miércoles, 17 de agosto de 2011

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS 2ª PARTE

            Prometí contaros más anécdotas de mi trabajo en la residencia de mayores, cuando era jovencita, así que aquí os dejo otra.
 En ocasiones las trabajadoras les gastábamos alguna broma inofensiva a los internos, pero una vez la cosa se lió y… la armamos gorda.
            Había allí ingresada una señora que se llamaba Cleta. No se me olvidará en la vida. Estaba bastante gordeta, no caminaba desde hacía tiempo, y necesitaba usar pañales todo el día. No tenía familia directa, sólo sobrinos, pero no venían casi nunca a verla. Había sido soltera toda su vida, y presumía de ello. “Soltera y entera, y a mucha honra”, nos decía a menudo. La cabeza no le funcionaba demasiado bien, a veces se podía pasar la tarde entera cacareando, o cantando coplas montañesas a voz en grito. En ocasiones lo hacía incluso por la noche, con lo que su compañera de habitación estaba frita. De hecho, descubrimos que a veces, para hacerla callar, le arreaba desde la cama con el bastón, así que hubo que trasladar a la otra y poner en su lugar una mujer que estaba completamente sorda, para evitar conflictos.
 El caso es que una tarde, después de la cena, me dispuse a acostarla. La llevé en su silla de ruedas hasta la cama, le coloqué su camisón, fui a por la grúa, le cambié el pañal… todo normal, como siempre. Cuando ya le estaba poniendo las barandillas para evitar que se cayese de la cama durante la noche, una de las voluntarias más antiguas (concretamente mi madre) entró con varias toallas en los brazos para guardar en el armario, y se le cruzó una idea traviesa por la cabeza: enrolló una toalla, la cogió como si fuera un bebé, y se acercó a la cama de Cleta diciéndole: “Enhorabuena, señora Cleta. Ha dado a luz usted a un bebé precioso”. Yo le seguí la corriente, y aquella todo era decir que no, que nos habíamos equivocado, que ella era soltera y que el niño no era suyo. Que ella estaba en el hospital porque no podía andar, pero no esperaba ningún bebé. “Sí, sí, es suyo”, le insistíamos. “Ha tenido un parto estupendo, enseguida vendrá el médico para enseñarle a dar el pecho al bebé”. La pobre estaba enfadadísima, y empezó a decir a gritos que ella nunca se había acostado con ningún hombre. No podíamos más de risa, pero mi madre la remató: “Pero Cleta, si eso ahora ya no hace falta. Si eres soltera y quieres tener un hijo, el médico te pone un supositorio y ya está”. La que se lió fue de campeonato. ¡Qué gritos! Nunca la había visto tan enfadada, tuvimos que decirle que era una broma y que no se preocupase, porque se la oía en todo el edificio.
Varios meses más tarde, durante mi cena de despedida, contamos la anécdota a las demás chicas, y nos reímos un buen rato a costa del parto de la pobre Cleta. Bueno, todas no. La jefa de enfermeras no se reía. De hecho me echó una regañina considerable, porque desde aquel día, cuando había que administrarle a Cleta un supositorio por fiebre alta o algún otro problema, se defendía de las enfermeras con uñas y dientes, y al final tenían que buscar otra manera de darle el medicamento porque les resultaba imposible. Pero puedo asegurar que todo comenzó como una broma inocente…

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