lunes, 22 de agosto de 2011

CARRETERA ADELANTE

            Sentado en su asiento del autobús, Paco miraba la carretera. Se aburría como una ostra. Ya había escuchado música, había visto una película y había dormido un rato. Intentó leer algo, pero una sensación rara en el estómago le hizo desistir de su empeño. Tenía tendencia a marearse, así que lo de la lectura era mejor dejarlo, para evitar males mayores.
            Jugó a contar coches rojos. Un coche rojo. Dos coches rojos. Un tiburón. Bostezó de nuevo. Los viajes tan largos en autobús es lo que tienen: llevaba ya doce horas de camino, y debían quedar otras tantas hasta París. Tres coches rojos. Cuatro coches rojos. Un guante de boxeo.
            Pararon a tomar un refresco e ir al lavabo. Paco bajó la escalerilla del autobús. Una estrella verde. Las coca-colas de Francia sabían exactamente igual que las españolas, pero el café era malísimo. Tenía los pies hinchados, y paseó un poco. Un corazón azul.
            De nuevo instalado en su asiento, miró al cielo. Ni un pájaro. ¿Los pájaros franceses no volarían cerca de las autopistas? Otro tiburón y un plátano rosa. Sin embargo, árboles había a montones. “Esto es como Galicia, pero sin pájaros”. Un pulpo violeta, en honor a Galicia.
            El límite de velocidad que anunciaban los carteles también era distinto. 130. A Paco no le gustaba correr, pero como no conducía él… Un huevo frito a la salud del conductor. “¡No corra tanto, jefe!” dijo en voz alta. El resto de pasajeros sonrieron. Dos moras, una negra y una roja. “Si no me diese tanto miedo el avión, ya estaría yo en París, como un señor”. Un avión amarillo y un botellín verde de coca-cola.
            Paco se adormeció de nuevo en su asiento, mortalmente aburrido. Abrió los ojos cuando escuchó a alguien exclamar: “¡Mirad qué castillo!” En lo alto de una colina, un pueblecito con un precioso castillo como los que salen en las películas. Un cucurucho de helado con tres bolas y una vaca transparente. Paco siempre quiso vivir en un castillo, como los príncipes. Así los criados se lo harían todo, y él no tendría que trabajar, ni limpiar, ni nada. Otro tiburón.
            A sus setenta y algún año, Paco no había hecho nunca un viaje tan largo. El viaje de la ilusión, quizá la última oportunidad de conocer París para un hombre como él. Con una notable deficiencia mental y acompañado de un puñado de vecinos de su pueblo, al fin se había decidido. “¡Torre Eiffel, allá voy!” Dos dedos verdes con la uña morada. Años soñando con ver la ciudad del amor. Ya estaba llegando.
            Un frenazo inoportuno del autobús hizo que se le escapase de las manos la bolsa de gominolas que llevaba. Azúcar, moras, guantes de boxeo, pulpos y tiburones, vacas, estrellas, corazones y dedos, fresas y plátanos de gelatina de todos los colores rodaron por el suelo. Contrariado, pensó en que el resto del viaje se le haría demasiado pesado sin gominolas. Su vecino de la casa de al lado en el pueblo ocupaba el asiento de delante al suyo. “Vicente, ¿me ayudas a comprar otra bolsa en la próxima gasolinera?”  Vicente le sonrió y le señaló la silueta de París, que ya se recortaba en el horizonte. Paco se preguntó si las gominolas francesas sabrían como las de su pueblo. Luego saludó con la mano a la torre Eiffel y se quedó dormido otra vez.

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