domingo, 14 de agosto de 2011

DE BODA


            Este fin de semana he ido de boda. He de admitir que en ese tema tengo un máster, creado a base de años de asistencia a ese tipo de eventos. Y hay que ver, en los últimos quince años, lo que han cambiado las cosas en ese campo. Algo tan sencillo como comprar un vestido bonito, ir a la iglesia con unas flores en la mano, y unirte en matrimonio con aquel a quien amas ante la sonrisa de felicidad de los familiares y amigos más cercanos ha evolucionado hasta convertirse en una gran fuente de complicaciones, decisiones, elecciones difíciles, discusiones y conflictos varios. Ahora el casarse ya no es la antesala de la felicidad, sino el paso previo al divorcio. Pero bueno, temas de pareja aparte, hoy me voy a centrar en el tema “invitados de segunda”, también llamados “invitados de rebote”. Personas que, sin tener una amistad profunda o relación familiar con los contrayentes, somos invitados como “pareja de” o “amiga de”.
            Cuando asisto a una boda como “invitada de rebote”, me ocurre algo muy curioso. Casi no conozco a nadie, exceptuando a mi costillo y alguno más. No me emociono al verlos casar, porque apenas me los han presentado unos días antes, con lo cual no les tengo un especial cariño como para implicarme emocionalmente (cuando los que se casan son amigos-amigos o familiares muy cercanos soy de las que llora, lo admito). Todas estas circunstancias hacen que me sienta libre de opinar y criticar a mi antojo (discretamente, eso sí, y sólo al oído de mi marido, que a los demás no les importa un pimiento lo que yo opine y no me gusta ofender a nadie). El caso es que me lo paso bomba en esas bodas.
Con el paso del tiempo y las docenas y docenas de casamientos a los que he asistido “de rebote”, he pasado a catalogarlos y recordarlos por detalles que nada tienen que ver con el nombre de los novios o la fecha en que se celebró el enlace. Así, cuando recordamos la boda de “Fulanito y Menganita”, no caigo, pero si mi marido me dice “La boda del Titanic” (tarta terriblemente hortera en forma de barco, banda sonora de la peli como música de fondo, y lo que es peor, las amigas de la novia cantando con Celine Dion), enseguida caigo. O si sale en la conversación el día en que se casaron “Pelé y Melé” yo recuerdo esa boda como la noche de “La De Verde” (La De Verde era una prima de la novia muy entrada en kilos, con un traje verde brillante y tres tallas más chico de lo que hubiera sido deseable, que bebió más de la cuenta, le dio llorona y no se dejó invitado por abrazar y besar, dejando rastros de los churretes negros de rímmel que le cubrían la cara en las camisas de todos los caballeros asistentes... en fin, todo un poema). En esas bodas solemos ser una pareja de lo más feliz y risueña, todo el tiempo hablando entre nosotros y con la carcajada a flor de labios. Y como yo tenga el día ácido, puede ser el acabóse.
            En la boda de ayer también estábamos “de rebote”. Pasará a la historia como la de “los platos en la cabeza”. Qué manía les ha entrado a todas con creerse Victoria Beckham y ponerse tocaditos coloridos en forma de platillo al revés con plumas, flores, lazos o de todo un poco. Debe ser por lo de la boda de los de Inglaterra. Me pasé el convite saludando por lo bajinis “Dios salve a la Reina”, y disimulando la risa con repentinos ataques de tos. Estos aires acondicionados, que dan unos catarros más raros...

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