viernes, 22 de julio de 2011

VICENTICO

             Vicentico es un bebé. Vive en uno de los armarios de mi casa, justo en ese en donde guardo toda la ropa “de faena”: el traje de tuno, el de fallera, el de huertana, las mantillas, calzas, alpargatas, aderezos, postizos y demás complementos para vestirnos de valencianos cuando tenemos actuación, y algunas cosas más que no vienen al caso.
            Hace años, cuando yo era mamá más o menos reciente, mis bebés subían al escenario conmigo (obvio, si papá y mamá estaban tocando, ¿quién se iba a quedar con la criatura?) y se quedaban a mi lado, en un capazo de esparto, como se hacía antiguamente. Digamos que casi formaban parte del decorado. Luego incorporamos a las actuaciones varias canciones de cuna tradicionales y yo sacaba a mis gorditas rellenas en brazos, les cantaba y a la gente le encantaba verlo. Esto duró unos años, pero cuando mi última peque creció tanto que ya quedaba mal cantarle nanas (la última vez que lo intenté me arrancó uno de los moños de un zarpazo), y visto que yo no estaba dispuesta a fabricar más vástagos, decidimos buscar un sustituto adecuado.
            Después de un duro casting entre todos los muñecos que había en casa, le dimos el papel a Vicentico. Era el bebé desnudo más aproximado a la realidad que pudimos encontrar en los baúles jugueteros de mis hijas. Digo lo de bebé desnudo porque mi hija pequeña no tenía más afición que quitarles la ropa a los muñecos y tirarla a la basura, con lo cual todos estaban en pelota viva. Eso sí, hubo que hacerle una limpieza a fondo para quitarle todos los dibujos a bolígrafo que tenía en su cuerpecillo regordete, pero cuando volvió a ser un bebé sonrosado resultó apto para el trabajo. Yo busqué una de las toquillas viejas que mi madre guardaba de mi época canija, y quedó perfecto. Desde entonces, Vicentico, el bebé eterno, hacía de mi niño en los espectáculos, a él le cantaba las nanas, lo besaba y acariciaba con ternura, y la gente aplaudía a rabiar.
            Una noche, no hace mucho, me sobresaltó un ruido en el armario. Pensé que se había colado dentro alguna de las gatas y no podía salir (ya nos ha ocurrido alguna vez), y maullaba pidiendo ayuda. Pero no, las gatas dormían en su cojín. ¿Qué podría ser? Abrí la puerta del ropero, y el llanto se oyó más fuerte. Era Vicentico, dentro de su bolsa de plástico. Incrédula, lo miré por todos los lados. Era el mismo muñeco de siempre, con sus arruguitas, sus mofletes y los ojos cerrados, pero el mohín de su boquita delataba su tristeza. Creo que se sentía solo porque hace tres meses que cambiamos el espectáculo, y eliminamos la parte de las canciones de cuna. Le he cantado tantas veces, arrullándolo como si fuese un niño de verdad, que se ha creído que realmente lo es, y ahora echa de menos el verse mecido por mis brazos de vez en cuando, se echa a llorar y no me deja dormir por las noches.
            He tomado por costumbre el sacarlo un par de veces por semana, cantarle y volverlo a guardar. Procuro hacerlo cuando nadie me ve, no quiero que me tomen por loca. Ya ni siquiera lo meto en la bolsa de plástico, no se me vaya a asfixiar: por muy de látex que sea, de alguna forma es mi niño, y eso lo hace un poquito más humano, así que le he preparado una cunita en un rincón del armario, y ahí lo dejo, durmiendo, envuelto en su arrullo.
            Hoy me he sorprendido a mí misma buscando ropita en una tienda de bebés para vestir a Vicentico; me sabe mal verlo siempre desnudo, sin siquiera un pañal, cubierto únicamente con la toquilla. Ay, cómo somos las madres...

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