viernes, 26 de agosto de 2011

EL CARBONCILLO DE NICOLE

            La subida al Sacre Coeur es una pequeña maravilla en sí misma. Está el camino fácil, utilizando el funicular. Y está el camino verdadero, escaleras arriba, viendo aproximarse esa blanca hermosura arquitectónica frente a nosotros, apreciando poco a poco sus detalles, y deteniéndonos cada pocos escalones para ir descubriendo París desde la altura. Vale la pena tomarse la molestia de caminarlo despacio.
            Una vez arriba, y después de inflarse uno a tomar las docenas de fotos que el paisaje merece, dando unos pasos más nos adentramos en el dominio de los artistas: Montmartre. Allí fue donde conocí a Nicole.
            Paseando entre la multitud de turistas, pintores, dibujantes y curiosos que llenan la plaza y las calles adyacentes, observé el trabajo que realizaban los artistas y caricaturistas. Se afanaban en hacer la mayor cantidad de retratos posibles en una buena tarde sin lluvia y con gran afluencia de público. La mayoría de dibujos que vi no se parecían excesivamente a los modelos, pero ir a Montmartre y volver sin un retrato a lápiz es un crimen, así que tenía que decidirme por alguno. No hizo falta. Nicole decidió por mí.
            Se me acercó mientras tomaba una cerveza (carísima, por cierto, pero bueno) y me preguntó si quería el retrato sólo de mí o también de mis hijas. Tuvimos una conversación divertidísima en la que ella trataba de hablarme en español chapurreado y yo le contestaba con mi deficiente francés. Negocié con ella el precio, según me había aconsejado el guía, pero sus ojos y su ropa me pidieron que no lo bajase demasiado. Decidí encargarle solamente los retratos de mis hijas, e inmediatamente se puso manos a la obra.
            Fue un espectáculo verla trabajar. De pie, en medio de la calle, con cientos de personas pululando a nuestro alrededor, Nicole miraba a mis hijas y dibujaba. Su carboncillo se movía sobre el papel con ligereza sombreando aquí y allá, y mientras tanto hablamos de la crisis, de la situación de los artistas, de las becas para los estudiantes de arte que daba el gobierno francés… Toda la bohemia de París descansaba en el pelo canoso de aquella mujer, en sus vaqueros raídos, en su chaleco y en el zurrón con los útiles de trabajo que llevaba colgado en bandolera.
            Al terminar, me tendió los dibujos sonriendo. Su técnica impecable había conseguido dos rostros, pero no eran los de mis hijas. Sin embargo, yo quedé satisfecha con su trabajo, porque en lugar de dos copias de lo que ellas son ahora, Nicole me regaló la visión que yo tengo de ellas: el retrato de Marina reflejaba el rostro de un bebé, de mi bebé, y el rostro de Paloma reflejaba la mujer en la que se está convirtiendo, la adulta hacia la que camina a toda velocidad. Así las veo yo como madre, y así las supo ver Nicole, y como tales las dibujó. No sé cómo su mirada de artista pudo escudriñar dentro de mí de esa manera, pero así fue. Por eso recordaré siempre sus ojos grises.
            Buscadla si vais a Montmartre alguna vez, seguramente estará allí, en la calle, vendiendo su arte por unos euros. Os sorprenderá, os lo aseguro

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