lunes, 8 de agosto de 2011

EL MAULLIDO DEL GATO

            No se dieron cuenta de que algo pasaba hasta que no le oyeron llorar. En teoría, todo iba bien: embarazo normal, parto normal… no era el primer hijo de la pareja, y nunca habían oído nada parecido hasta que les sucedió a ellos. Raúl no lloraba como un bebé, su llanto se parecía más al maullido de un gatito. Los médicos le hicieron pruebas para verificarlo, y al fin se lo dieron a su madre, sin saber cómo decirle que su hijo nunca iba a ser como los otros niños. Uno de sus cromosomas había perdido una patita durante la concepción del bebé, provocando en él una serie de malformaciones conocida como el “síndrome del maullido del gato”. Los padres, desolados, se llevaron al niño a casa sin tener ni idea de a qué se enfrentaban.
            Poca o ninguna ayuda, poca o ninguna información. El niño presentaba problemas en todos los aspectos, a los que no sabían cómo hacer frente. Sólo una voluntad de hierro movida por el amor a esa criatura hacía que fueran superando las dificultades. Con el tiempo, consiguieron ponerse en contacto con otras familias que habían pasado por lo mismo, y ya no se sintieron tan perdidos.
            Cuando un niño aprende a andar, sus padres sonríen. Cuando Raúl consiguió andar solo, después de varios años de ejercicios, sus padres lloraron de alegría. Cada avance de aquella criatura costaba tanto de alcanzar que suponía un grandísimo triunfo. Lo mismo ocurrió con el primer beso que consiguió darle a su madre, con las primeras palabras, comer solo, asearse, peinarse, vestirse… a todo eso se llegó con muchos años de dedicación plena y de lucha constante.
            Sus padres lloraron mucho durante esos años. A veces se sintieron tentados de tirar la toalla. No había ayudas, no había especialistas. Las enfermedades raras no son una prioridad para nadie, sólo para quienes las sufren, así que no había colegio para Raúl, ni fisioterapeutas especializados en casos como el suyo, ni logopedas, ni nada. Todo había que pagarlo, para todo había que viajar, y llegaron a sentirse tan solos, tan abandonados por la sociedad en la que vivían, que pensaron que no podrían seguir adelante. Sólo uniéndose con las otras familias que tenían hijos con el mismo síndrome hallaron consuelo y apoyo. Pero todo estaba por hacer, todos los libros estaban por escribir, todos los profesionales por formar…
            Raúl alcanzó los dieciséis años, y su madre escuchó a una vecina lamentarse de que su hijo, de la misma edad, había sido expulsado del instituto por fumar drogas en el recinto escolar. Poco después, la hija de una amiga, de diecinueve años, tuvo un accidente de tráfico con su novio, que conducía bebido, y murieron los dos. El chaval de otra conocida del barrio se pasaba el día en casa sin hacer nada, no estudiaba, no trabajaba, y además maltrataba a sus padres cuando no conseguía de ellos todo lo que se le antojaba.
            Los padres de Raúl miraron al muchacho, que se afanaba en pronunciar el nombre de los dibujos que tenía en la mesa frente a él; miraron las fichas de colores que su madre elaboró para ir enseñándole palabras nuevas, las pelotas de goma que usaban para ayudarle a ejercitar la habilidad de sus manos. Miraron su cara, y él les sonrió. “Mamá, te quiero. Papi, te quiero”. Y se dieron cuenta de que no sería abogado, nunca se casaría, ni les haría abuelos, pero jamás les maltrataría, para él no existirían las drogas ni las peleas, el botellón ni el abandono escolar. Nadie les llamaría a media noche para decirles que había tenido un accidente, no habría desengaños amorosos que le hicieran sentirse hundido. Aquel ser inocente y maravilloso sería siempre un niño, como Peter Pan, y como tal sería feliz. Luchar por él, por mejorar su día a día, y por los niños con el mismo síndrome que seguían naciendo, era la misión que el destino había marcado para los padres de Raúl, y ellos lo habían comprendido.
            Con la misma ternura de siempre, la pareja se abrazó mientras Raúl reía. 

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