domingo, 21 de agosto de 2011

EL GEN DEL DESAMOR

Ernesto y los suyos eran conocidos en todo el pueblo con el sobrenombre de “los Amarguillos”. Era el apodo familiar, y se desconocía cuántas generaciones atrás se lo habían puesto. Ni los más viejos del pueblo lo recordaban.
            En otras familias la característica común era la altura de sus miembros (como los “Rascatechos”, que tenían la casa con las puertas más altas de todo el pueblo para no darse con la cabeza en los dinteles), o el intenso moreno de su pelo (los “Alacuervos”, que vivían en el mismo barrio que los “Amarguillos”), o por el mal carácter de sus mujeres (las “Terribles”, que sólo casaban con hombres de otros pueblos, porque en el suyo nadie se les arrimaba). En la familia de los “Amarguillos” sólo nacían niños varones, no se sabía que ninguno nunca hubiese tenido una hija, y además ninguno alcanzaba a estar casado más de ocho o diez años con la misma mujer, ellas siempre se terminaban marchando. Todos ellos acababan separados. Separados y amargados, de ahí su apodo de “Amarguillos”. De hecho, cuando un “Amarguillo” se casaba, se llegaban a hacer apuestas durante la ceremonia, a ver cuánto le duraba el matrimonio y cuántos chicos alcanzaba a tener antes de que la mujer se marchase con viento fresco.
            Mucho daba que pensar esta mala suerte matrimonial de los miembros de la familia, y por más que intentaron que se rompiese la racha, ninguno lo conseguía. No es que tratasen mal a sus esposas, ni que no las quisieran, ni que fueran unos patanes, ni nada parecido. El problema es que tenían el gen del desamor, pero ellos no lo sabían. Ese gen, que pasaba de padres a hijos, era el causante de su mala suerte con el matrimonio, y de rebote, del hecho de que ninguno consiguiera engendrar más que chicos: la naturaleza es muy sabia, y el gen del desamor no es compatible con el gen de la alegría de vivir, imprescindible para que las mujeres se desarrollen correctamente y luego puedan ser madres; por lo tanto los “Amarguillos” sólo eran capaces de engendrar varones.
            Muchos hombres de aquella familia, varios cada generación, se quedaban solteros. Ya ni siquiera lo intentaban. Otros, los más decididos, salían de la comarca a buscar esposa, pero no importaba lo lejos que se fueran a vivir porque el problema lo llevaban puesto, aunque no lo supieran.
            Hace treinta años ya sólo quedaban cuatro miembros en la casa de los “Amarguillos”,  y el más joven y atrevido de ellos, a riesgo de ver su linaje y su apellido desaparecer por culpa de la mala suerte en el matrimonio que les caracterizaba, se fue a buscar ayuda. Uno de sus amigos de la infancia (un “Alacuervo”, concretamente) había estado estudiando medicina en Estados Unidos, y decidió ir a verle. Después de abrazarse y contarse las últimas novedades del pueblo y unas cuantas cosas más, Ernesto “Amarguillo” le expuso a Fran “Alacuervo” sus sospechas: tal vez algo en la sangre, o en el cerebro, y que pasaba de padres a hijos, era el causante de tanta separación conyugal en ellos, y si encontraban qué era tal vez él pudiese escapar a su destino, casarse con la chica de la que estaba enamorado y ser feliz para siempre con ella. Y tener chicazos, pero también chiquillas, que asegurasen la pervivencia de la familia.
            El “Alacuervo” le hizo todo tipo de pruebas y escáneres sin encontrar nada. Lo habló con sus colegas, y uno de ellos sugirió un estudio genético como último recurso. Y ahí estaba la respuesta. Mediante las más modernas técnicas consiguieron aislar el gen del desamor, que era gris, malhumorado y bastante feo, del resto de genes del “Amarguillo”. Después, lo sustituyeron por el gen de la felicidad de pareja, que, risueño y juguetón, bailaba un bolero en la probeta tratando de unirse a los demás genes para contagiarles su risa y sus ganas de ser feliz. Después, el nuevo código genético modificado le fue implantado a Ernesto en la médula, con la esperanza de que espontáneamente fuera propagándose por las células de todo su cuerpo.
            Después de pagar la cuenta del hospital (bastante abultada, por cierto) y de darle un abrazo a su amigo Fran “Alacuervo”, nuestro valiente “Amarguillo” volvió al pueblo sintiéndose un poco raro. Dentro de sus células se estaba viviendo una auténtica revolución de la que ni él mismo era consciente.
            Un par de años más tarde Ernesto se casó con la chica de sus sueños. Los invitados a su boda armaron, como siempre, una porra para ver cuánto tiempo aguantaba casado y cuántos chicos tendría. Nadie le daba más de ocho años. A nadie tampoco le había hablado él de su visita al hospital en Houston, ni del gen del desamor.
            Un año después su esposa dio a luz una niña robusta y de pelo rizado, pero lejos de interpretarlo como el fin de la desgracia de los “Amarguillos”, los vecinos acusaron a la mujer de Ernesto de adulterio: todos sabían que en esa familia no se engendraban chicas. Ellos no hicieron caso, y dos años después tuvieron mellizas, y después otra niña más. Sólo el quinto fue un varón. Para entonces ya llevaban once años casados y felices. El tratamiento había funcionado mejor que bien.
            Si pasáis por su pueblo, preguntad por ellos, pero recordad que ya no son los “Amarguillos”, sino los “Boleristas”, por la gran afición que tienen todos los miembros de esa familia, tanto ellos como ellas, a bailar boleros. No os extrañéis, no es nada raro. Lo llevan en los genes.

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