martes, 30 de agosto de 2011

EL TOCADOR DE LA DIVA

       
     Se llamaba Yvette Cielbleu, y la Ópera de París nunca había conocido una diva como ella. Su voz y su belleza eran famosas en todo el mundo, pero entre todos los palacios de la Ópera del continente, Yvette había escogido ser la prima donna precisamente allí, en el más hermoso de la vieja Europa.
            Los felices años veinte, después de la primera gran guerra que pusiera el mundo en peligro, fue la época en que Yvette Cielbleu reinó en el magnífico palacio al que la nobleza y la alta sociedad, tanto la parisina como la del resto de países europeos, iban a dejarse ver. Hubo un tiempo en que ir a la Ópera era un pasatiempo para ricos, que acudían con sus mejores galas con el único fin de lucirse e impresionar a los demás, importando poco o nada quién cantase o qué obra se estrenase, pero eso se había acabado con la gran Yvette. Desde que ella cantaba, los mejores modistos se pegaban por hacer los figurines de sus trajes, los mejores músicos competían por tocar para que ella luciese su voz, y las entradas se agotaban antes incluso de llegar a las taquillas. Era hermosa como la luna, sentía y hacía sentir los personajes que representaba como si fuesen reales, emocionaba al público hasta las lágrimas. Era la mejor.
            Sentada en su tocador de seda rosa, con el traje que había de ponerse colocado en un maniquí junto a ella, Yvette se hacía peinar por los mejores peluqueros antes de salir a escena. E invariablemente, después de cada estreno, se sentaba ante ese mismo espejo a cepillar su melena cobriza mientras esperaba a que llegasen las rosas. Cuando el botones traía el ramo, ella se iluminaba como un hermoso amanecer, se vestía y salía en su coche hacia Maxim’s. Sabía que él la esperaba allí, en aquel discreto reservado de mudos camareros en el que cenaban siempre antes de terminar haciendo el amor en una de las suites del Crillon. Él era un hombre maduro, poderoso y tan rico que ni siquiera sabía a cuánto ascendía su fortuna, y ella lo amaba tanto que no podía imaginar su vida sin él. Por eso, aunque sabía que estaba casado y que lo que hacía no era lícito, acudía a su llamada cada vez que llegaban las rosas. A cada estreno temía que no viniera, pero él siempre aparecía, con su impecable traje, su coche y su enjoyadísima esposa. Luego la enviaba a ella al Ritz con la excusa de atender sus negocios en París, y ordenaba al botones llevar flores al camerino de la diva.
            Seis años duraba ya su particular aventura, seis años en los que ella no dejó de soñar con lo que él le prometía: no la amo, está enferma, morirá pronto y tú serás la reina de mi imperio particular… podría haber sido el argumento de cualquier vodevil. Y ella, la gran Yvette Cielbleu, que podía haber tenido al hombre que hubiese querido, se conformaba con aquellas citas clandestinas esperando que esa boca que tan desesperadamente amaba no le estuviera mintiendo.
            La noche en que se estrenó “La Flauta Mágica”, Yvette le vio en el palco junto a su mujer. Con el corazón dando saltos en el pecho, esperó en su tocador de seda rosa durante horas. Llegaron muchas flores de muchos admiradores, pero no sus rosas. Confusa, vio cómo los camareros de Maxim’s le negaban el paso al reservado en el que él cenaba aquella noche acompañado de una joven actriz francesa, la última sensación del cine mudo. Los brazos de su amado y la cama en la suite del Crillon habían cambiado de dueña.
            Yvette se asomó al Sena desde el Pont Neuf, añadiendo a las aguas el caudal de sus lágrimas. La mejor, la más hermosa diva que conociera la Ópera de París deshizo su trenza cobriza sintiéndose como una de las heroínas de las tragedias que representaba. Ya no cantaría nunca más. Sin ruido, dejó caer su cuerpo al agua, transformándose ya para siempre en leyenda, convirtiéndose en la sirena del Sena.
            El tocador de seda rosa, con el traje que utilizó en aquel último estreno, fueron guardados en uno de los muchos trasteros que llenan los sótanos del Palacio de la Ópera de París, porque ninguna otra prima donna quiso utilizarlos después de Yvette Cielbleu. Supersticiones de artistas, supongo. ¿O no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario