martes, 2 de agosto de 2011

CELOS


            “Te celo porque te quiero, que si no no te celara. Donde hay celos hay querencia, donde no hay celos no hay nada”. La primera vez que Anna oyó esta copla se echó a reír. “Qué antiguos”, pensó. “El rollo de los celos es de la época de la mujer en casa y con la pata quebrada, pero hoy por hoy no tiene mucho sentido. Si tu marido te engaña, te separas y punto. Si coquetea con otras, le adviertes, y si sigue así le mandas a tu abogado, y ya está. Y a la inversa, lo mismo. El divorcio no es ninguna deshonra, la mujer es independiente y ya no necesita estar amparada por un machote para tomar decisiones. Antes, hasta para separarte necesitabas que tu padre, o un hermano, o alguien que usase calzoncillos y fuese mayor de edad, te tutelase, aunque tu marido te inflase a palos o te colocase una cornamenta del tamaño de la Cibeles. Ahora no. Así que eso de los celos debe también haber pasado a la historia”. Pero resultó que no.
            Anna nunca sintió celos de ninguna mujer. Su marido no le había dado pie a ello, nunca le había visto coquetear con ninguna, ni tampoco se pasaba la vida buscando en sus bolsillos ni en los cuellos de sus camisas para ver si encontraba algo que le demostrase que la engañaba. En ese sentido, su confianza en él era ciega. Ella de quien tenía celos era de su trabajo.
            Su trabajo era el tercero en la cama, y el que más poder de decisión tenía. Su trabajo era quien se lo robaba todos los días un poco más. Su trabajo era quien decidía cuándo se iban de vacaciones, cuánta vida familiar estaba dispuesto a concederle, cuánto veían los hijos a su padre. Su trabajo determinaba qué excursiones dominicales se podían hacer y cuáles frustraba la víspera; a cuántos actos, por especiales o importantes que fueran, tenía que acudir Anna sin pareja o acarreando a la prole, y a cuántos podía ir con él. Su trabajo delimitaba cuántas noches al año dormía sola, en cuántas ocasiones la comida se quedaba fría en la mesa sin que él viniese, y hasta cuántas veces iban a poder hacer el amor, dependiendo de cuánto apretase o aflojase la cuerda de su estrés y su agotamiento. Condicionaba sus días y sus noches, las horas que podía pasar a su lado y las que tenía que pasar sentada en una silla perdiendo el tiempo hasta que él llegase. A eso se reducía su vida: a tener celos de su trabajo, que se lo robaba hasta tal punto que había noches en que se acostaba dejando la luz encendida, para quedarse un buen rato viéndole dormir, porque pasaba semanas sin verle despierto.
            Era triste, pero era así. Era consciente de que no sólo le ocurría a ella, de que  muchas mujeres sentían lo mismo. Mujeres que se pasaban la vida comiéndose las lágrimas y los celos a cambio de que hubiera un sueldo en casa, como hacía ella. Trató de consolarse pensando que podía ser peor, que si él no tuviese trabajo no tendrían manera de salir adelante, pero no consiguió sentirse mejor.
            Habría sido mucho más fácil si él se hubiera buscado una amante. Al menos a ella le podría sacar los ojos, pero ¿qué coño se podía hacer contra su trabajo? Solamente una cosa: buscar un trabajo igual de absorbente para ella, pasar el mismo tiempo que él fuera de casa, y que sintiese los mismos celos, el mismo dolor.
            Anna lo hizo, y descubrió que sufría mucho menos. Pero miró a sus hijos y se dio cuenta de que eran ellos los que estaban pagando los platos rotos, la ausencia de los dos, y le dolió tanto que renunció y volvió a casa. Allí sigue, sentada en una silla, esperando a que él vuelva de trabajar y le diga si este año va a poder sentir que tiene marido al menos durante un par de semanas. Intuyo que, una vez más, tendrá que esperar al verano que viene, a ver si hay más suerte. Este año, como el pasado, el anterior y el anterior, la cosa pinta mal.
            “Te celo porque te quiero, que si no no te celara”, pensó Anna. Y se echó a llorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario