a Claudia una noche, y le preguntó: “Mujer, ¿cuál es el sentido más importante del ser humano?”. Claudia, medio dormida, le pidió a Dios una semana para meditar su respuesta.
            Durante siete días dedicó todo su tiempo a anotar cada cosa que veía, oía, olía, probaba y tocaba, y la impresión que le producía cada una de esas experiencias. Llenó catorce cuadernos con cosas como:
            “Vista: mi hijo. Sensación: alegría”. “Gusto: fresas maduras. Sensación: dulce”. “Olfato: bosque de pinos al sol del mediodía. Sensación: recuerdos de niñez”. “Oído: el timbre de la puerta. Sensación: sorpresa, anticipación”. “Tacto: un abrazo a mi padre. Sensación: bienestar, tranquilidad, confianza, ternura, cariño”.
            La noche del séptimo día se sentó en la cama, después de haber repasado uno a uno los catorce cuadernos con todas las notas sensoriales que había tomado, meditando la respuesta que le iba a dar a Dios. Éste apareció sin ruido, se sentó junto a ella y le volvió a preguntar: “Mujer, ¿cuál es el sentido más importante del ser humano?” Y Claudia, muy segura, contestó: “Señor, el tacto. Sin duda”. Dios, sorprendido, se echó a reír y le preguntó el por qué de tal respuesta. Ella, con toda naturalidad, le dijo:
            “Si sólo pudiese ver a mi hijo a través de un cristal sería muy desgraciada. Si, aún ciega, pudiera abrazarlo, tocarlo, acariciarlo y sentirlo a través de mis manos y mi pecho, podría ser feliz, porque aprendí a amarlo sintiendo sus movimientos en mi interior, a través del tacto.
Si perdiese el gusto, podría alimentarme de igual forma, y aunque no percibiese lo dulce o salado de una fruta o un guiso, aún a través del tacto conseguiría apreciar su textura, el calor o la frescura, la rugosidad o el jugo de los alimentos, con lo cual no lo habría perdido todo.
Si no tuviese olfato perdería el placer que aportan los olores agradables, pero a cambio podría, sin sentir rechazo alguno, ayudar a las personas cuyas enfermedades o modo de vida las hacen repulsivas al resto de seres humanos, como los indigentes o los ancianos que ya no controlan sus funciones corporales. No tendría reparos en atenderlos y prodigarles las caricias que posiblemente otras personas les nieguen. De este modo ellos no se sentirían tan abandonados.
Si perdiese el oído no podría disfrutar de la música, del trino de los pájaros o la voz de las personas a las que amo. Pero aún podría con mis manos hacer vibrar las cuerdas de mi instrumento, aún podría devolver al nido los gorriones que se caen cuando están aprendiendo a volar, y con gestos, sonrisa y paciencia conseguiría entenderme con los míos.
Pero si perdiese el tacto no sabría vivir. No sentiría los abrazos, los besos o las caricias. No sabría si lo que toco está frío o caliente, si duele o no. No disfrutaría del calor de la arena de la playa en mi espalda, del frescor del agua del mar en mi cuerpo. No habría dolor, pero tampoco placer. Todo lo que toco lo hago mío por un instante, el momento en que lo estoy sintiendo a través de la piel. Sin el sentido del tacto todo me sería ajeno, nada sería del todo cierto. Puedo ver cualquier cosa en la pantalla de la televisión, sin que eso que estoy viendo sea real. Puedo comer un postre con sabor a cereza que no tenga nada de esa fruta, sino aromas y colorantes artificiales que le den el mismo gusto y aspecto. Puedo escuchar a María Callas cantar, pero ella no está, hace años que murió. Puedo oler los pinos en el ambientador del coche, aunque el árbol más cercano esté a quinientos kilómetros. Pero no puedo sentir la piel de mi marido si no le toco. No puedo saborear los besos de mi hijo si no es en mi mejilla. No puedo sentir el pecho de mi madre si no es contra el mío. No puedo llenarme del ronroneo de mi gato si no paso la mano por su lomo. Sin el sentido del tacto no podría amar tanto la vida. Por eso este es, para mí, el sentido más importante del ser humano”.
Dios le dio las gracias a Claudia por su respuesta y se marchó, satisfecho. Y Claudia se durmió contenta, notando la agradable sensación de las sábanas de algodón recién planchadas envolviendo su cuerpo.

2 comentarios:

  1. Cuánto admiro una mente tan prodigiosa como la tuya.
    La capacidad de formar una historia en la mente, y llevarla al papel.
    Para esta historia, la palabra que encuentro es: "HERMOSA", con mayúsculas.

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  2. estoy con Maria, en que tienes una forma tan mágica de escribir, que haces que nos transportemos, que nos sintamos parte de esas teclas que presionas al escribirlas, consigues que sintamos ese tacto tan bien descrito!

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