miércoles, 3 de agosto de 2011

ALMENDROS Y OLIVOS


            El almendro y el olivo eran vecinos. Vivían en un pueblo del Mediterráneo, en el jardín de una alquería. Cerca de ellos había también un granado, un melocotonero y un ciruelo, pero eran más jóvenes y pensaban en otras cosas. El olivo ya sobrepasaba el centenar de años, y el almendro andaba por la cincuentena. No sé cuál de los dos tenía más ganas de hablar, y lo hacían con frecuencia.
            Aquel verano, las olivas comenzaban a madurar, mientras que las almendras ya se habían cosechado. El almendro estaba descansando, y sin embargo el olivo hervía de savia para alimentar toda la carga de sus aceitunas. Era la hora de la siesta, y la familia dueña de aquella casa dormía. El jardín estaba en silencio, porque hasta los pájaros se habían refugiado del calor. Sólo algunas chicharras animaban el ambiente con su canturreo.
            –Qué ganas tengo de que llegue el frío –comentó el olivo–. No me cosecharán hasta pasar el mes de Enero, pero con el calor llevo peor lo de aguantar tanto peso.
            –Tenías que haber nacido almendro, como yo –respondió su vecino, bostezando–. Todo son ventajas. En invierno duermo, y no broto hasta que no llega Febrero. Enseguida me lleno de flores y todos me admiran, porque me pongo precioso.
            –Vaya, hoy tenemos el día presumido –gruñó el olivo–. Como si parecer una novia fuera algo importante.
            –Pues sí, lo es –replicó el almendro, ofendido–. Luego las flores se convierten en ricos frutos dulces, pero sólo tengo que mantenerlos hasta Julio, que es cuando están maduros. Entonces los amos los recogen porque son uno de los alimentos que más aprecian.
            –¡Ja! –se burló el olivo– Les gustan tus almendritas, puede ser, pero el alimento que más aprecian es el aceite que dan mis olivas. Sin él no podrían vivir.
            –¿Insinúas que tus frutos son más importantes que los míos? –el almendro se estaba enfadando tanto que le temblaban hasta las ramas. Algunas hojas cayeron al suelo junto a sus raíces– ¡Eres un mentiroso! Tus olivas no hay quien se las coma, tienen que hacerlas zumo, o ponerles productos químicos y un montón de cosas porque amargan como rayos, y sin embargo mis almendras son dulces y sabrosas y a todos les gustan. Por favor, no compares.
            –Mira, almendrín –sentenció el olivo–. Cinco generaciones de esta familia han crecido, se han alimentado y han sido personas sanas y fuertes gracias a mi aceite. Cuando puedas decir lo mismo, me hablas. Mientras tanto, no me molestes con tus tonterías.
            Los dos árboles estuvieron semanas sin hablarse. Sólo se miraban, ceñudos y retadores.
            Llegando el otoño, la dueña de la casa, que esperaba un nuevo hijo, se sentó en el jardín a leer. Mediada la mañana, su marido preparó una mesita con el almuerzo, y la colocó junto a ella para compartir los alimentos y un rato de agradable descanso con su esposa. Charlaban y reían, contentos, esperanzados y felices, decidiendo el nombre del niño que había de nacer. Sobre la mesa, un platillo de olivas, otro de almendras saladas, pan con aceite, vino y queso. Los frutos de los dos árboles estaban presentes en la mesa, y eran disfrutados por igual. La mujer olía al aceite de almendras dulces con que se frotaba el vientre hinchado por el embarazo. El resto de los hijos jugaban a su alrededor, picoteando de los platos.
 Los árboles se miraron, y sin que los amos se dieran cuenta, acercaron sus ramas el uno hacia el otro y las estrecharon, como manos vegetales. Nunca más volvieron a discutir.

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