jueves, 11 de agosto de 2011

ERIZOS EN EL SOLAR

            Hace ya unos cuantos meses descubrí que había erizos en el solar al que llevo al perro a pasear, cerca de mi casa. Me resultó gracioso verlos, no imaginaba que se hubieran adaptado a vivir en la población, pero así es. Realmente yo nunca había visto un erizo vivito y coleando, sólo conocía la versión espachurrada de las orillas de las carreteras, así que me dediqué a observarlos. Sólo salen por las noches, de modo que el paseo de antes de acostarse dura ahora un poco más de tiempo de lo que acostumbraba.
            Son unos animalitos muy tímidos, pero tienen la gracia por arrobas. Pululan entre la hierba, y también entre las latas, botellas, bolsas de plástico y basuras varias que llenan el solar, porque ni el ayuntamiento del pueblo ni los propietarios se encargan de limpiarlo. Hay que estar muy quietos y callados para poder verlos, porque se asustan al más mínimo ruido, y corren a esconderse o se hacen una bolita para protegerse del potencial enemigo gracias a las púas que los cubren. El resto del tiempo buscan bichejos y caracoles para alimentarse. Tienen un morrito precioso, y hay que ver lo aprisa que se desplazan, nunca pensé que fueran tan rápidos con esas patitas tan cortas.
            El caso es que una de esas noches en que estábamos viendo a los erizos en sus correrías nocturnas, cerca de mí escuché un llanto muy suavecito. Me agaché en la oscuridad, y la vi. Era una eriza pequeñita, que lloraba desconsolada entre la hierba. Con cuidado de no asustarla me acerqué a ella, y se hizo una bolita temblando de miedo.
            –¿Qué te pasa, pequeñuela? No tengas miedo, no te voy a hacer daño –le dije bajito– A lo mejor te puedo ayudar si me lo cuentas.
Ella asomó el morrete y me miró.
            –¿Seguro que no me vas a intentar coger? –preguntó.
            –Tienes mi palabra –le aseguré mientras ataba al perro para que no se le arrimase–. ¿Qué te pasa, pinchosilla?
La eriza me contó que eran dos familias las que habitaban el solar. La suya estaba formada por su padre, su madre y dos hermanos mayores. Ellos eran los dos erizos grandes de púas oscuras que yo ya había visto varias veces. En el otro extremo del solar vivía la otra familia: papá erizo, mamá eriza y dos ericillas, que eran las prometidas de sus hermanos. Había otra eriza más que se quedaba, como ella, sin pareja. Intentó salir a buscar otras familias de erizos a ver si encontraba novio, pero al cruzar la carretera un coche la dejó del espesor de un sello de correos. Por eso estaba tan triste, porque no podía salir del solar a buscar una pareja, y no quería quedarse soltera.
            –Bueno, linda. No llores –traté de consolarla–. Pensaremos cómo arreglamos eso, ¿vale?
            –¿Vas a ayudarme? –preguntó sorbiéndose los moquitos a falta de pañuelo.
            –Sí, pero me tienes que prometer que no vas a llorar más, pequeña. Por cierto, no me he presentado, qué grosera –me disculpé–. Me llamo Susana.
            –Yo soy Espinocheta, mucho gusto –intentó sonreír y me tendió la patita. Yo le acerqué mi dedo meñique, y me lo estrechó.
            –Mañana por la noche, cuando venga, quiero que tengas la maleta preparada. Yo buscaré otros erizos y te llevaré a conocerlos. En una semana iré a verte, y si no has encontrado novio, te traigo de vuelta, ¿vale?
Espinocheta me guiñó un ojito y se escondió, uno de sus hermanos venía hacia nosotras y no quería que se enterase de nuestros planes.
            Al día siguiente, tempranito, salí a recorrer el término municipal. Caminé hasta que llegué a una zona de campo donde abundaban los caracoles, cerca de una acequia. Supuse que allí también vivirían erizos, pero para asegurarme de ello pregunté en una masía cercana. La dueña me confirmó lo que sospechaba: en aquella zona los había por docenas. Era el sitio ideal para Espinocheta.
            Por la noche fui a buscarla, estaba escondida junto a una bolsa de plástico, con su hatillo entre las patitas. Le abrí mi mochila para que entrase, y eché a andar hacia el campo. Allí la dejé salir, no sin antes recordarle que en una semana volvería a buscarla.
           La noche que habíamos acordado, Espinocheta me esperaba junto a una piedra del camino. Estaba muy contenta.
            –¿Qué tal te ha ido, pequeñuela? –le pregunté.
            –Genial, mira –hizo un gesto, y de entre las hierbas de la cuneta salió un erizo moreno y guapísimo. Guapísimo a los ojos de una eriza, claro–. Te presento a Punchonio Banderas, mi novio. Dice que soy la eriza más guapa y exótica que ha conocido en el prado, y quiere que formemos una familia.
Le estreché la patita al moreno, y después de rascarle la tripa a Espinocheta, me fui para casa de lo más contenta.
            Supongo que por allí seguirán, criando ericitos. En este caso, el cuento tendría que acabar más o menos así: “Fueron felices y comieron caracoles”. O algo por el estilo.

1 comentario:

  1. qué bonito!! me ha encantado!
    ya tienes otra fan! un besete
    Te dejo el mío por si te apetece echarle un vistacillo...
    www.tupperhair.blogspot.com

    ResponderEliminar