lunes, 4 de julio de 2011

TENERIFE

            A veces uno desarrolla amores que nunca sospechó que fuera a sentir. Son cosas con las que la vida nos sorprende, y que nos van convirtiendo, poco a poco, en lo que somos. Yo no soy la reina del flechazo, soy de las que se enamoran despacito, y comencé a enamorarme de Tenerife hace muchos años, a través de su música.
            Escuchando las canciones del folklore de aquel pedacito del mundo, empecé a aprender los nombres de sus ciudades y pueblos, y las características de cada uno. A fuerza de oír cantar la maravilla del color de su cielo, la singularidad de sus parajes volcánicos y su horizonte oceánico e infinito, la curiosidad fue prendiendo en mí el deseo de conocer aquella tierra. Y cuantas más canciones escuchaba, más lugares quería visitar, y más vivo era el deseo de hacerlo. Entonces tracé mi plan.
            Libreta en mano, mapa en la otra y auriculares en las orejillas, repasé uno tras otro los discos que tenía, y anoté en el papel cuadriculado los nombres que iban apareciendo en las canciones: “Tenerife, Tenerife, desde Teno a Taganana, desde Abona a Garachico”. Y yo, escribe que te escribe. “Ay, Santa Cruz, mi tierra morena y brava, y el valle de la Orotava que tiñe de verde el mar”. Más nombres a la lista. “Hasta Icod de los vinos las moscas llegan...” Otro más. “Al pasar por La Laguna me dijo una lagunera...” La lista crecía. “Despeina el Teide, airado, sus cabellos de lava...” Tengo que subir al Teide. “...cántale a valles floridos, al drago, Rey milenario...” He de ir a ver el drago, que está en... Icod. Y por último, coloqué en el equipo de música la “Cantata del Mencey loco”, cerré los ojos y me empapé de ella. Y al terminar, anoté para cerrar la lista: “ANAGA”.
            Con el mapa de Tenerife delante, puse una marca roja sobre cada uno de los nombres anotados y pensé que, si cada uno de esos lugares era tan bello que merecía una canción hermosa, tenía que merecer la pena ir a verlos. No me equivoqué. Durante una intensa semana seguimos el itinerario que nos habíamos trazado, sin dejarnos ningún nombre de la lista por visitar. Vimos, tocamos, admiramos, saboreamos, disfrutamos. Y dejamos Anaga para el final, la guinda del pastel. Puedo asegurar que lo que sentí paseando por el bosque de laurisilva no lo he vuelto a experimentar nunca, y después, leyendo sobre ese paraje, he sabido que no soy la única persona a la que le ha ocurrido. Un silencio vegetal, milenario y sobrecogedor, roto únicamente por el sonido de tus pasos y el aleteo de algún pájaro, te va envolviendo hasta vaciarte de todo eco. El sol sólo llega en pequeños destellos, filtrados por la espesura de las hojas. El aire es denso y verde, y la energía de los árboles antiguos penetra en tu cuerpo a través de la piel y te invade hasta hacerte sentir distinta. Algo te dice que has cometido un error por vivir siempre de espaldas a la tierra, y no en contacto con ella, pero también que ella perdona y acoge, y que si vives protegiéndola serás protegido por su fuerza, igual que ese bosque, que sobrevive en ese mismo lugar desde hace milenios. No puede ser casualidad que en otros lugares todo cambie y allí no. Esa tierra tiene algo, poderoso y ancestral, que la hace única.
            Llegué a tener la impresión de que Beneharo, el Mencey loco, iba a aparecer frente a nosotros en cualquier recodo del camino, o sobre algún risco. Al salir de allí me sentí como si hubiese hecho un viaje en el tiempo.
            Tardé seis años, pero conseguí volver. Y antes de dejar la isla, dirigí mis ojos al océano desde la punta de Teno y prometí regresar para mirar al mundo desde allí. No sé cuándo podré hacerlo, pero siempre necesitaré volver a Tenerife, así que si alguna vez me pierdo, ya sabéis dónde buscarme. 

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